Ventajas y desventajas de envejecer en la oficina
El acuerdo al que gobierno, sindicatos y patronal han llegado respecto al retraso de la edad de jubilación que tanta controversia y debate ha suscitado en nuestra sociedad española, nos da la oportunidad de reflexionar acerca de otras cuestiones que fácilmente pueden caer en el olvido cuando consideraciones económicas saltan a la palestra.
Sin embargo, y aun tomándola como punto de partida, no es objeto de este artículo juzgar la licitud de la reforma de las pensiones en España, sino más bien dar una perspectiva paralela a la cuestión económica, más relacionada con las necesidades vitales de la persona, una vez ésta llega a la vejez –cuyo comienzo suele señalarse en España entorno a los 65 años- para llevar a cabo un proceso de envejecimiento saludable, tanto físico como mental.
En este sentido, entendemos que la ‘vejez saludable’ es el conjunto de circunstancias que pueden ayudar a disminuir la aparición de enfermedades o el agravamiento de las preexistentes que a su vez conlleven el mantenimiento de las capacidades motoras, funcionales, cognitivas, etc. de la persona.
Volviendo al punto de partida, vemos, en resumidas cuentas, que la edad legal de jubilación en España ha pasado de los 65 a los 67 años, medida que será totalmente adoptada en el año 2027, tras un paulatino proceso de adaptación. La excepción, aquellas personas que hayan cotizado 38 años y medio, que podrán jubilarse a los 65 años como hasta ahora.
Teniendo en cuenta la situación laboral actual de los jóvenes en este país, está claro de qué modo la reforma va a afectar a su fututo –si para el momento de la jubilación de los veinteañeros actuales la situación es similar a la presente-. Las condiciones actuales del mercado laboral complican las cosas a esa masa de jóvenes que difícilmente encontrará un trabajo remunerado recién terminada su formación, y si lo encuentra, rara vez será de larga duración y mucho menos indefinido. La cotización de un máximo de dos años por contratos remunerados de becario, no parece medida suficiente para tranquilizar a los jóvenes que actualmente temen por su precario presente laboral y por su incierto futuro como jubilados.
Sin embargo, y sin esperar a ver cumplir los 67 a los jóvenes de hoy, ¿en qué grado afectará esta medida a la calidad de vida de los mayores del 2027? Son muchos y muy variados los factores que determinan la calidad de vida de una persona, especialmente de edad avanzada: los cambios físicos propios del envejecimiento que pueden llevar aparejada la aparición de nuevas enfermedades o el agravamiento de las preexistentes y la disminución de ingresos debido al cese de la actividad productiva son dos puntos clave de la misma. Como sabemos, éstos pueden traer cola, como la necesidad del traslado del anciano a una residencia por su pérdida de capacidades, o la depresión por la ruptura con su ‘vida útil’.
Otro factor a tener en cuenta es, desde luego, la esperanza de vida, que supera en España los 81 años actualmente, posicionándose entre las más altas de Europa, e incluso del mundo. Según datos del Banco Mundial, la esperanza de vida en este país era de 69.1 años en 1960, lo que supone un crecimiento sustancial en las últimas cuatro décadas. Según el informe sobre el índice de Desarrollo Humano de la ONU, emitido en el año 2009, España se encuentra en el puesto número 15 en cuando a calidad de vida, teniendo en cuenta la sanidad y esperanza de vida, los niveles de alfabetización y el nivel de ingresos, entre otros factores.
Vivimos muchos años, tenemos una buena calidad de vida, pero nos enfrentamos, como el resto de los mortales, a una serie de condicionantes físicos intrínsecos al inexorable paso del tiempo: el envejecimiento de cuerpo y mente, especialmente acusado a partir de los 65 años.
Durante el proceso de envejecimiento sufrimos toda clase de modificaciones, empezando por las fisiológicas, como la disminución de la capacidad sensitiva, aumento de la debilidad muscular y ósea, caída de dientes, disminución de peso y volumen del corazón, y de peso y consistencia de los pulmones, modificación de la tensión arterial, reducción del peso del cerebro en un 11 % aproximadamente entre los 45 y los 85 años y pérdida progresiva de neuronas, por mencionar solo algunos ejemplos.
Las personas de edad avanzada también sufren modificaciones psicológicas a menudo relacionadas con la conciencia de la pérdida de habilidades u otros cambios traumáticos en su vida, como la muerte de allegados, especialmente de la pareja, y con el abandono repentino de la vida laboral, que puede conllevar una disminución de la autoestima con el consabido sentimiento de inutilidad, de ser un estorbo y de estar aislado de la sociedad. Este malestar con uno mismo, como no puede ser de otra manera, acaba afectando a la vida en sociedad del anciano llevándole al aislamiento, a desarrollar miedo hacia los demás, pasividad ante el entorno e incluso hostilidad hacia él.
La depresión es una alteración psíquica frecuente en edades avanzadas. Para prevenirla, es recomendable no descuidar la propia imagen y autoestima, evitar el aislamiento y no permitir que desaparezca la motivación ante actividades con las que en un pasado se disfrutaba.
La depresión relacionada con la jubilación (sea a los 65 ó a los 67 años) afecta en la actualidad especialmente a los hombres, que según los roles sociales tradicionales relacionados con el reparto de tareas, es quien se ha dedicado ‘a traer el dinero a casa’, es decir, a trabajar fuera del hogar. Las mujeres que cumplían en momentos anteriores de su vida con la función de gestionar la casa, cocinar, limpiar… siguen haciéndolo pasados los 65, los 67, y en general hasta que la reducción de capacidades es tal que el acometimiento de estas funciones se hace inviable.
En vista de las alteraciones que sufre el ser humano de forma paulatina con el paso de los años, pero de forma más aguda a partir de los 65, cabría preguntarse si éste está en condiciones de seguir desarrollando su actividad laboral durante el tiempo que sea menester según la ley en cuestión para lograr el 100% de sus posibles ingresos cara a la jubilación, o si por el contrario sería preferible suspenderla, o al menos, reducirla en tiempo y/o esfuerzo para preservar el bienestar físico y mental de sus últimos años de vida.
Por otro lado, vemos como la suspensión de la actividad física y/o mental, conlleva serias consecuencias que, en resumidas cuentas, no solo favorecen la aparición de la enfermedad en el anciano, sino también la baja autoestima, la depresión… y en una palabra, la infelicidad.
En cualquier caso, no podemos conocer con exactitud la esperanza de vida de los seres humanos dentro de algunas décadas, ni tampoco si habremos conseguido reducir o retrasar la incidencia de estos factores que sin duda, mal que nos pese, disminuyen nuestras capacidades, en el mejor de los casos, de forma paulatina. Hasta el 2027 la reforma no será introducida por completo, para entonces, posiblemente, nuestra realidad será otra, tanto en referencia a la crisis económica que ha precipitado estas medidas, como a nuestra esperanza de vida y niveles de salud a una edad avanzada.
Mientras el futuro se hace presente, solo para variar, dejemos por un momento de lado las necesidades económicas para ver las personales, cómo envejecer de forma digna, sin abandonar nuestra vida activa, pero respetando los procesos inexorables del paso del tiempo.

Bibliografía:
ATS/DUE del Servicio Riojano de Salud. Vol 2; EDITORIAL MAD, Sevilla, 2005





