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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

Asociacionismo comunitario para una nueva identidad

 

Las asociaciones vecinales, los grupos organizados de reivindicación, las agrupaciones culturales, etc. han fluctuado en la sociedad española al ritmo de los cambios políticos y de la forma de vida. En las últimas décadas, la creación y mantenimiento de asociaciones ha respondido a diferentes motivaciones y necesidades de la sociedad. En ciertos momentos, ha sabido adaptarse perfectamente a éstas, en otros, en menor medida. Actualmente, una red asociativa bien constituida podría ayudarnos a alcanzar las metas que ahora se nos presentan a nivel social, especialmente, las relacionadas con la integración de la población inmigrante de primera y segunda generación presente en nuestro país.

Sin embargo, la tradición asociacionista ha perdido fuerza y apoyos y actualmente no cumple la labor que efectivamente podría desempeñar. Ha tomado un rumbo que, como veremos, busca solucionar problemáticas globales, relevantes desde luego, pero a costa de descuidar otras más cercanas. Este hecho, además, ha venido acompañado de una creciente tendencia a la atomización y segregación de las asociaciones por fines y público al que están dirigidas.

Toca ahora preguntarse por qué, qué ha cambiado en nuestra concepción de vida en comunidad que provoca la falta del interés necesario para convertir a la ciudadanía en un activo capaz de afrontar, al margen de las instituciones del Estado, las relativamente nuevas situaciones que día a día se viven en barrios, escuelas y calles de nuestro país, especialmente las producidas por la convivencia intercultural que ha traído consigo la inmigración.

Para ver qué nos ha llevado al punto en el que actualmente nos encontramos, debemos hacer una breve retrospectiva de los momentos que la tradición asociacionista ha vivido en las últimas décadas y tratar de aprender de alguno de aquellos modelos que dejamos atrás y que sin embargo fueron útiles y efectivos en nuestro pasado reciente.

El sociólogo Tomás Alberich, a quien seguiremos en este artículo, recoge en su análisis Asociaciones y Movimientos Sociales en España: Cuatro décadas de cambios (2007) la evolución del asociacionismo español y sus diferetes etapas. En la década de los setenta vivida entorno a la transición política española de 1973 a 1981, lo más característico eran las asociaciones de barrio, en las que, a través del desarrollo de actividades culturales, educativas, etc. para personas de toda edad, condición y sexo, se conformaba un sentimiento de pertenencia y de “movimiento social transformador” que daba cohesión y sentido al barrio. La asociación se constituía como punto de encuentro, y daba identidad a éste, a menudo sito en la periferia de la ciudad y construido pocos años atrás para albergar a la población que en los años sesenta y setenta emigró del campo a las grandes urbes. Este tipo de agrupaciones lograron, además, elevar las reivindicaciones de sus asociados referentes a los anhelos de una verdadera democracia, acerca de la marginación de la periferia, la falta de infraestructuras y servicios, etc.

La llegada de la democracia, con las elecciones de 1979, cambia, como no podía ser de otra manera, el escenario social radicalmente. Las asociaciones ya no necesitan posicionarse 'contra' las instituciones, de hecho, es habitual que coordinadores de éstas, pasen a trabajar en Ayuntamientos, partidos políticos, etc. Las nuevas instituciones estatales, además, empiezan a cubrir ciertas necesidades sociales de las que antes se encargaban las asociaciones de barrio, lo que desemboca, más que en colaboración, en competencia entre unos y otros.

Estas circunstancias, además de la tendencia al individualismo por la precarización de la vida de muchos a causa del paro, el aumento de la drogadicción y la delincuencia…, la tendencia a la influencia de partidos políticos en las asociaciones, el desencanto generalizado tras la ilusión de que la gran solución vendría de la mano de la democracia… fueron algunas de las causas que llevaron a la crisis y la inestabilidad al tejido asociativo del momento.

Pero destacaremos una, la relacionada con las motivaciones, entendidas como uno de los principales motores de la articulación social en cada momento de la Historia. En la década de los ochenta, ya no se pedía al movimiento asociativo que se enfrentase al poder político, ni que supliese las carencias de éste. Podemos entender esta situación como una clara falta de adaptación de las asociaciones a la nueva situación política y social, a las nuevas necesidades de la ciudadanía. Los años noventa están marcados por la atomización. Frente a la asociación de barrio única habitual en los años setenta, la proliferación e indiferencia entre agrupaciones veinte años después, (combinada, eso sí, aunque resulte paradójico, con el incremento de redes y plataformas aglutinadoras), cambia por completo la forma de trabajo.

