Las operaciones de paz: una aproximación conceptual
Desde su creación en 1945, la Organización de las Naciones Unidas ha ido confortando la práctica del despliegue de operaciones de paz en zonas conflictivas con el fin de favorecer la resolución de conflictos por medios pacíficos entre los actores en discordia.
Estas operaciones, en su inicio exclusivamente militares, cuentan ahora con un componente civil importante (ingenieros, policías, etc.) que permite una aproximación más global del enfoque de actuación en un contexto determinado (protección de los derechos humanos, protección de la población civil, administración de territorios, reconstrucción, etc.)
La experiencia de este tipo de instrumentos de gestión de conflictos durante los últimos setenta años nos permite avanzar ciertos rasgos característicos:
- Desde 1965, estas operaciones son creadas (si son de Naciones Unidas) o autorizadas (si son de alguna organización regional, como la OTAN o la Unión Europea) por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas
- Si son operaciones de Naciones Unidas, caso de la operación en Líbano, dependen directamente del Consejo, puesto que son un órgano subsidiario del mismo; si son operaciones de alguna organización regional, el Consejo de Seguridad la autoriza, poniéndola en marcha la organización regional quien además establece sus prioridades dentro del mandato general otorgado por el Consejo de Seguridad
- Siempre cuentan con un mandato, que se supone imparcial (no favorece a ninguna de las partes en conflicto), pero que estos últimos años tiende a ser cada vez más amplio (vigilancia y control de fronteras, protección de la población local, securización de zonas seguras, formación de ejércitos y policías, etc.)
- Sus contingentes (militares y/o civiles) proceden de los Estados miembros que ponen a disposición a sus nacionales para esa operación
- Siempre cuentan con el consentimiento del Estado en cuyo territorio despliegan
- Según los casos, tienen reconocido el derecho a defenderse con las armas con el fin de protegerse, proteger la misión o los civiles bajo su cuidado. Actualmente, es más común que se les reconozca la posibilidad de recurrir a las armas para defender su mandato, pudiendo hacer así un uso más extenso de la fuerza militar.
Cierto es que estas operaciones, que actuaron en escenarios muy diversos, han evolucionado de forma espectacular con los años. En un principio, se enviaba a unos pocos militares, generalmente a zonas fronterizas que tenían por misión vigilar un alto el fuego. Estos últimos años, por el contrario, se multiplican las operaciones integradas en misiones más amplias de administración de territorios (como por ejemplo, APRONUC en Camboya a principios de los años 1990 o la KFOR, “brazo armado” de la UNMIK que administraba Kosovo) u operaciones en zonas de alta conflictividad (como por ejemplo la ISAF en Afgnanistán que convive con la operación Libertad Duradera). Por lo tanto, desde las Naciones Unidas, se intenta que la operación tenga la autorización legal para contar con los medios (humanos y materiales) y con las normas de enfrentamiento (el uso de las armas autorizado) suficientes para poder defender el mandato que les ha sido asignado. Esto no siempre tuvo éxito: recordemos por ejemplo la UNPROFOR, operación de paz que asistió, impotente, a la masacre de Srebrenica o la UNAMIR en Ruanda cuando la masacre de 1994.
Por lo tanto, para evaluar las posibilidades de éxito de una operación de este tipo siempre deben de tenerse en cuenta los siguientes aspectos: la operación debe tener los medios humanos y materiales suficientes para hacer frente a la situación de terreno que se va a encontrar; el mandato no debe ser tan amplio que resulte imposible de cumplir a razón de los medios a disposición; ese mandato debe ser imparcial y perseguir un objetivo de mantenimiento de la paz; se debe recabar el consentimiento jurídico del Estado en cuyo territorio despliega la operación, pero más importante aún: se debe tener el consentimiento político de todas las partes en conflicto. De nada sirve desplegar una operación en un territorio en el cual una parte puede estar controlada por un actor hostil al despliegue de la operación o, peor aún, con el que ni se ha contado para la resolución de conflicto. Ese actor hostil hará todo lo que está en su mano, y si controla territorio puede hacerlo, para sabotear a la operación que no podrá alcanzar su objetivo de paz. La última escenificación de este tipo de problema es sin duda el nuevo discurso de los Estados implicados en la ISAF que pide ahora que se integre a los talibanes (los antiguos “malos”) en las discusiones para el futuro del país. Probablemente, si se hubiese negociado con ellos antes, la operación estaría hoy mucho más cerca de cumplir su misión.
En cualquier caso, y para terminar, debe reconocerse que estas operaciones, con sus éxitos y sus deficiencias, han contribuido de forma muy notable en los últimos setenta años al mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales.





