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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

Mohamed Bouazizi, la mecha que encendió Túnez

 

Como un reguero de pólvora manifestaciones espontáneas recorren varios países árabes desde el pasado mes de diciembre, un rápido e incontrolable efecto dominó cuya primera ficha ha caído en Túnez y ahora se extiende por Egipto, Jordania, Argelia o Yemen, entre otros. Hosni Mubarak, octogenario mandatario egipcio, podría ser el siguiente tras varios días de insistente e implacable protesta social en las principales ciudades egipcias. Ni la presencia del Ejército ni los tímidos retoques estético-políticos aplacan la ira de una población harta de vivir en la pobreza entre los excesos y excentricidades de sus gobernantes y la parafernalia que les rodea. Así las cosas miles de opositores plantan cara ante unos regímenes que contemplan atónitos una revuelta imparable que pretende poner fin a décadas de desgobiernos y desmanes. Las masas anónimas parecen estar ganando el pulso en las calles, en sus calles, desoyendo las amenazas y exigiendo reformas democráticas, libertad y respeto a los derechos humanos.

Todo comenzó en Túnez. La gota que colmó el vaso de la paciencia de los tunecinos tiene fecha, nombre y apellidos, una historia que bien podría ser la de cualquier otro joven en cualquier otra ciudad media donde viven miles de estudiantes universitarios sin un futuro prometedor, sabedores de que les espera más de lo mismo: un porvenir sin esperanzas ni opciones alternativas. Hasta ahora sólo quedaba, en apariencia, la resignación, la misma que han mamado desde pequeños en sus casas y con la que han aprendido a vivir las generaciones anteriores.

Ese nombre, que no se olvidará, es el del joven de 26 años Mohamed Bouazizi. En paro a pesar de su diplomatura y sin opciones de encontrar un empleo en un país donde muchos tunecinos de su generación malviven de la venta ambulante y deambulan sin rumbo fijo por las desvencijadas calles y avenidas de ciudades que se mantienen en pie por el mero hecho de subsistir por y para el turista.

Bouazizi quizá contempló más de una vez desde la zona alta de la ciudad de Sidi Bouzid anhelando un sueño que él no llegó a cumplir, pero al que ahora sus compatriotas están empezando a dar forma. Bouazizi se inmoló el 17 de diciembre cuando agentes tunecinos le confiscaron su puesto de venta ambulante de fruta. Ese mismo día por la tarde estalló la revuelta en la ciudad de Bouzid, en las que incluso a veces se respira hasta un cierto aire europeo. Bouazizi perdió la vida el 5 de enero por la gravedad de las heridas que le causó su acto de protesta. No quedó en vano. Él fue y ha sido la mecha que ha dado pie a una revolución democrática con consecuencias en todo Oriente Medio.

Miles de ciudadanos, ya no sólo jóvenes, se vieron reflejados en el acto salvaje sí, pero también desesperado de Mohamed Bouazizi, que despertó del letargo dictatorial a los tunecinos, una ira también con nombre y apellidos: Ben Ali y su familia, en especial su esposa, la más temida del régimen tunecino y de la que se decía que ha sido hasta el momento de la huída por la puerta de atrás la artífice de todos los desmanes del país ante un marido débil y fácilmente manipulable por un carácter antojadizo y fuerte como el de su esposa. Fanática de la opulencia sin fin e inspiradora de Ben Ali tejió los hilos de la dictadura y de la economía de un clan hasta el punto de que controlaban y eran propietarios de buena parte del sector financiero del país (suya era la Banca Tunecina) y de un gran número de sociedades que han controlado desde los medios de comunicación más influyentes hasta la gestión de las infraestructuras. No en vano, los Ben Ali abandonaron Túnez saqueándolo todo. No se fueron con las manos vacías: una tonelada y media de oro, más de sesenta millones de dólares y todo sus negocios bien atados.

Desde el pasado 17 de diciembre las manifestaciones, que las autoridades pensaron esporádicas, comenzaron a extenderse por otras ciudades tunecinas de norte a sur del país. A las protestas que iniciaron los jóvenes se fueron sumando el resto de colectivos sociales. La policía tunecina recibió órdenes de mano dura del régimen de Ben Ali. Enfrentados a la población el día de Nochebuena murieron los dos primeros manifestantes en Menzel Bouzayane a causa de los disparos de un agente, un acto contra la libertad de expresión que la población de Túnez no perdonó sentenciando y dejando tocada de muerte a la rancia dictadura familiar de los Ben Ali. Dicho sea de paso la población tunecina siente con orgullo y lleva grabado a fuego en su memoria colectiva su proceso de independencia obtenida en el año 1957 y al que siguieron nueve años más de tutelaje francés. Desde entonces siempre han sido considerados un ejemplo para el resto del Magreb y de los países islámicos, un poso que ahora les ha servido para arrebatar el poder a la tortura de Ben Ali y sus aliados.

