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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

El silencioso país de Gallaudet

 

 

Samuel Gridly Howe llevó una de esas vidas que a casi todos nos parecen azarosas, que despiertan también en muchos de nosotros cierta envidia, sana y retroactiva. De carácter indómito, ferviente abolicionista, este romántico y polifacético estadounidense combatió junto a los griegos para expulsar a los turcos de la península Helénica y comió el rancho presidiario en Berlín al ser descubierto cuando ayudaba a los refugiados polacos en Prusia. Con la misma pasión, que le insufló la lectura de Lord Byron, se dedicó por entero al proyecto de establecer la primera escuela para ciegos de Estados Unidos, que abrió sus aulas en torno a 1830. Al cabo de algunas décadas, allí se fabricó la máquina Perkins, la más utilizada para la escritura en sistema Braille, hasta que aparecieron los primeros dispositivos electrónicos con chips de memoria y voces sintéticas.

Howe fue la versión más épica y dramática de aquél filantrópico y pequeño batallón de las causas aparentemente perdidas al que se debe la puesta en marcha, entre los siglos XVIII y XX, de diversos centros de educación especial para discapacitados en todo el mundo. La institucionalización de las personas con minusvalías fue quizás la alternativa menos mala en ese momento. Y el primer paso hacia la educación integrada.

Alice miraba con desconsuelo cómo se divertían los niños de Hartford, donde vivía con su familia. Era retraída, no se atrevía a participar en los juegos.

La actitud reservada de la pequeña, su apariencia tristona, removieron la curiosidad de Thomas Hopkins Gallaudet, un joven hasta entonces deseoso de convertirse en pastor evangélico, que solía pasar sus vacaciones en Hartford, capital del estado de Connecticut.

Un trozo de papel, un lápiz y un sombrero; estas fueron las herramientas que Gallaudet utilizó en la primera clase que dio a un niño sordo, tarea a la que se dedicó durante el resto de su vida.

Desde 1864, la única universidad del mundo especializada en la enseñanza superior de personas con dificultades auditivas, lleva el nombre de quien introdujo el lenguaje de signos en los Estados Unidos.

Alberga a una media de dos mil alumnos por cada curso académico. Se pueden cursar cuarenta carreras, así que la enseñanza es personalizada, en la mayoría de los casos. Las lecciones se imparten todas en lenguaje de signos, por supuesto. Precisamente el desarrollo y la difusión de este idioma, en su variante norteamericana, ha sido una de las misiones fundacionales de la institución, que tiene su sede a poca distancia del Capitolio, en Washington D.C. De hecho, es la lengua oficial en todas las instalaciones de Gallaudet, relegando al inglés a un segundo plano.

Al consolidarse como el centro de referencia mundial en los estudios superiores de la población sorda, sus alumnos fueron desarrollando un sentimiento de identidad muy intenso, que fue una reacción del sector más militante, fomentado también por el ambiente académico y político que se respira en la universidad.

Impulsados por la pertenencia a la comunidad de los no oyentes, los alumnos forzaron un cambio en los estatutos del centro, de tal forma que, desde 1988, el presidente de Gallaudet tiene que ser sordo, por imperativo legal. Además, se estableció una cuota máxima para los oyentes en los cuadros directivos de la institución, fijada desde entonces en el cuarenta y nueve por ciento. La campaña, que llevó a los estudiantes a manifestarse a las puertas del Congreso, se lanzó con el eslogan “Deaf President Now” (“presidente sordo ya”) es aún muy recordada en el campus, y constituye, sostienen los alumnos y profesores de Gallaudet, el momento de mayor unión en la comunidad sorda que ha crecido en la universidad. Y permitió difundir, añaden, las habilidades de las personas con problemas auditivos.

Las dificultades de comunicación con su comunidad, el rechazo que muchos experimentan ante las disfunciones físicas o sensoriales, reforzaron esa otredad, esa sensación de saberse aislados y diferentes, que en Gallaudet se asume y se defiende. Los activistas la transformaron en un encendido orgullo identitario, como se pudo comprobar durante las protestas por un presidente sordo.

En los pasillos de Gallaudet nació la idea de la cultura sorda, a la que se aferran quienes no están dispuestos a que el hecho diferencial de no poder oír se diluya en la era de las nuevas tecnologías. La defensa que hacen los activistas de la cultura sorda ha llegado a casos extremos, como los protagonizados por parejas que han recurrido a la selección genética artificial para que sus hijos sean también sordos.

Todos los discapacitados desarrollamos nuestras estrategias en la porfía por hacernos con nuestro entorno. Reconocemos e interactuamos con las personas y objetos que nos rodean a partir de la educación que recibimos, del apoyo que nos brinda la familia y de muchas otras vivencias que nos van formando con el tiempo. Muchas de estas experiencias son compartidas con quienes tienen nuestra misma limitación funcional, y otras no.

La comunidad sorda de Gallaudet hace bien en defender ese patrimonio vital, y en mostrarlo con orgullo a todo el país.

Defenderemos siempre la plena integración de los discapacitados en la sociedad, en todos los ámbitos y en cualquier circunstancia.

Pero el aislamiento premeditado y consciente, que en los activistas sordos tiene como rasgo característico rechazar todo aprendizaje del lenguaje hablado, o los implantes cocleares, es una opción vital. Respetable, en tanto no imponga obligaciones a terceros, en particular a los contribuyentes. Y siempre que no se caiga en un victimismo injustificado, como el que llevó a algunos profesores de Gallaudet a asegurar que la explotación sufrida por los sordos era comparable a la que padecieron los pueblos colonizados.

Sin embargo, hay muchos peligros en la construcción identitaria que proponen en las aulas de Gallaudet. En principio, nos parece algo forzada y esconde demasiadas motivaciones políticas que se inscriben dentro del sector más antisistema de los discapacitados americanos. Ni siquiera la unidad exhibida en los momentos del Deaf President Now es real.

Hace algunos años hubo amenazas a los alumnos homosexuales. El cierre de la universidad en 2001, tras dos macabros asesinatos, supuso también una convulsión en la comunidad.

Una cosa es que los afectados por una misma discapacidad utilicemos los mismos recursos para relacionarnos, y otra, pretender que la sordera sea la única característica que defina a la persona. En mi opinión, el uso de los medios y herramientas en los que nos apoyamos tiene más sentido en la lucha diaria por vencer las dificultades que nos encontramos en nuestra carrera profesional o en nuestra vida cotidiana.

Ephata, que en arameo significa “abrirse” es el lema que preside las enseñanzas de la única universidad para sordos del mundo. Sus responsables no deberían olvidarlo, huyendo por tanto de la formulación de teorías que desacreditan su actividad académica y poniendo un poco de mesura en el orgullo del que hacen gala sus alumnos.

Qué mejor forma de honrar la memoria de personas como Samuel Gridley Howe o el propio Thomas Hopkins Gallaudet, que dieron lo mejor de sí mismos por que estos centros pudieran funcionar como motor de la integración social de los discapacitados norteamericanos.