Lengua, cultura e identidad
El concepto de cultura ha variado mucho desde sus orígenes hasta la significación actual: de la siembra del campo (del latín: colere, cultivar la tierra) empezó a contemplarse en sentido metafórico (cultivar el espíritu) hasta alcanzar la profundidad, o quizás debiéramos decir: complejidad, que posee hoy en día. El término cultura se emplea como una suerte de cajón de sastre en el que entra desde el conocimiento del ser humano hasta sus modos de vida y costumbres, grado de desarrollo artístico e industrial de un grupo social[1], etc. Los propios estudiosos (antropólogos, investigadores de ‘estudios culturales’) no consiguen alcanzar un acuerdo sobre una definición universal, antes bien realizan aproximaciones al término.
Sin embargo, sí que existe una aceptación común sobre algunos aspectos fundamentales de su significación: la cultura no es una cuestión de raza ni genética,-cuya relación se intentó sostener en algunas ocasiones-, antes bien lo es de ideas y valores, un molde mental colectivo[2]. No se limita a contemplar la parte inmaterial del ser humano, aquella que refiere a los comportamientos sociales, moralidad y costumbre; sino también a la parte más material, reflejada en la estética, las artes y la tecnología. En todos los casos se eleva como un sistema de símbolos, donde el lenguaje es uno de sus elementos integrantes aunque de compleja ubicación: forma parte de lo más irracional del ser humano, sus ideas y creencias, lo afectivo; pero al mismo tiempo se alza como instrumento cognitivo, prominencia de la racionalidad humana, como lo expresaría Piaget.
Precisamente, de esta complejidad lingüística deriva la ausencia de un modelo teórico coherente, consistente y unificado que describa los múltiples aspectos cognoscitivos, afectivos, culturales y sociales que están implicados en la adquisición del lenguaje[3]. No en vano podemos recoger que la lengua es mucho más que un sistema complejo de símbolos compartidos por usuario y/o receptor: recoge un modo de pensar colectivo, siendo transmisor de valores y tradiciones. Es un legado común, aprendido desde niños, que refleja la identidad de la persona que lo porta y desarrolla.
El proceso de socialización está fuertemente relacionado a la adquisición de una lengua, al nacimiento y desarrollo de la persona en un contexto lingüístico. En el debate de las ideologías lingüísticas el epicentro se encuentra en el lenguaje como elemento de racionalización y la misma discusión académica revela una conexión entre la lengua y otros ámbitos de la vida social.
La lengua llega a alzarse como un marcador de identidad cuya pérdida conduce también al abandono de las raíces, al olvido y comprensión de los orígenes de la persona. Es precisamente sobre el lenguaje que se elevan las construcciones ideológicas, es el lenguaje quien remite al lado inmaterial, de lo intangible, de la cultura. La propia ideología se expresa y reproduce a través del lenguaje. Por otra parte, la lengua se asimila a la nación, a un pueblo. La lengua materna es un símbolo de identidad, un nexo o elemento identificador de pertenencia al grupo. Las lenguas minoritarias (que no debieran ser confundidas con lenguas regionales o locales) son consideradas además como una expresión de la riqueza cultural y un vehículo del patrimonio cultural inmaterial[4], cuya desaparición conduce inevitablemente a la pérdida definitiva de tradiciones y expresiones orales. Como tales, las lenguas son objeto de derecho, gozan de protección y desde organismos estatales, supranacionales, etc. se fomenta su promoción.
El lenguaje, como elemento de identidad, también puede llegar a marcar las fronteras de la cultura de élite frente a la cultura popular, constituyendo espacios virtuales que los medios de comunicación tenderían a homogeneizar, como parte del papel representado en el teatro de la globalización. No en vano las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (tómese Internet) tienen la capacidad de eliminar fronteras, crear un único espacio informativo global y llegar a lugares (y a sociedades) hasta hace sólo unas décadas inaccesibles.
En definitiva, la cultura humana ha avanzado irreversiblemente de la mano de los progresos tecnológicos. Son estos avances los que han conducido a la globalización o mundialización. Ahí nace el temor (real) que de la misma se deriva: una globalización (homogenización) en detrimento de la regionalización (identidades), una “americanización” o (mal llamada) “occidentalización” de todas las sociedades que eclipse el pluralismo cultural y donde las lenguas dominantes en la comunidad internacional (mercado global) desplazarían progresivamente a aquellas minoritarias, como antesala del difuminado sutil de los rasgos identitarios y el degradado de la riqueza cultural.
[1] Entrada para la palabra cultura en el Diccionario de la Lengua Española - Vigésima segunda edición. Real Academia Española, 2001.
[2] Kuper, Adam: Cultura, la versión de los antropólogos. Ed. Paidós Ibérica, Barcelona, 2001. Pág 262.
[3] Medina de Callarotti, M. Elinor: Capacidad Metalingüística; Colección Tesis Ciencias Sociales, Equinoccio, Ediciones de la Universidad Simón Bolívar, Maracay, 1993, Pág. 14.
[4] Réunion d’experts sur la documentation et l’archivage du patrimoine culturel immaterial; UNESCO, París, 12 y 13 de enero de 2006. Report of the Preparatory Meeting for a Manual on Oral Traditions and Expressions with a view to the implementation of the 2003 Convention for the Safeguarding of the Intangible Cultural Heritage; UNESCO, París, 27 y 28 de enero de 2006.