Hasta el cambio de año las protestas empiezan a sucederse sin control y la dictadura comienza a tambalearse. Internet se suma a las protestas y las redes sociales sirven de base de operaciones para todas los actos de encuentro y protesta en las ciudades tunecinas. Además el grupo Hackers Anonymous comienza la "Operación Túnez" y colapsa bloqueando todas las webs del Gobierno del país. Sucede el 2 de enero con la revuelta social y popular en plena efervescencia. Dos días después tendría lugar una jornada de huelga general en protesta por la represión de la familia Ben Ali, la ausencia de condena por la muerte de los dos jóvenes tiroteados en Menzel Bouzayane y con la mente puesta en el recuerdo de Bouazizi, convertido en el símbolo a la transición, la insignia del cambio. Pero para sorpresa de los tunecinos el pulso echado a las autoridades iba a ser duro porque el Gobierno de Ben Ali inició una maniobra represora como única salida a su supervivencia para aplacar la rabia ya  incontenida del pueblo de Túnez.  Es el 7 de enero cuando incluso se detiene a decenas de periodistas y se dan por desaparecidos a otra decena de activistas que se unen a la causa tunecina. A estas alturas las webs de información internacionales y los portales de los periódicos más importantes del mundo occidental se hacen eco minuto a minuto de una revuelta que ha sumido al país del Magreb en un situación de descontrol y desgobierno.

Tanto es así que en este orden cronológico y con los tunecinos ya dispuestos a llegar hasta el final (y los países árabes vecinos sin dar crédito a la "sublevación) se celebra otra huelga general convertida en el reguero de sangre de este mes de transición. El sindicato UGTT es el que llama a la protesta. La policía nuevamente recibe órdenes de los Ben Ali de aplacar la revuelta cueste lo que les cueste: mueren seis manifestantes y otros seis resultan heridos en Tala. Se suman a otros tres muertos por enfrentamientos directos con la policía en la región de Kasserine. Con el inconfundible sello de la opresora política de los Ben Ali, estos no confirman muertos y maquillan los datos de las revueltas pero la presión social es tan grande que finalmente el presidente tunecino es obligado a dar la cara. Lo que queda claro ya a estas alturas del movimiento popular es que sus palabras iban a caer en saco roto. No quieren a la familia del saqueo económico y político en el país. Ben Ali intenta salvar los muebles en un discurso televisado a la Nación, a la que llama a calmar los ánimos para recuperar un estado de normalidad. Para ello recurre a la piedra de toque y epicentro del estallido tunecino: el paro. Promete sin explicar ni cómo ni cuándo creará 300.000 puestos de trabajo para los jóvenes. No aplaca los ánimos encendidos y se les exigen más explicaciones, que de una u otra forma iban a caer en saco rato. Habla, por fin de cifras de muertos: 18 frente al medio centenar que exponen los sindicatos convocantes de las huelgas.

Sin solución de continuidad, a 12 de enero, con los muertos sobre la mesa con explicaciones que se las lleva el viento y el pueblo tunecino envalentonado en las calles de la capital y del resto de grandes ciudades, día y noche, a Ben Ali no le queda otra que convocar el toque de queda del que se hace caso omiso. Por otra parte, el principal responsable de la seguridad y el orden ciudadano, el ministro de Interior, Rafik Belhaj Kacem, es destituido por el primer ministro que anuncia la liberación de algunos detenidos. Túnez desoye de nuevo las medidas y las explicaciones vanas, tardías y desesperadas de un gabinete descompuesto y con las maletas a medio hacer. Tanto es así que ya el 13 de enero Ben Ali anuncia que en 2014 abandonará su cargo presidencial. Su nuevo discurso se vuelve en contra suya y los pocos tunecinos que quedaban en sus casas se unen al resto en una marea imparable y ya incontrolable para las fuerzas de seguridad, desbordadas en un mano a mano que vuelva a teñir de sangre las calles: 13 muertos más a la lista de la insurrección contra Ben Ali.

Como fichas de dominó, haciendo recuento, cae el Titular de Interior y ahora con más víctimas en el haber del primer ministro Ghannouchi, éste dimite. Como rige y dicta la Constitución no queda alternativa. El nuevo Gobierno lo va a encabezar el Jefe del Parlamento, Fuad Mebaza, forzado por el Texto a convocar elecciones en 60 días. Además libera al resto de detenidos por la revuelta social. Desde Cartago hasta la ciudad sureña de Tataouine la ola de cambio es imparable con las fuerzas de seguridad ya del lado del Pueblo. La tarde del viernes 14 de enero, el avión del dictador tras saquear las arcas del país y con todo el séquito despótico pone pies en polvorosa. Inicia un periplo que le lleva a sobrevolar sin rumbo fijo cielo europeo hasta que, tras las negativas no todas confirmadas, de algunos países, termina finalmente su exilio en Arabia Saudí. Punto final a 23 años de saqueo y lágrimas de alegría entre millones de tunecinos consciente seguramente de la magnitud de la revolución que han iniciado.

Un joven diplomado en paro, 40 días de revuelta popular, decenas de muertos por la libertad, la fuerza de las redes sociales, la descomposición de un sistema social y político que culmina en un proceso revolucionario: la revolución de los jazmines, una nueva Historia.