La armadura y el corsé
Pensar que nacemos con un pan debajo del brazo es tan ingenuo como pensar que la libertad nos es dada con ese primer hálito de luz que percibimos al nacer y nos ciega por completo, con ese llanto que llena de impulso vital nuestros pulmones y casi nos deja ahogados/as. Es curioso que nuestro primer grito a la vida sea de dolor, a pleno pulmón, con lágrimas en los ojos. Y es que el dolor está grabado en nuestra piel, así sentimos con ella placer con el más leve roce de una pluma y el más intenso malestar puede venir por una mano sobrevenida sobre nuestro cuerpo sin permiso, con demasiada fuerza, desde un lugar superior que nos somete y controla. El género, en definitiva, trata de todo esto, de cómo al nacer cejamos nuestra libertad a la otra orilla y nos adentramos en un mundo con dolor y sometimiento, aunque con muchas cosas más.
El género, como decía, hace que ese bebé que nace sea educado según sus genitales. Así, tendrá determinados juguetes (pongamos coches y muñecos de acción para los chicos, y bebés y cocinas para las chicas), con determinados colores (siempre más oscuros, en una misma tonalidad de grises, azules o marrones para los chicos; rosas y rojos, colores más alegres para las chicas) y, en definitiva, con unos mandatos diferentes que conforman las creencias y valores de cada subcultura, la femenina y la masculina.
Así, según resumen el psiquiatra Luis Bonino (2001), los hombres reciben la urgencia del triunfo, la consecución del éxito más allá de toda impedimento social; se les impele a ser fuertes y heroicos, a superar toda dificultad sin asomo de aflicción y debilidad, pues toda expresión emocional está ligada al mundo femenino y, por tanto, es denostado y castigado para el hombre. Por último, los hombres reciben una marca definitoria de su estatus social con relación al resto de personas: el hombre blanco y occidental ocupa el primer escalafón en la sociedad, y cualquier característica que desdibuje este estereotipo lo hará ir rebajándose en dicha jerarquía social, como ser homosexual, demostrar sentimientos y afectos de manera explícita, ser de otra raza, no tener trabajo ni familia, o incluso vestir con colores más vivos.
Pongo, en este caso, la lupa en la armadura del hombre para visibilizar que dichos mandatos que conformas los ideales, valores y creencias en los que crecemos y vivimos las personas con genitales masculinos, nos influyen de manera determinante y tienen aspectos negativos para con nosotros mismos. Señalar el por qué el género nos aprieta y nos quita libertad es vital para poder romper con dicho caparazón social y así conseguir, junto a los mujeres, la igualdad de género, que nos acercaría un poco más a la tan esquiva libertad.
El género, tanto para hombres como mujeres, pone una armadura o un corsé fijo a las personas según si tiene unos genitales u otros desde su nacimiento. Así, sus llantos, sus llamadas de atención y sus peticiones serán entendidos y respondidos de determinada manera desde la cuna. Por tanto, los gustos y modos de pensar, sentir y hacer son moldeados según estos mandatos que brotan en nuestra sociedad desde todos los ámbitos: no sólo en la familia, si no en el colegio, en los medios de comunicación, en el arte, etc.
Romper el género, por tanto, implica continuar el legado del movimiento feminista y de las libertades sexuales, pero no sólo eso, si no que empuja también la aplicación de los Derechos Humanos desde lo más básico: la libertad más allá de nuestro sexo y nuestro género. Y esto incluyo tanto el género masculino como el femenino.
Por muy evidente que pueda parecer esta aseveración, nos ha llevado años llegar a ella y aún más tiempo hará falta para que se incorpore en los planes de estudio y en el saber popular. Actualmente vivimos en una falacia social de la que somos totalmente ciegos/as y ajenos/as. Es este uno de los grandes peligros de los que no somos conscientes, y es que el machismo, el patriarcado o la desigualdad de género (todo viene a ser lo mismo denominado desde diferentes perspectivas), está cada vez más invisibilizado e incorporado en el discurso político y social. Por tanto, el trabajo que queda por hacer no pasa unívocamente por un ministerio o un taller educativo de cuatro sesiones en los institutos, tampoco pasa por libros de texto que nadie lee ni artículos que se manejan en conferencias y congresos y no llegan al público general. El trabajo que queda por hacer es el de incorporar este saber científico a la sociedad desde cualquier ámbito de educación informal. Esto quiere decir que deberíamos fomentar, quizás, películas en las se rompieran los estereotipos que nos educan y retroalimentan la desigualdad de género (por ejemplo, dejar a un lado los Indiana Jones y las Lara Croft y crear nuevos héroes y heroínas, pongamos, como Bob Esponja, que no reúne todas las características de los estereotipos machistas). En definitiva, se trata de pasar del nivel científico y reinvidicativo de los movimientos pro igualdad de género, al saber popular y útil de nuestra sociedad.
Romper el género tradicional y hegemónico es un trabajo lento y progresivo. Al fin y al cabo, se ha visto modificado por la evolución de la humanidad (tradición y cultura). La diferencia es que ahora hemos sido capaces de diseccionar nuestra sociedad como lo hace un/a médico/a en el quirófano con el cuerpo vivo de un paciente que aspira a curarse de su enfermedad. Ahora sabemos dónde está el tumor y no debemos esperar a que el tiempo nos cure. Disponemos de los recursos necesarios para operar y quitar el corsé y la armadura, por fin.
Tradicionalmente, cuando nacen los bebés se vincula el género masculino o femenino al sexo, si es hombre o mujer. Esta distinción desde que niños desencadena la asunción de roles y de pautas de comportamiento, desde el entorno familiar hasta los medios de comunicación. Ahora bien, sabemos que género no es sexo y es un error que nuestra sociedad debe empezar a corregir.