Resulta característico también el incremento de la utilización por parte de éstas, de tecnologías de la comunicación como radios libres, radios comunitarias, etc. En esta década, las asociaciones viran hacia un nuevo enfoque: la mayor profesionalización, la dependencia de las subvenciones (con implicaciones políticas) y la colaboración con la Administración en la oferta de servicios, enfocados a sectores específicos –de forma separada- de la sociedad: discapacidad, mujer, infancia… A esta segregación por sectores, hay que sumar el rechazo de las clases medias hacia las personas en situación de exclusión, consecuencia del aumento de la inseguridad urbana vivida en los 80. Este rechazo, desde luego, dificulta aún más la convivencia y la creación de agrupaciones comunes.

Un paso más hacia 'el hoy', es la aparición de las denominadas Organizaciones No Gubernamentales (ONG), agrupaciones que consiguen con esta autodenominación, cambiar la imagen sobre sí mismas, dando una impresión de grandeza no siempre fiel a la verdad. La llegada de las ONG viene de la mano de reivindicaciones globales, en contraste con las locales de décadas atrás. Nos referimos a requerimientos entorno al '0,7', al medio ambiente, los derechos humanos, etc. Ya hace años que terminó la dictadura, ahora, el inconformismo, el malestar por la situación social atraviesa fronteras. ONG, asociaciones o como queramos llamarlo, focalizan su lucha en otros malestares que quedan lejos de las periferias de nuestras ciudades.

El comienzo de este nuevo siglo está muy marcado por el legado de la década de los noventa así como por la globalización económica, cultural, tecnológica... Las actuales crisis económicas, medioambientales y energéticas, se han convertido en elementos en cierto sentido unificadores que 'exigen' una doble atención hacia lo local y hacia lo global. Una de las consecuencias más claras de estas crisis globales, son desde luego los movimientos migratorios.

Según datos extraídos de la Encuesta Nacional de Inmigrantes (ENI) de 2007, en 2,16 millones de hogares en España, vive al menos un extranjero. Más claramente, la encuesta habla de más de 4,5 millones de inmigrantes residentes en nuestro país en el año 2007, lo que se traduce en el 10% de la población total. Teniendo en cuenta los datos, es innegable que la inmigración ha modificado y modifica el patrón de la sociedad en la que vivimos, y aunque es cierto que la labor de cooperación al desarrollo materializada en la proliferación de ONGD dentro y fuera de nuestro país es necesaria, es innegable que una adecuada organización ciudadana que promueva la integración no de 'ellos' aquí, sino de todos con todos en esta realidad semi nueva en la que nos hallamos inmersos, es fundamental.

Viendo este esbozo de la evolución de la tradición asociacionista en España, es fácil apreciar que ha seguido el mismo camino que tantos otros aspectos de la evolución de nuestro mundo: la globalización se traduce en un fenómeno que nos hace vivir desconectados de la realidad cercana que nos rodea, y a menudo nos hace olvidar que a pesar de la rotunda presencia de Internet, las crisis globales, la deslocalización empresarial… seguimos viviendo en un lugar físico concreto, con problemáticas específicas y rodeados de personas determinadas que son con las que realmente compartimos nuestra vida.

Aplicando esta idea al necesario trabajo que al margen de las instituciones la sociedad civil debería poner en marcha -ya que de nosotros se trata-, se vislumbra una nueva motivación para una nueva etapa del asociacionismo.

En la actualidad, además de la preponderancia de las ONGD, que como hemos visto fija su atención en lo lejano, prima la estratificación, la subdivisión, la atomización de las asociaciones, incluso en ciudades pequeñas. Existen por supuesto asociaciones de inmigrantes -también divididas por países, zonas, dedicación-, de jóvenes, de mujeres... pero apenas si han sobrevivido las comunitarias cuya principal características es la no discriminación de sus asociados.

Un sistema de asociación más similar al implantado en la década de los setenta nos daría la oportunidad de, como entonces, darle una identidad común a nuestro entorno cercano. Esa necesidad que existió entonces, existe de nuevo, pues la conformación de nuestra sociedad, como hemos visto, ya ha cambiado y necesita una identidad nueva basada en la convivencia y en la integración de todas las partes.

A pesar de las últimas estadísticas que nos hablan del efecto retorno que la crisis económica ha producido en la población inmigrante de nuestro país, millones de extranjeros de diferentes generaciones siguen y seguirán viviendo en España, trabajan, establecen su lugar de residencia, escolarizan y educan a sus hijos aquí. Es una realidad, es nuestra realidad, y tenemos recursos, al margen de las instituciones, para darle forma.