Joomla ServiceBest Web HostingWeb Hosting
ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

Algo falla

 

Hay tres formas básicas de apoyo a la labor de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) y demás asociaciones con fines sociales: la aportación económica, puntual o periódica, el trabajo voluntario y la asistencia a eventos como reconocimiento a la labor llevada a cabo por dichas entidades. Como veremos a continuación,  la población española dona más bien poco a las ONG, digamos que se limita a ajustarse con cierta holgura a la media europea en lo que a voluntariado se refiere, y no demuestra excesivo interés por la proyección de la labor de dichas organizaciones.

Según el informe 'La colaboración de los españoles con las ONG y el perfil del donante' de marzo de 2009, realizado por la Asociación Española de Fundraising, el 11% de la población española, es decir, 4 millones de personas, colabora económicamente con las ONG. La aportación se traduce en 782 millones de euros al año.

De este estudio también se deduce que los ámbitos a los que los españoles somos más sensibles a la hora de hacer aportaciones económicas, son la infancia (que aglutina el 36% de las donaciones)  y la pobreza (con un 38%). El sector que sale peor parado en este caso es el de la defensa de los derechos humanos y los sectores marginados de la sociedad, con un 8%. A pesar de la creencia generalizada de que son las catástrofes naturales las que suelen atraer más a los donantes, este informe revela que tan sólo el 18% del total de las donaciones se derivan a este sector.

Aunque cierta lógica nos dice que la crisis económica ha afectado a las donaciones en nuestro país, vemos sin embargo que la fidelización del donante se ha visto incrementada entre el 2004 y el 2008, lo que demuestra que éste confía en los proyectos que está apoyando económicamente. A saber, en 2004 la media de años de compromiso entre el donante y la organización no llegaba a los 7. En 2008, alcanza los 10. Las cantidades aportadas tampoco se han visto afectadas excesivamente a causa de la crisis. El importe medio al mes ha pasado de 15,92 euros en 2004 a 13,92 en 2008. Así pues, la complicada coyuntura económica del país no ha supuesto un gran problema a las donaciones a ONG. La mayoría de las personas que aportaban parte de sus ingresos sigue haciéndolo a pesar de la situación económica y de hecho, según recoge este informe, se sienten especialmente solidarizadas con los más desfavorecidos. Solo el 2% de los donantes encuestados en 2008, afirmaron que dejarían de donar por este motivo, compensado con otro 2% que afirma su intención, no sólo de no dejar de donar, sino incluso de incrementar su aportación.

Sin duda extraemos impresiones positivas de las conclusiones de este estudio, pero al comparar nuestros datos con los de otros países europeos, vemos que nos encontramos muy por debajo de nuestros vecinos. Nuestro discreto 11% se enfrenta al 56% de Reino Unido o al 41% de Francia. La brecha respecto a realidades más lejanas como la de Estados Unidos, es aún más significativa, ya que el 90% de la población de este país, es donante.

No encontramos tanto contraste en las cifras del voluntariado en comparación con Europa… quizá porque en este caso, la media europea no es demasiado alta de por sí.   

Según datos extraídos del informe de 'Diagnóstico de situación del voluntariado en España' respecto al Plan Estatal de Voluntariado para el periodo 2005-2009, el 84% de los trabajadores del Tercer Sector son voluntarios, lo que supone un total de 4,2 millones de voluntarios en este país, cifras que superan ligeramente las europeas.

El parámetro que se ha utilizado para establecer una comparación más o menos fiable con la presencia del voluntario en Europa, es la conversión hipotética de ésta en trabajo remunerado. Así, vemos que si el tiempo invertido por parte del 84% del total de trabajadores del Tercer Sector, que actualmente son voluntarios, se aglutina y trasforma en puestos de trabajo remunerado, tendríamos 1,2 millones de puestos de trabajo a tiempo completo, lo que representa un 40% del total. Según este informe, la media europea se encuentra en un aproximado 37%.

