Inmigración, ciudadanía y espacio público
Las voces y las palabras abren las zonas oscuras, silenciosas, y prohibidas. Zonas de fracturas y rupturas donde el emigrante, preso de su espacio de origen y agredido por un paisaje que le corta la palabra y le impide actuar, no se mueve, sólo mira y todo pasa en su cabeza y a su alrededor. Con sus voces los emigrantes intentan ir más allá de un cruce de miradas...
Kebir Sabar
La expansión de los procesos de globalización y urbanización en el mundo va unida a cambios profundos en la economía, los sistemas de información y comunicación y también en las relaciones entre las personas. Uno de los grandes retos, entre muchos otros, asociados a la globalización es, sin duda, el de las migraciones internacionales y la gestión urbanística de las ciudades para lograr detener el crecimiento constante de la brecha divisoria entre poseedores y desposeídos a escala mundial.
A menudo se produce una criminalización por parte de la población autóctona de las personas inmigrantes que hacen uso del espacio público y a su vez, este hecho se utiliza frecuentemente como “argumento” para esgrimir razonamientos eminentemente xenófobos. Un estudio realizado sobre el uso del espacio público en el barrio barcelonés del Raval y en el barrio periférico Ca n’Anglada de Terrassa hace notoria la distancia existente entre la riqueza sociocultural aportada por los inmigrantes radicados en ambas ciudades y la escasa interacción que se produce entre éstos y la población autóctona que en muchos casos opina que el uso que los inmigrantes hacen del espacio público resulta excluyente y provoca una pérdida de la identidad tradicional de los barrios anteriormente mencionados[1]
Según el antropólogo Mikel Aramburu, se puede afirmar que existen “diferencias relativamente fundamentadas sobre el uso del espacio público entre Catalunya y la mayoría de países de los que proceden los inmigrantes. Se puede decir que en estos países el uso del espacio público está «políticamente restringido» y, a la vez, «socialmente abierto». Por una parte, el uso del espacio público para hacer manifestaciones políticas está más restringido, pero, al mismo tiempo, se lleva a cabo un uso social más abierto y flexible. Si dejamos a un lado los usos políticos de la calle y nos centramos en los usos sociales, el Estado (la administración local) se muestra menos intervencionista. Es decir, los usos de las calles y plazas por parte de la gente no están tan regulados por el ayuntamiento como aquí. Se puede organizar una celebración familiar en la calle (una boda o un funeral, por ejemplo) sin pedir permiso. En general hay una autorregulación social de la participación en el espacio público, autorregulación que se construye a partir del principio de una mayor tolerancia frente a las apropiaciones del espacio público. La gente se puede apropiar durante un rato del espacio público (organizar una fiesta, poner la música alta, etc.) porque existe una relativa tolerancia. En cambio, en los países europeos existe una mayor intolerancia frente a estos usos privados y, podríamos decir, «invasivos» del espacio público, aunque sean efímeros. En Europa, la presión para que el poder público regule los usos del espacio público es mucho mayor”[2].
En una entrevista hecha para el Pla Barcelona Interculturalitat, Aramburu añadió lo siguiente: “Nadie se escandaliza al ver en un espacio público a un grupo de personas mayores -sólo de personas mayores- jugando a la petanca. Pero si esa misma concentración es de pakistaníes, nos choca más y empezamos a oír comentarios del tipo «sólo se relacionan entre ellos», «son cerrados», «no se abren», etc.”
Este uso dispar de la calle a menudo provoca conflictos entre la población autóctona e inmigrada. El choque cultural genera reacciones de rechazo que se ven agravadas cuando además entra en juego el factor de la edad: “El comportamiento de los jóvenes en los espacios públicos asusta a los adultos y, sobre todo, a las personas mayores, que pueden sentirse incomodadas por los hábitos de sociabilidad de los jóvenes. En muchos barrios de inmigración (sobre todo en los cascos antiguos, pero, de manera creciente, también en los barrios periféricos) convive una población autóctona envejecida con una población inmigrada joven, con pocos contactos personales entre ellos”[3].
Las estructuras sociales, actualmente, son insuficientes a la hora de integrar, cohesionar y gestionar la diversidad que convive en el día a día con la desigualdad, lo cual potencia la idea de conflictividad que tanto arraigo está tomando en la sociedad. Aunque cabe mencionar también que en muchas ocasiones el conflicto se sustituye por la evitación directa de los lugares identificados con inmigrantes independientemente de los comportamientos de éstos, lo cual no deja de ser también una expresión de rechazo xenófobo y un fortalecimiento de la segregación y la estigmatización.
Lo que la ciudad como unidad urbanística compleja por excelencia debería promover sin excluir a nadie es, sin duda, el cosmopolitismo entendido como visión universalista de la humanidad y como ampliación del sentido estoico del término y el ejercicio de una ciudadanía que garantice la igualdad de derechos y deberes.
Es importante ser visto por los otros y para ello se hace necesaria una apuesta real por ese cosmopolitismo, por una mixtura social en la que diferentes culturas y diferentes clases sociales convivan y se ayuden unas a otras ante esa mezcla.
[1] DÍAZ, Fabià. et al. “Ciudad e inmigración: uso y apropiación del espacio público en Barcelona”. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2006. Pág. 404.
[2] ARAMBURU, Mikel. “Inmigración y uso del espacio público”. Barcelona: Metròpolis (Revista d’informació i pensament urbà), 2005. Pág. 36 y 37.
[3] Ibídem. Pág. 39.





