La concertación y la solidez democrática en Chile
Eduardo Frei dio con la clave de la primera derrota electoral que ha sufrido un candidato concertacionista, la misma tarde del diecisiete de enero, cuando valoró los resultados de los comicios y felicitó a su rival, Sebastián Piñera, solvente líder de la derecha aglutinada en torno a la alianza por Chile. La Concertación de centroizquierda se había topado de bruces con la solidez de la misma democracia que les había dado un largo gobierno de dos décadas. Como quedó claro en el recuento de las papeletas, a Sebastián Piñera le sobraban razones para mostrarse optimista esa mañana de votación. Había logrado movilizar al electorado afín, y había transmitido con éxito un sentimiento de ilusión por un cambio en la forma de hacer política. Pero tampoco andaba escaso de debilidades, propias o atribuidas por sus adversarios, que pudieron haber prorrogado el mandato de la coalición gobernante una legislatura más.
Muchos ven al triunfador en las presidenciales como un producto natural cercano del pinochetismo. Su condición de adinerado hombre de negocios lo convirtió en blanco fácil de todo tipo de chanzas y cuchufletas. Pero la coalición representada por el ex presidente Frei no terminó de asimilar que las posibilidades que tenía Piñera de salir victorioso eran muy reales. La Concertación sobreestimó el tirón de Michelle Bachelet -quien abandonó el palacio presidencial con un índice de apoyo a su gestión del ochenta por ciento- y el presunto miedo de los chilenos a un retorno de la derecha a la moneda. Por eso se les vino encima la fortaleza democrática e institucional que, en buena parte, ellos mismos han construido.
Tal vez, sectores importantes de la población percibieron que ciertas iniciativas del gobierno Bachelet cargaban contra la línea de flotación del consenso social y económico. Ya hace muchos años que la sociedad chilena es lo suficientemente madura para darse cuenta de que las reformas económicas liberales no trajeron un país más injusto y eempobrecido, sino todo lo contrario. El modelo económico vigente proviene de la época oscura, del mandato de los generales. Las principales fuerzas políticas del país lo aceptaron y lo heredaron sin dramatizar, lo que ha permitido a Chile transformarse en el país más habitable, desarrollado y estable del continente. Podemos decir que la Concertación es también heredera de los “Chicago Boys”, a quienes se detesta en los sectores más a la izquierda del bloque que ocupa ahora los bancos de la oposición.
Y aparece aquí otro aspecto que va a condicionar el futuro del centroizquierda chileno, sus tensiones internas. El prestigioso diario El Mercurio reunió en sus salones a las cabezas pensantes de la concertación. Dolidos aún por el inesperado traspiés de la segunda vuelta, que se celebró a poco de comenzar el año, lanzaron severos reproches a la cúpula política que había dirigido el país en los últimos lustros. Los acusaron de dar de lado a los partidos, que sólo eran llamados a la Moneda para figurar, no para escuchar sus propuestas. Dice Gómez, el dirigente izquierdista derrotado por el empuje de Eduardo Frei en la búsqueda de un candidato a ocupar la Moneda. Todos los partidos coinciden en señalar que se actuó de espaldas a los ciudadanos, de gobernar como meros tecnócratas, achicándose las diferencias con la coalición rival. El momento es sin duda decisivo en el futuro próximo de los partidos que protagonizaron la vuelta a la democracia con su entrada en el gobierno en 1990.
Una situación probable para los próximos años es un contexto de normalidad institucional, en el que la Alianza pueda gobernar sin conflictos sociales relacionados con su posición política; con el mantenimiento del modelo económico que podría incluso ser ampliado o mejorado. Aquí, la Concertación corre el riesgo de repetir turno en la oposición, si se logran mantener los apoyos a la gestión que preparó el equipo de los mil, formado por Sebastián Piñera meses antes de resultar elegido.
En este punto, es fácil que los nuevos líderes de la concertación decidan avivar un discurso más agresivo, en el que la población se vea forzada a tomar partido, reproduciéndose tensiones sociales ya superadas por los chilenos. Un punto central de esa estrategia sería el ataque a los pilares del marco económico en el que Chile ha prosperado, al que no están dispuestos a renunciar, ni los aliancistas de Piñera ni una parte importante de los chilenos. En estas circunstancias, el riesgo para la concertación es doble. Por un lado, la posibilidad de una mayor división interna, que afecte negativamente, tanto a la cohesión de los partidos coaligados como a la cercanía de las bases respecto a las consignas de sus representantes.
De momento, las cuatro formaciones que se agrupan en la Concertación parecen estar razonablemente satisfechas con la forma en la que se ha encajado la derrota, y tratan de difundir una sensación de normalidad a sus votantes. Sería una irresponsabilidad intentar poner a prueba la solidez de las instituciones chilenas o la madurez de su democracia con situaciones límite forzadas por los políticos. Desde luego, la izquierda chilena y los aliancistas tienen, en sus correligionarios españoles, claros ejemplos de lo que nunca se debe hacer en política, ni en el gobierno ni en la oposición.
Jorge Bolaños Martínez es Doctor en Economía y miembro del Instituto Juan de Mariana.