El perfil de estos pocos millones de personas que trabajan en principio de forma altruista responde a una persona, indistintamente hombre o mujer ya que en cifras ambos sexos están casi a la par, de menos de 40 años, con un nivel educativo superior a la media del país. Las motivaciones son las esperables. Aunque priman las meramente altruistas, no son las únicas. También, en ocasiones, son instrumentales: autosatisfacción, cumplimiento con obligaciones morales o religiosas, deseo o necesidad de adquirir experiencia cara al mundo laboral, de conocer a gente…  

La asistencia a eventos es reducida también –basta con pasarse por algunos para darse cuenta-. Exceptuando quizá las grandes movilizaciones de organizaciones aún mayores, especialmente en ciudades con gran volumen de población como Madrid o Barcelona. En las demás, ya sean exposiciones, charlas, encuentros… no suele corresponderse el esfuerzo humano, y en ocasiones monetario, invertido, con la acogida del mismo. El problema, posiblemente, es la saturación de eventos de todo tipo a los que somos ‘invitados’, a través, principalmente, de los medios de comunicación. La saturación, el bombardeo incesante, hace que los de carácter humanitario o social se pierdan entre los culturales, deportivos, artísticos, de ocio... sin recibir especial atención por su acento social.         

En definitiva, es un hecho la falta de apoyo, de compromiso, de reconocimiento, ya sea monetario, con tiempo, o a través de la mera asistencia, por parte de la ciudadanía al trabajo de las ONG y asociaciones.

Como todo tarde o temprano, las estrategias que se utilizan para atraer y fidelizar quizá se estén agotando. Dentro y fuera de las organizaciones, nos cansamos de escuchar hablar de los mismos temas, los mismos términos. Palabras como pobreza, discapacidad, inmigración, integración… suenan ya como una letanía a través de todos los medios habidos y por haber. El bombardeo informativo que recibimos, no sólo acerca de este tipo de temas, nos arrastra también hacia la desensibilización. Parece que nuestra forma de vida nos permite, desde niños, verlo ‘todo’. Pocas cosas consiguen conmovernos, asombrarnos ya. Además, la erradicación de la pobreza, la necesidad de integración de grupos vulnerables, etc., se viven como algo lejano por parte del ciudadano medio. Y lo que por este tipo de causas hacen las ONG, desde luego, también. La lejanía conlleva desconocimiento, conlleva desinterés, y sobre todo, desconfianza.  

Si las ONG quieren atención, y desde luego la quieren, ya que su labor consiste no sólo en la acción social, sino en la sensibilización de la ciudadanía, deberán estudiar nuevas estrategias para llegar a su público, para hacerse paso a través de la marea de estímulos que nos rodean a la gran mayoría de nosotros. Quizá la clave la encontremos en una vuelta atrás, en trabajar de cerca, de persona a persona, en reforzar el tejido asociativo y conseguir una verdadera implicación de personas, con nombres y apellidos, no de números. En dar menos importancia a las grandes campañas publicitarias y centrar nuestro esfuerzo en los que están a nuestro alrededor.

Cuando la persona que te explica que eres necesario, que tu tiempo, y por qué no, tu dinero, pueden emplearse por el bien de muchos, está sentada frente a ti con una café en las manos, seguramente escuches, entiendas. Cuando este mensaje te llega entre un anuncio de detergente y la tercera edición del informativo, lo más probable es que se pierda en el camino, como tantas otras cosas. Lo mismo ocurre con charlas, exposiciones y demás actos que buscan sensibilizarnos acerca de realidades duras y lejanas, generalmente, a la nuestra. Las posibilidades en cualquier ciudad de nuestro país para llenar la tarde de un sábado, son cientos… al menos, decenas. ¿Por qué elegir la contemplación del dolor ajeno cuando convivimos con el nuestro propio día a día? ¿Por qué asistir a contemplar lo que unos desconocidos han hecho para otros desconocidos? El secreto, seguramente, reside en la participación. El asociacionismo es clave. Es una de las llaves para salir del individualismo, no por tópico, menos cierto, que caracteriza a la sociedad que nos hemos construido.  

Colaborar, formar parte de algo no es comprar, no es consumir, no es observar. Es… otra cosa. Puede que parte de la solución esté en huir de las equivalencias ‘donación-producto’, ‘voluntariado-alternativa de ocio’, de las actitudes meramente contemplativas. Cuando quien promueve estas iniciativas te invita personalmente, porque te conoce, a lo mejor te lo tomas en serio, al fin y al cabo, hoy, la excepción no es lo espectacular, es la cercanía. El agrandamiento de entidades y proyectos no siempre conlleva más eficacia. Lo que desde luego sí conlleva es lejanía… cuando de cerca, es más fácil.