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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

Siria y Palestina, de nuevo la vieja alianza

 

Israel asiste con preocupación a las revueltas que afectan a sus vecinos musulmanes y tiene razón para hacerlo. Desde su nacimiento, exactamente el mismo en que nació el estado palestino, este país ha vivido en un delicado equilibrio entre la guerra y la paz, ha asistido a una espiral de violencia en la que han participado en algún momento de la historia cada uno de los países colindantes y sus aliados no siempre han sido todo lo leales que desearía.

El último incidente fronterizo ocurrió el pasado 15 de mayo cuando miles de palestinos protestaron en las fronteras que separan Israel de Siria, Líbano, Cisjordania y Gaza. La celebración del Nekba y la situación delicada que atravesaban y atraviesan estos cuatro territorios fueron razones suficientes para que el primer ministro Benjamín Netanyahu reforzara las tropas de las fronteras desplegando 10.000 soldados y policías, en especial, las que tiene con Siria y Líbano. El pueblo palestino ha sido durante décadas una herramienta en manos de sus hermanos musulmanes para golpear con saña a Israel y en este caso, se volvió a repetir.

En la frontera que defiende los Altos del Golán, territorio arrebatado a Siria después de la Guerra de los Seis Días, los palestinos hicieron mucho más que tirar piedras o gritar soflamas en contra de los israelíes. Sin que los militares sirios hicieran nada por evitarlo, lo que invita a pensar que Damasco había ordenado dejar hacer, los palestinos se dirigieron en masa hacia la frontera. Decenas de ellos terminaron rompiendo la valla y se dirigieron a la población drusa de Majdal Shams. Ante una invasión palestina y la pasividad siria, los israelíes dispararon produciéndose varias víctimas mortales. En la ciudad libanesa de Marun el Ras de nuevo miles de palestinos se dirigieron hacia la frontera y arremetieron contra la barrera de separación entre ambos países. En este caso, los libaneses dispararon primero con la intención de disolver la revuelta, luego los israelíes cuando la multitud llegó a su territorio. Se produjeron varios muertos y heridos. En Gaza, la multitud se acumuló en un terreno que es tierra de nadie desde donde lanzaron piedras y cócteles molotov, los disparos produjeron un muerto. En Cisjordania, los incidentes fueron respondidos por los israelíes con gases lacrimógenos y balas de goma. En Jerusalén también hubo enfrentamientos y un muerto. En total, algunas informaciones suman todas las víctimas mortales en quince.

Israel ha sabido demostrar muchas veces que puede y quiere vivir con sus vecinos musulmanes en paz y que cuando hay entendimiento, cuando se puede llegar a un acuerdo donde ambas partes saben ceder y establecer un estatus bueno para ambos, todo es posible. Ocurrió con Egipto, en Camp David cuando el presidente egipcio Anwar el-Sadat y el primer ministro israelí Menachem Begin firmaron un acuerdo el 17 de septiembre de 1978 con la mediación del Presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter. Egipto recuperó la Península del Sinaí, en poder de los israelíes desde la Guerra de los Seis Días y hasta la fecha, tiene una aceptable relación con Egipto, al menos durante el mandato de Mubarak. Lo mismo puede decirse de Jordania, país con el que Israel no tiene problemas desde la Guerra de los Seis Días.

