Acceso efectivo a las TIC de las personas con discapacidad intelectual
Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) se han convertido en los últimos años en una de las piezas fundamentales de todo plan educativo que se precie integrándose en las escuelas desde los primeros grados, incluyéndose en los temarios de formación para el empleo... Además, han extendido sus tentáculos más allá del mundo formativo y laboral para llegar al ocio, para integrarse en la telefonía móvil, en el los medios de comunicación, en los transportes, las compras, los diarios, el cine, la música... en definitiva, han llegado a convertirse casi en una duplicación de la realidad contenida entre los cuatro lados de la pantalla del ordenador personal.
Una de las consecuencias más relevantes de la ‘intromisión’ de las TIC en los ámbitos más diversos de nuestra realidad es la llamada brecha tecnológica, la distancia entre los grupos con capacidad y formación suficiente para acceder a estos recursos y los grupos que carecen de ellas. La también llamada exclusión tecnológica afecta, además de a las personas con discapacidad intelectual, a la población de mayor edad, la población rural, y en general a los estratos de la sociedad con menor nivel formativo.
Actualmente, para paliar este problema, y volviendo al caso específico de las personas con discapacidad, desde los propios centros de educación especial, los centros ocupacionales y de día, así como desde los planes de integración de ayuntamientos, comunidades autónomas, etc. se prioriza la facilitación del acceso a las TIC de este colectivo. Se impulsa la difusión de conocimiento tecnológico como medio no solo de impedir la exclusión, sino de tratar de conseguir que las TIC lleguen a suponer un empuje a la autonomía de la persona con discapacidad, ampliando sus recursos para estar informadas y comunicadas.
La planificación de cursos formativos acerca del tema que nos ocupa plantea sin embargo dos problemas de base que pueden dar al traste con los objetivos de los mismos y a los que no siempre se tiene lo suficientemente en cuenta: los elementos externos de adaptación en ocasiones necesarios para conseguir un acceso efectivo a las TIC cuando a la persona con discapacidad intelectual le acompaña una discapacidad física y el bajo nivel educativo con el que a menudo las personas con discapacidad se enfrentan a su primer contacto con las TIC.
La primera problemática a la que nos referimos podrá ir solventándose con el avance de la investigación y con el aporte económico suficiente para equipar aquellas aulas que así lo requieran. Aunque éste es un campo en desarrollo y quedan necesidades por cubrir, ya hay mucho camino recorrido. Las aulas donde desarrollar las formaciones en materia tecnológica pueden contar, en caso de resultar necesario, con versiones adaptadas del ratón, carcasas de metacrilato para el teclado, fijadores que lo adhieran a la mesa, etc.
Una vez en Internet, las personas con algún tipo de discapacidad física pueden enfrentarse a diversas dificultades si las Web a las que desean acceder, no están adaptadas. Como en el caso de los dispositivos externos, no todas estas dificultades están solventadas, pero sí es cierto que en los últimos años se han ido desarrollado diferentes soluciones a los distintos requerimientos que ayudan a hacer a las Web más accesibles: variaciones de tamaño y contraste de las letras, lupas digitales que amplían una parte de la información en pantalla, sistema de reconocimiento de voz para las personas con problemas de visión, etc.
El segundo escollo de base al que se ha hecho referencia, la baja cualificación a la que a menudo se enfrentan las personas con discapacidad, especialmente con discapacidad intelectual, es un problema más complicado de solventar. Según los datos de la Encuesta sobre Discapacidad, Autonomía Persona y situación de Dependencia (EDAD-2008) del Instituto Nacional de Estadística, el 11,5% de la población con algún tipo de discapacidad no ha terminado los estudios primarios –frente al 2,1% en el que se encuentra la población en general-. Frente al 24,1% de la población en general que tiene estudios universitarios, encontramos un 10,5% en el caso de las personas con discapacidad. La cuestión de género también adquiere relevancia en este ámbito: el 74,79% de las mujeres con discapacidad no tiene estudios o sólo tiene estudios primarios y vemos que la tasa femenina de analfabetismo (un 6,74%), casi dobla a la tasa masculina (3,66%). Por razones obvias, la brecha en cuestión educativa entre la población en general y las personas con discapacidad intelectual, es superior.
Cuando estos datos se trasladan al aula y se suman a otros factores menos medibles cuantitativamente como la capacidad de comprensión lectora, de concentración, de aptitudes comunicativas… además de las diferencias en el grado de afectación que fácilmente se encontrarán en el mismo grupo de trabajo, vemos que el pleno acceso a las TIC, presentado a menudo como una de las nuevas claves de desarrollo de la autonomía de las personas con discapacidad, no resulta nada fácil. En ocasiones, de hecho, puede no llegar a lograrse pese a las bondades del programa planteado para alcanzar dicho objetivo.
Esta visión de la situación, que puede parecer derrotista, busca en realidad ser más bien realista. Ver con objetividad la situación puede llevarnos a solucionar los problemas que realmente impiden el acceso efectivo de este colectivo a las TIC. La parte positiva de esta realidad es el constante avance que en materia de derechos están logrando las personas con discapacidad y que repercute, poco a poco, en el aumento y la mejora de la calidad de los recursos educativos necesarios para garantizar su acceso a los mismos, desde niños y a lo largo de toda la vida. Difícilmente la persona adulta con discapacidad intelectual que hoy en día se enfrenta por primera vez a un ordenador, se encontrará con las mismas dificultades que una persona que lo haga a la misma edad, habiendo pasado por los actuales itinerarios educativos, dentro de un par de décadas.
Mientras tanto, a la hora de enfrentar el reto educativo de formar a personas con discapacidad intelectual en cuestiones informáticas, resulta recomendable no perder de vista ciertos puntos fundamentales que pueden ayudarnos en esta tarea, empezando, como decíamos, por el mantenimiento de una visión realista de la empresa a la que nos estamos enfrentando. Será de una gran ayuda, además, el establecer grupos reducidos que favorezcan una enseñanza lo más individualizada posible, adaptar el tiempo dedicado a cada tema a las necesidades del alumnado y entre las más importantes, fijar objetivos alcanzables que no frustren la autoestima del alumno.
Estas indicaciones pueden pecar de generalistas ya que en realidad, pueden aplicarse a todo proceso formativo con personas con discapacidad. Sin embargo, hay una cuestión que resulta especialmente relevante cuando lo que tratamos de enseñar está relacionado con la tecnología: para una parte significativa de las personas –sobre todo adultas- con discapacidad intelectual que se enfrentan por primera vez a un curso de este tipo, las TIC son algo muy poco tangible y además totalmente ajeno a su vida. En estos casos, es necesario presentarlas como algo cercano, útil y manejable, a la vez que se refuerza la autoestima y la voluntad del alumno recordándole que él también puede y que una vez que lo consiga, un mundo de nuevas posibilidades se abrirá ante sus ojos.





