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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

Juventud sin tesoro: feminizar el cambio

 

“Los tiempos están cambiando”, profetizaba el cantante y compositor Bob Dylan hace años, y aseguraba que “el que fuera primero ahora, será más tarde el último […], como lo ahora presente, será más tarde pasado”.

Es inexorable a toda sociedad su propia evolución, igual que toda persona nace, crece y termina por quedar en el recuerdo de sus seres queridos. Así, el cambio y el progreso (tanto para bien como para mal), son inherentes a nuestra condición de seres humanos. ¿Y cómo se evoluciona? Según el filósofo y economista John Stuart Mill (Sobre la libertad, 1959), toda evolución conlleva un cambio, un debate y una crisis. Por tanto, ante una crisis (de cualquier tipo), lo primero que hay que hacer es juntar dos ideas o propuestas contrarias (suponiendo que no hay “verdad absoluta”, toda idea contiene algo de “verdad” y algo de “falsedad”), y se deberá coger lo que hay de “verdad” en una afirmación y juntar con lo que hay de “verdad” en la otra, desechando lo que haya de “falsedad” en ambas. Al final, tras el debate, surgirá una nueva idea mejorada, siempre imperfecta, pero menos mala que sus dos anteriores, para así acercarnos a un utópico estado de perfección.

Nuestra sociedad está cambiado, fruto de la evolución y de la supuesta búsqueda de la perfección que ésta conlleva. Lo que parece que se ha olvidado en dicha evolución es qué tienen o pueden hacer los/as jóvenes. Actualmente, parece como si el mundo estuviera hecho tan sólo para gente mayor (con “amor y trabajo”) y para los niños y niñas (la infancia, con su promesa de una adultez futura y sus juegos ingenuos que sirven para aprender a “ser mayor” en un futuro aún lejano). ¿Pero y los/as jóvenes? ¿Y esas personas que pasan de la edad escolar, que ya pueden conducir y viajar, pero no son capaces de vivir independizados/as y ser autosuficientes? El mundo no está hecho para ellos/as, se ha olvidado de los jóvenes, y aún en mayor medida, de las jóvenes.

Como bien explica el doctor en Sociología Enrique Gil Calvo (Máscaras masculinas. Héroes, patriarcas y monstruos, 2006), nuestra tradición cultural establecía que para que un hombre dejara de ser un niño (un proyecto de hombre, lleno de sueños e ilusiones), y se convirtiera en un adulto, debía conseguir un puesto de trabajo (estatus social) y formar una familia (ser el patriarca). Sin embargo, la realización de la mujer ha estado anudada tradicionalmente a la consecución de un buen matrimonio (disfrutar de un estatus social por deferencia del conseguido por su marido) y tener descendencia (función de madre/esposa). Actualmente este panorama ha cambiado en diversos puntos, algunos gracias a ciertos progresos culturales y sociales (movimiento feminista, conquista de derechos, etc.), y otros por motivos más puramente económicos y estructurales:

  • Los/as jóvenes tienen cada vez más difícil el acceso a un puesto de trabajo de calidad. En los años que nos preceden se ha visto claramente como para obtener prestigio social (sinónimo de “dinero y trabajo”) no hacía falta estudiar ni prepararse en exceso, sino más bien contar con un buen contacto, normalmente traído a colación por el padre de familia, que conseguía “colocar” al hijo en la empresa del vecino (Bordieu, P.: La distinción. Bases y criterios sociales del gusto, 1988). Esta estructura ha fallado, pues el patriarca de la familia ya no es la única fuente de poder en la sociedad y ahora debe compartir dicho estatus, por lo que su red de contactos no es tan fructífera. Además de que ese tipo de trabajo, para el cual no se requería una formación específica, ha quedado colapsado y ahora es más difícil “colocar” a alguien sin preparación. De esta manera, la juventud queda inmersa en un limbo laboral de trabajos temporales, becas de estudio y realización de posgrados para completar los estudios, alargando así su acceso al mundo laboral “adulto”.
  • La mujer lo tiene doblemente difícil por querer triunfar en un mundo de hombres. El ascenso de la mujer en la estructura social para igualarse al estatus que traía debajo del brazo el hombre por nacer hombre, ha conseguido también que el éxito para las mujeres no quede unívocamente ligado a tener descendencia o disponer de un matrimonio ventajoso. Hoy día la mujer tiene la oportunidad para desarrollarse profesionalmente igual que el hombre, eligiendo en mucho casos entre acceder al mundo laboral o tener descendencia o quedando avocada a su “doble presencia” (presencia en el mercado laboral manteniendo las mismas responsabilidades familiares).
  • Tener familia no es necesario para triunfar, pero sí mantener una relación de pareja. Actualmente, los/as jóvenes adultos/as no tienen entre sus prioridades formar una familia ya que el ritmo de vida en nuestra sociedad ha cambiado: la mujer ha accedido al mundo laboral y no pretende ser únicamente esposa/madre; el éxito personal no está tan unido a la formación de una familia tanto como a la consecución de un buen trabajo; el estilo de vida ha cambiado fomentando el estrés y la valoración de los logros a corto plazo, etc. Por otra parte, sigue habiendo un mito muy presente en nuestra sociedad, el de la “media naranja”, que impele a los/as jóvenes a conseguir pareja, denostando la soltería por representar un fracaso personal.

Con todo ello, la juventud se ha quedado sin su divino tesoro. Se ha bloqueado la emancipación y lo que traía consigo: la autonomía, la autosuficiencia, la realización personal, la independencia, etc. Se podría decir que la minoría de edad se ha alargado y la sociedad no requiere de jóvenes para trabajar ni detentar ningún estatus en la estructura social. La crisis actual ha fomentando el empleo sumergido, las prácticas no remuneradas, el voluntariado, mientras a los/as jóvenes se les impele a especializarse para alcanzar un trabajo que aún no existe. Así, las universidades se han saturado con la consiguiente devaluación de la titulación. Se podría decir que la juventud se ha quedado sin los derechos propios de la ciudadanía, pues no cuenta con un trabajo ni estatus social, no invierte en la sociedad y no recibe ningún beneficio de ésta, no pertenece a ninguna clase social ni tampoco puede elegir qué hacer. Entonces, ¿cómo pasar a la adultez? ¿Cómo evolucionar y progresar de este “envejecimiento de la juventud”?

La solución aún no está escrita, pero sí seguimos la idea de John Stuart Mill deberíamos reflexionar sobre lo que no ha funcionado en este sistema y sobre lo que aportan las críticas que ha recibido. Atendiendo a esta reflexión, podemos ver cómo la estructura social que hemos heredado contiene una serie de mandatos machistas que pueden ser moldeados para añadir alternativas más beneficiosas para todos/as. Por ejemplo, no deberíamos seguir transmitiendo la idea de que el éxito laboral es sinónimo de éxito personal, dentro del cual también están nuestras relaciones con los/as demás, el concepto que tengamos de nosotros/as mismos/as, la autoestima, etc. Todo ello requiere tanto esfuerzo o más que el que necesitamos para conseguir un trabajo de calidad. También, por otro lado, en cuanto a crear una familiar, se trata de un proyecto conjunto en la pareja que debe ser responsabilidad de ambos, considerándolo como una fuente de gratificación que requiere grandes esfuerzos, tanto en el hombre como en la mujer. En definitiva, la juventud actual deberá madurar de un modo diferente a como lo han hecho las generaciones anteriores, y ese camino aún está por ser inventando.