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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

Tan sutil como efectivo

 

Le llaman diseño pero es más que eso. Atrás quedaron los bancos de madera de siempre repartidos por calles y parques de nuestras ciudades. Hoy, incómodos asientos metálicos, de piedra… se erigen orgullosos como iconos de la modernidad de las administraciones municipales. ‘El lavado de cara’ no escapa a la percepción de nadie. La sutil reestructuración del paisaje humano que subyace al mismo, quizá un poco más.

El fenómeno del ‘sinhogarismo’ puede considerarse uno de los paradigmas de la exclusión social de nuestros días. Las personas sin hogar, son aquellas que, debido generalmente a una serie de experiencias traumáticas en un espacio relativamente corto de tiempo -pérdida del empleo, de residencia, de pareja, enfermedad, entre otros- llegan a una situación límite por la que, una vez fuera de su red social, sufren importantes trabas para volver a entrar.

Según datos de la  Encuesta sobre las personas sin hogar (EPSH 2005) realizada en 2005 por el Instituto Nacional de Estadística, en España viven 21.900 personas en esta situación. Atendiendo a los datos recabados por la Organización Acción en Red de Madrid, la cifra asciende a las 30.000 personas.  tres mil si nos referimos a Madrid. De ellas, más de seiscientas viven en las calles de la ciudad, es decir, por un motivo u otro no acceden a los recursos municipales dispuestos a tal uso. En Barcelona hay 1.798 personas sin hogar, según el estudio ‘Una investigación social y ciudadana sobre las personas sin techo, ¿Quién vive en la calle?’, realizado en 2008 por la Obra Social Caixa Catalunya. En el mismo año, según el Equipo Interinstitucional de Trabajo con las Personas sin Hogar de Valencia, 1.118 personas fueron atendidas por las entidades que conforman dicho equipo. La Coordinadora de Centros y Servicios para Personas sin Hogar en la ciudad de Zaragoza, informa de que en 2009, vivían 400 personas sin hogar en dicha ciudad, 130 de las cuales lo hacían en cajeros, marquesinas o en la calle.

Como podemos observar, éste es un fenómeno que no se centra en una zona determinada del país. Afecta a todas las ciudades españolas, en mayor o menor grado,  especialmente a las que tienen una mayor población. Las siscientas personas en Madrid o cuatrocientas en Zaragoza que no acceden a los plazas de los albergues municipales para personas sin hogar, son las que sufren de forma más directa este revelador afán de hacer invisibles ciertas realidades que vienen a contradecir -y por ello a incomodar- a todos lo que piensan, o quieren pensar, que al fin se ha alcanzado de forma generalizada ese deseado status que nos viene supuestamente dado por el Estado del Bienestar.

El entender el Estado del Bienestar, no sólo como una situación a nivel estatal caracterizada por un reparto justo de la riqueza, el empleo y los servicios básicos como la salud y la educación, sino también como uno de los mayores logros de las sociedades europeas, nos crea la necesidad de habitar en un entorno que no contradiga estas creencias. Sin embargo, como hemos visto, las cifras nos recuerdan que el reto no está totalmente conseguido. Y las cifras pueden pasar desapercibidas para la mayoría, pero no las personas que queramos o no, nos encontramos en nuestras calles.

En el Blog ‘Indigencia. Historias reales de la vida diaria de los indigentes en Madrid’ (19 de enero de 2007), en referencia al lema promocional del Ayuntamiento de Madrid, ‘Madrid limpio, es capital’ leíamos la siguiente afirmación: “poco a poco el Ayuntamiento está consiguiendo desplazar fuera del centro de la ciudad esa basura humana que tanto ensucia y afea el paisaje urbano’.  Más claro, imposible. El centro urbano, ejerce a menudo como insignia del resto de la ciudad, y es donde más se vuelcan, en general, los esfuerzos por conseguir ‘limpieza’ y una buena imagen. Sin embargo, según los datos extraídos tras el IV Recuento nocturno de personas sin hogar realizado el 24 de febrero de 2010, organizado por el Foro Técnico sobre Personas sin Hogar de Madrid, de las 596 personas en esta situación identificadas por los voluntarios que realizaron el recuento, 112 se encontraban en el Distrito Centro, es decir, un 21,1% del total. En la misma línea, y según el estudio ‘Una investigación social y ciudadana sobre las personas sin techo, ¿Quién vive en la calle?’, 168, es decir el 26,5% de las personas sin hogar de Barcelona, vive en el Distrito Eixample, situado en el centro de la ciudad. El 23,8%, 151 personas, lo hace en el Distrito de Ciutat Vella, el centro histórico de Barcelona. Llegados a este punto, nos topamos con lo que se ha dado en llamar gentrificación (del término inglés gentry, aburguesamiento).

Aplicado al fenómeno que ahora nos ocupa, vemos que el término gentrificación se refiere a los diversos cambios  o mejora sustancial de la imagen de las ciudades–con la correspondiente revalorización de suelo y edificios- sufridos por algunas zonas, especialmente las situadas en el casco histórico de las ciudades, en las que han pasado a instalarse habitantes de clase media-alta, en sustitución de los que anteriormente vivían en ellas.  Uno de los pasos para llegar al final de este proceso, es desde luego la expulsión de las personas sin hogar de dichas zonas. Y así, acompañando a otro tipo de políticas, aparece la sutil y efectiva remodelación del mobiliario urbano.

A la práctica, esta necesidad de limpieza, de renovación, de reestructuración de los centros urbanos, se traduce en modernos diseños de bancos, suelos, paradas de autobús, que inevitablemente inducen a ciertos comportamientos en los habitantes de la zona. Las plazas y calles tienden a transformarse en lugares poco acogedores, excesivamente diáfanos. Se evitan los recovecos, las sombras, cualquier zona que por su diseño, pueda inducir a alguien a permanecer oculto, a quedarse.

Llama la atención el rediseño de los asientos. Además de disminuir en número, lo que no favorece que las personas disfruten de la calle como lugar en el que pasar ciertos momentos de ocio, han cambiado de aspecto. Antes los bancos de las calles casi te obligaban a compartir asiento, actualmente, se colocan apoyabrazos metálicos que subdividen el espacio en dos partes o incluso se instalan asientos individuales.

Para alguien que pasea, puede no significar gran cosa. Para una persona sin hogar, significa un sitio menos donde dormir. Lo mismo ocurre con las sombras de los parques en verano, que tienden a desaparecer, así como el material con el que suele pavimentarse el suelo. En lugar de mantener las zonas verdes, se tiende a priorizar el uso del cemento, que hace del lugar una zona fría en invierno y excesivamente calurosa en verano.

A pesar de las sutilezas, una de las pretensiones de estas remodelaciones cada más habituales sobre todo en las grandes urbes, es tratar de alejar a las personas que viven en la calle, de las zonas más representativas y concurridas de la ciudad. En este sentido, deberíamos preguntarnos qué falla en este modelo de sociedad, que no sólo permite que existan grietas en el tan valorado Estado del Bienestar, sino que cierra los ojos a estos puntos oscuros del sistema.