El horizonte nuclear de América del Sur
A la cotidianidad sísmica del archipiélago nipón se sumó esta vez un nuevo protagonista, tan inesperado como destructivo, que ha dejado tras de sí miseria y desolación. El tsunami que golpeó con virulencia las costas japonesas el pasado viernes 11 de marzo marcará en los anales de la historia un nuevo punto de inflexión, esta vez relacionado con la seguridad energética. Es asombroso como en ocasiones unos minutos, el tiempo de vida del ya celebérrimo terremoto de 8.9 en la escala Richter, pueden alterar sustancialmente el curso de los próximos años o décadas, en el caso de Japón.
Hasta el momento, dos parecen ser los focos de interés de la opinión pública internacional. El primero, habitual en este tipo de tragedias, es el baile de cifras. El ser humano necesita cuantificar para ser consciente de la magnitud del hecho, a mayor número de ceros mayor tragedia y, por ende, mayor espectáculo mediático. El segundo, se ha dirigido hacia la conveniencia o no del uso de la energía atómica. Muchas de las naciones productoras y otras que aspiran a ello avivan estos días este sempiterno e inconcluso debate. Dentro del caleidoscopio internacional la región sudamericana ejemplifica la diversidad de reacciones al respecto.
En América del Sur hay cuatro centrales nucleares en funcionamiento, dos en Brasil y dos en Argentina, además de otras dos en construcción, una brasileña que se prevé que esté terminada en 2015 y otra argentina cuya inauguración está programada para este mismo año. Por consiguiente, en términos totales el parque atómico de la zona es bastante reducido si se compara con el existente en América del Norte (104 reactores en Estados Unidos y 23 en Canadá) o el europeo (192 reactores operativos repartidos en 30 países, siendo Francia el mayor exponente con 58).
Pese al esfuerzo de las dos potencias sudamericanas por instalar un modelo nucleoeléctrico que les permita un mayor crecimiento económico, siendo el empeño brasileño más vigoroso, las principales fuentes de energía eléctrica utilizadas hasta el presente son la hidroeléctrica y la procedente de los combustibles fósiles. La energía nuclear en términos de generación eléctrica es nimia, se estima que representan el 6,2% de la generación total en Argentina y del 2,8 % en Brasil. En términos globales representan, aproximadamente, poco más del 1% de la capacidad neta mundial.
Además de los planes existentes al respecto en Brasil y Argentina, otros gobiernos de la región estaban considerando la alternativa nucleoeléctrica para satisfacer sus crecientes necesidades. En esta tesitura se encuentran Chile, Venezuela y Uruguay, que venían mostrando un destacado interés en diversificarse hacia esta fuente energética.
Sin duda, la alerta radioactiva en Japón acontecida como consecuencia del terremoto y posterior maremoto marcará la agenda mundial de los próximos años. En un mundo altamente globalizado es de esperar que el espacio sudamericano no quede al margen de este proceso y que los acontecimientos vividos en el archipiélago nipón introduzcan, en el calendario energético, otros referentes cronológicos que permitan vislumbrar una nueva Era, no sería raro que el tradicional a.C. y d.C. (antes y después de Cristo) diese paso a nuevas expresiones como a.F.1 y d.F.1 (antes y después de Fukushima 1) para referir cualquier crónica al respecto.
En Sudamérica dos son las reacciones predominantes tras la crisis nipona. Por un lado, vuelven a ir de la mano, Brasil y Argentina, quienes no contemplan paralizar el programa nuclear planteado para los próximos años. Prueba de ello es que el ministro brasileño de Ciencia y Tecnología, Aloizio Mercadante, asumió la defensa del programa asegurando que las plantas del país son más seguras que la de Fukushima. Por su parte, el ministro de Minas y Energía, Edison Lobao, descartó la posibilidad de suspender la construcción de cuatro nuevos reactores previstos en el plan brasileño. Mientras tanto, la cancillería argentina informó que se está realizando un seguimiento permanente de lo ocurrido en Japón, a través de un Grupo de Crisis integrado por las áreas políticas y técnicas competentes de organismos de ese Ministerio y de la Autoridad Regulatoria Nuclear, sin apuntar mayor intencionalidad de cambio en sus propósitos atómicos.
