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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

Crisis en Libia, entre voces y armas

 

Que la población dormida de la rica Libia terminase de despertarse era sólo una cuestión de tiempo. Que se desperezara bruscamente de su letargo y se levantara sin miedo, alzando una voz callada desde hacía décadas contra la institucionalización de las violaciones permanentes de sus derechos fundamentales, era más imprevisible. Sobre todo si pensamos que ha llegado al tirar del hilo que deshacía el cuidado tejido de alianzas tribales, obra de Muamar el Gadafi. Ansia de poder y lucha por los derechos humanos, esta vez, van de la mano.

No hace todavía dos años, el Jefe de Estado (de hecho), el coronel Muamar el Gadafi, celebraba sus cuarenta años en el poder (debiéramos decir de férrea dictadura) ante conjeturas que se hicieron más visibles según terminaba el año. Pocos meses antes, su hijo y al que muchos apuntaban como su sucesor, Seif el-Islam, se había apartado de la política nacional y aunque a punto estuvo de regresar como número dos, en noviembre de 2009, lo cierto es que no contó con el apoyo suficiente en el Congreso General del Pueblo. Entrando en 2010, la tensión entre los asentados en la cúpula de poder fue una constante en el proceso de unión de las fuerzas políticas libias, manifiesta con el nombramiento del ex ministro Ahokri Ghamem como Presidente de la Compañía Nacional de Petróleo (NOC) y, más aún, con la reconciliación del Grupo Combatiente Islámico Libio (GICL)[1], tras renunciar a la violencia.

No conviene perder de vista este Grupo Combatiente de oposición al régimen, que volvió a la escena pública al mismo tiempo en que se producía el acelerador de las revueltas libias el pasado mes de febrero: la detención en Bengasi de Fathi Terbil, abogado de las familias de los mil y cientos reos islamistas ejecutados en 1996 en la cárcel de máxima seguridad de Abu Salim (cerca de Trípoli), institución penitenciaria en la que fueron recluidos muchos miembros de la guerrilla que se había alzado contra el régimen de Gadafi en la década de los noventa. Se convirtió desde entonces el abogado en la bandera de la lucha por los derechos humanos y la supresión de la corruptela gubernamental en el país, en otras palabras: en el símbolo de la oposición libia al régimen dictatorial de Gadafi. Pues bien, mientras centenares de familias se manifestaban en Benghazi como protesta por la detención de Fathi Terbil y en contra de la corrupción del gobierno, más de un centenar de miembros del GICL, que estaban retenidos también en Abu Salim, eran puestos en libertad.

Estos hechos también llegaban tras la “revisión constitucional” que el régimen de Gadafi había querido iniciar en 2008 y que, realmente, supuso poco más que un ligero maquillaje: las reformas llegaron a finales de 2010 con garantías para el régimen y su “Revolución verde”, que prometía inversiones y desarrollo de infraestructuras, pero más allá de avances y reformas en materia laboral y derecho penal, en poco mejoraba la situación de los derechos y libertades fundamentales en el país (restricción de la libertad de expresión, asociación y reunión; no respeto de los derechos fundamentales –e integridad física –  de las personas inmigrantes y refugiadas; obstrucción a la justicia en casos de desapariciones forzadas; pena de muerte; discriminación grave hacia la mujer en materia de justicia, etc.) El uso de la fuerza hacia el alzamiento de los opositores al régimen que, más alto que nunca el último mes, gritaban la caída de Gadafi no es, sino, una muestra más de la acción del aparato represivo de quien aún hoy permanece en el poder. Porque el conflicto actual no se limita a una lucha de facciones o tribus por el poder: en las filas de la oposición se encuentra la tribu con mayor peso demográfico del país, los Warfallah, y con ella islamistas y religiosos, pero también laicos, jóvenes profesionales, intelectuales y desertores del entorno de Gadafi (militares, ministros, diplomáticos, funcionarios públicos).

Las grandes reservas energéticas y el hecho de ser un país de tránsito en las migraciones con destino a Europa, otorga a Libia la autonomía que escapa al escaso margen de influencia (financiero) occidental. Las rentas del petróleo acomodaban al “último de los dictadores de la región”, que personifica el Estado y ejerce un gobierno cuasi-absoluto. De hecho, pocos obstáculos internos encontraba Gadafi a la hora de elegir sucesión, dentro o fuera de su familia, más allá de las rivalidades tribales en lucha constante por el poder y que ahora se han sumado a las revueltas que ponen en jaque al mandatario libio. Romper el equilibrio tribal, el juego de alianzas que había tejido el mandatario miembro de la tribu de los Gaddadfa, con el apoyo de los Magarha (con posiciones clave en las Fuerzas Armadas), y a los antes aliados Warfallah, suponía balancear un castillo de naipes.

En este sentido y mirando hacia afuera, las revueltas evidenciaron el limitado el peso de los países europeos en la reforma interna del país cuyos intereses miraban más hacia la cooperación en seguridad, hidrocarburos e inmigración con un potencial (aunque conflictivo) socio [que dicho sea de paso: mantenía alejado al fantasma de la islamización y de la propia Al Qaeda]. Pero si ya de por sí eran inciertas las relaciones con la Unión Europea a pesar de las conversaciones para alcanzar un acuerdo marco – por un lado ya asistiéramos a conflictos diplomáticos con Ginebra por la reclusión en régimen de incomunicación de dos hombres de negocios suizos, por otro a relaciones bilaterales con Italia que se perfilaban próximas más por las oportunidades de mercado que por los acuerdos no siempre respetados de protección de fronteras y control de flujos migratorios irregulares-, con la crisis se han agudizado. La violencia extrema en las revueltas y la situación de inseguridad e inestabilidad derivada ha generado cerca de doscientos mil refugiados y desplazados que presionan las fronteras libias, sin contar los cientos que toman embarcaciones que les lleven a las costas europeas. Las víctimas mortales superan la decena de miles. En Europa se agota el debate ante la cuestión Libia [¿se trata de elegir en un discurso simplista: entre un dictador que aplasta a la población o unos rebeldes asociados con islamistas?], y las demandas de ayuda internacional por parte de la población víctima de la represión sangrienta de Gadafi.

Entre discrepancias y con abstenciones (China, Rusia; Alemania, Brasil e India) se aprueba la resolución 1973 del Consejo de Seguridad que autoriza a tomar todas las medidas necesarias para proteger a la población libia reprimida. Las dudas vienen por las escasas garantías de éxito de una intervención militar, pero es que la no intervención también dejaría en el tintero la cuestión de la protección civil frente a los ataques de los Gadafi y en el caso de una victoria de Gadafi las seguras represalias a los opositores, dentro y fuera de las fronteras libias.

 


[1] Entidad asociada con Al-Qaeda según el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas -párrafo c) de la resolución 1333 (2000), que participó en la planificación de los atentados con bombas cometidos en mayo de 2003 en Casablanca (Marruecos) y también relacionada con los atentados del 11-M de Madrid.