Siria e Irán son los grandes enemigos de Israel. Y Siria tiene serios problemas internos, pues el régimen lucha por sobrevivir asesinando a sus propios ciudadanos. Durante las semanas anteriores a los incidentes fronterizos, los sirios usaron la fuerza militar contra sus propios súbditos y atacaron varias ciudades produciéndose una cifra de muertos que ronda los 750. El dictador sirio Basar el Asad reacciona como suelen hacer los dictadores que sufren problemas internos, buscando enemigos externos con los que puede reconducir los ánimos exaltados de sus súbditos, en este caso Israel. No es extraño que los principales incidentes se hayan producido en los Altos del Golán y en Líbano, una marioneta en manos de Siria, al menos parte del Líbano. Los Altos del Golán conforman un enclave estratégico que controla parte del agua potable que recibe Israel, pero sobre todo es un terreno estratégico desde el punto de vista militar, una barrera natural desde la que fácilmente se pueden organizar ataques o preparar sólidas defensas pues permite el bombardeo artillero de parte del territorio judío o llegar relativamente rápido a la capital Siria. Si entre Israel y Siria hubiera una relación similar a la que hubo entre el Israel de Begin y el Egipto de Sadat, no creo que hubiera mayor problema para devolver el territorio como se hizo con el Sinai, pero el problema es que tanto Siria, como Irán y otros países musulmanes quieren la desaparición de Israel, no la vuelta a las fronteras de 1967, las reconocidas oficialmente, ni siquiera las de 1948, sino su total desaparición.

La otra variable en juego son los palestinos. Las guerras entre árabes e israelíes siempre han tenido en los palestinos uno de sus puntos más controvertidos. Según ellos, expulsados de sus tierras por los judíos, se han mantenido durante décadas en campos de refugiados y sus aliados musulmanes se han encargado de que esta situación no cambie con el tiempo. Sería ilógico, esperpéntico que 50 años después de terminada la Segunda Guerra Mundial los alemanes o los japoneses estuvieran recluidos en campos de refugiados, pero no lo es tanto cuando son palestinos los que ejercen de tales. En vez de cómo sucede en todas las guerras, los perdedores tienen que asumir su condición y mirar hacia el futuro, los palestinos se han mantenido y los han mantenido en el pasado, asumiendo una condición de víctima, ayudando en ello organizaciones internacionales como la ONU que intenta evitar la violencia de los conflictos, pero que es incapaz de eliminar las causas que los crean.

Israel lleva décadas luchando contra el terrorismo palestino y los palestinos siguen siendo marionetas en manos de sus aliados. No deja de ser paradójico que la mayor matanza de palestinos haya sido hecha por sus hermanos jordanos, durante el Septiembre Negro, conflicto que enfrentó en septiembre de 1970 a la Organización para la Liberación de Palestina con el Rey Hussein de Jordania. También es paradójico que los palestinos nunca hayan tenido más libertad que cuando por los avatares del destino han estado bajo gobierno israelí, disfrutando de derechos que ahora sus hermanos árabes les niegan.

Estos conflictos fronterizos entre Israel y los palestinos tienen unos instigadores concretos y unos objetivos concretos y así lo ha denunciado Israel ante el Consejo de Seguridad de la ONU: Beirut y Damasco son los responsables directos de violar sus fronteras, denuncia la pasividad de ambos países, asegura que el hecho de que durante 40 años no se haya producido ningún hecho similar y que ahora, miles de personas se lancen a la vez a las fronteras sólo puede ser debido a la instigación de ambos gobiernos árabes. Líbano también ha denunciado a Israel y le ha acusado de desprecio a la soberanía libanesa y a las resoluciones de la ONU.

Desde el nacimiento de Israel y Palestina hasta nuestros días, el problema palestino ha sido usado por varios estados musulmanes como excusa para justificar sus males y como aglutinador social. En momentos de crisis política o económica sirve para que los tiranos se identifiquen con la población a través de una causa común y creen un vínculo sentimental que refuerce el régimen. Israel puede y quiere convivir con los países musulmanes, incluso mantiene en sus fronteras personas que profesan esta religión y que participan activamente en la vida social y política sin sufrir exclusión, son tan israelíes como los judíos. Sin embargo, es difícil llegar a acuerdos cuando una de las dos partes tiene como objetivo la destrucción física y espiritual de la otra. Un conflicto puede usar el camino del entendimiento y la cooperación si desaparecen las causas que lo provocan, mientras estas se mantengan vivas, sólo cabe prepararse para combatir la violencia.