En materia energética, como en otros muchos aspectos, el pasado y futuro inmediato de estas naciones parece estar en perfecta armonía. Así lo evidencia el acuerdo de cooperación nuclear suscrito en enero de 2011 por la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, y su homóloga brasileña, Dilma Rousseff, que se desarrollará en el ámbito de la Comisión Binacional de Energía Nuclear (Coben) y que tiene un claro objetivo científico y pacífico. En esta experiencia, tanto Argentina como Brasil parecen necesitarse mutuamente, ya que mientras la primera avanza en términos tecnológicos, la segunda goza de la capacidad económica necesaria para concretar estas aspiraciones. Por el contrario, los aspirantes de la región a formar parte del club de naciones atómicas (Venezuela, Uruguay y Chile), se han mostrado más reticentes a seguir con sus propósitos nucleares.
El presidente venezolano, Hugo Chávez, manifestó haber ordenado al vicepresidente y ministro de Energía, Rafael Ramírez, congelar los planes preliminares del programa nuclear venezolano. Declaraciones que distan bastante de las intenciones que hasta hace poco albergaba este mandatario, quien había intentado, hasta el momento sin éxito, obtener tecnología atómica de Argentina, Brasil, Irán y Francia con el fin de edificar una planta con la que equilibrar los rigurosos cortes de electricidad que sufre el país. Unas pretensiones que empezaban a concretarse con el acuerdo intergubernamental que el país caribeño firmó con Rusia el 15 de octubre de 2010 sobre cooperación en este campo. En cualquier caso, las declaraciones de Chávez tras la alarma nipona han sido aplaudidas en la escena internacional, de hecho el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, elogió el gesto de oportuna precaución del venezolano y expresó la necesidad de incentivar el uso de fuentes de energía sostenibles que no pongan en riesgo al planeta.
Por su parte, Uruguay está planteando un nuevo análisis de su modelo energético orientado hacia una mayor diversificación y hacia la autonomía. Hasta el momento el país depende fuertemente de la energía hidroeléctrica, de importaciones de petróleo, así como de gas y electricidad suministrada por Argentina. Por ello muchas voces reclaman un cambio en el marco legal del país que actualmente, y desde 1997, prohíbe el uso nuclear. El gobierno de Tabaré Vázquez (2005-2010) creó una comisión multipartidaria que tenía por objeto estudiar la posible implantación nuclear con fines de generación eléctrica, siguiendo la normativa aconsejada por la Organización Internacional de la Energía Atómica. La emergencia suscitada en las centrales japonesas será incorporada como elemento fundamental en la discusión sobre el posible uso atómico que se desarrolla en Uruguay, según declaró el martes el director nacional de energía Ramón Méndez.
En Chile, el presidente Sebastián Piñera se mostró conmovido por lo ocurrido en Japón y manifestó que estos sucesos iban a cambiar la forma de abordar la seguridad nuclear. Pese a estas declaraciones la nación chilena es la más comprometida en la implantación de esta fuente energética. Tanto es así que recibirá a Barack Obama los días 21 y 22 de marzo, tras su paso por Brasil un día antes, con el ánimo de suscribir entre otros muchos convenios uno relacionado con la colaboración en esta materia que apunta a la investigación y a la capacitación del recurso humano, similar al suscrito por el país andino el mes pasado de febrero con Francia. Además el caso chileno presenta una particularidad a tener en cuenta, ya que posee una sismicidad análoga a Japón, motivo por el cual muchos sectores de la sociedad civil señalan que sería un riesgo considerable instalar una central atómica en el país debido a la gran cantidad de movimientos telúricos que se registran anualmente, estando presente aún en la memoria colectiva los terribles daños humanos y materiales que generó el terremoto de febrero de 2010. Por ello, el Senador y Secretario General del Partido Socialista chileno, Fulvio Rossi, emplazó al gobierno de Piñera a descartar de manera definitiva la energía nuclear en Chile tras el accidente en las centrales japonesas de Onagawa y Fukushima. En esta línea se ha pronunciado recientemente el ministro de Energía y Minas chileno, Laurence Golborne, quien afirmó que no hay posibilidad de instalar una planta en el país.
Estas han sido algunas de las reacciones emitidas por los gobiernos y líderes de la región sudamericana tras los sucesos acaecidos en el imperio del sol naciente a lo largo de esta última semana. Probablemente muchas de estas palabras e intenciones tendrán la misma vigencia, escasa, que el tiempo que trascurra entre estos hechos y los próximos desastres naturales o humanos. Y es que así es la ingrata memoria del ser humano, capaz de perpetuar en el ruido del terremoto, un chasquido perdido en la inmensidad del tiempo, y olvidar rápidamente las eternas secuelas que éste propició.





