Un jardín de infancia llamado "Resistol". Niños de la calle
El filósofo inglés Thomas Hobbes afirmó, allá por el siglo XVII, que si se quiere estudiar a los hombres no hay que dejar de frecuentar la sociedad de los niños. Si tenemos en cuenta esta consigna, principalmente en el análisis de aquellas sociedades adscritas a naciones menos desarrolladas, caeremos nuevamente en la cuenta de la condición, tanta veces mísera del ser humano. Y es que en muchas regiones -de un mundo altamente globalizado- los niños siguen siendo el último eslabón de la miseria, por tanto, los más indefensos.
Las principales herramientas jurídicas que “garantizan” la protección de los derechos de la infancia son la Declaración Internacional de los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1959, y la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño, celebrada treinta años después en el mismo marco institucional. Ambos documentos evidencian la preocupación general por asegurar la protección y seguridad de este segmento de la población y lograr, de ese modo, su pleno desarrollo físico y mental. Esta es la teoría, como suele ser habitual, más ajustada en los países desarrollados y menos en aquellos más desfavorecidos, donde la realidad colisiona diametralmente con la doctrina internacional.
La Comisión Económica de América Latina y Caribe (CEPAL) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) elaboraron un estudio conjunto que evaluó la situación de este sector en la región entre los años 2008 y 2009. Los resultados obtenidos fueron demoledores: casi 81 millones de infantes en Latinoamérica y el Caribe sufren pobreza infantil, lo que hace que el 45% tenga una privación moderada o grave de sus derechos. Por su parte, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) estima que de los 150 millones de niños que a nivel mundial viven en la calle, unos 40 millones lo hacen en espacio latinoamericano. Estas últimas cifras engloban a aquellos que viven de manera permanente en las vías y que, por consiguiente, han perdido todo vínculo con el ámbito familiar y doméstico, como aquellos otros que deambulan durante el día y por la noche pernoctan en casa de algún familiar.
En este contexto de pobreza, marginalidad social y falta de alternativas, el devenir cotidiano que han de asumir estos jóvenes es demasiado duro y desproporcionado a sus cortos años de vida. Muchos de ellos se ven arrastrados al consumo de inhalantes de uso industrial como única forma de evasión. Estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS) -avalados igualmente por la Fundación Covenant House o Casa Alianza- reflejan que nueve de cada diez niños de la calle en América Latina son adictos a los diluyentes, engrasantes y limpiadores, así como a la gasolina o al pegamento. Por su parte, UNICEF apunta que más de la mitad de los 40 millones de chicos que viven en las arterias urbanas de la región inhala cola industrial, la misma que utilizan los zapateros para fabricar o reparar calzado. Este alto tóxico no puede ser distribuido ni vendido tan fácilmente en Europa o Estados Unidos como lo es en Latinoamérica. Asimismo, es reseñable que los principales fabricantes de esta perjudicial sustancia son dos multinacionales que desde tiempo vienen lucrándose, voluntariamente o no, de los hábitos adquiridos por muchos de estos jóvenes callejeros: la alemana Henkel y la americana H. B. Fuller -siendo conocido el producto fabricado por esta última como “Resistol”-.
En muchos de los conglomerados urbanos latinoamericanos es frecuente el deambular de menores con expresión y ritmo impropios de la infancia. Nariz congestionada, irritaciones y úlceras en el contorno de la boca, ojos rojizos, llorosos y brillantes y movimientos torpes y descompasados -junto con el olor a solventes en la ropa o aliento- delatan la supervivencia de estos. Desposeídos de cualquier identidad son designados con expresiones despectivas asociadas, en algunos casos, a los productos fabricados por las corporaciones anteriormente mencionadas. Así, en Honduras los niños son llamados “resistoleros”, en Colombia “chupa bóxer” o en Venezuela “huelepegas”.
El perfil de estos chicos fármaco-dependientes suele ser recurrente. Doblemente abandonados por el ámbito familiar al que pertenecen y por la sociedad en la que se mueven. Muchos de ellos huyen de la violencia en sus casas y otros se ven obligados a buscar trabajo para contribuir a la economía doméstica o simplemente para sobrevivir. La pérdida parcial o total del vínculo familiar les conduce a vivir en la mendicidad y del raterismo. Esta condición se convierte en argumento legítimo para el comportamiento hostil de una sociedad que tiende a criminalizar e invisibilizar la presencia de estos individuos. Por lo general, suelen estar malnutridos y su desarrollo físico y mental queda comprometido por el aporte de estos componentes químicos. Además, hay que tener en cuenta que la edad de consumo inicial es cada vez más baja, situándose el horizonte en los 8 años.
El uso de estos inhalantes sintéticos tiene por objeto ocultar el hambre, el frío y la soledad. También aliviar la tensión psicológica que padecen. Un intento desesperado de huir, aunque sea por unas horas, de la dura realidad que les envuelve. Igualmente, el consumo de estas sustancias les permite adquirir cierto sentido de pertenencia a un colectivo, ya que muchos de ellos son inducidos, a su vez, por otros menores consumidores pertenecientes a pandillas callejeras, de las que pasarán a formar parte.
El pegamento es consumido porque, con su bajo costo económico y fácil accesibilidad, provoca un estado de embriaguez similar al del alcohol, pero con mayor euforia. Al mismo tiempo, tiene un efecto muy rápido porque enseguida contamina la sangre. Al igual que en el caso del alcohol, la excitación primaria se convierte en desinhibición, con sensaciones de ligereza, euforia y bienestar. Cuando el tiempo de exposición aumenta disminuyen los reflejos, se experimentan mareo y desorientación. En casos de intoxicación severa se producen debilidad muscular, alteración del lenguaje, oscilación involuntaria de los ojos, delirios y ocasionalmente alucinaciones con conductas alteradas que pueden llegar a ser violentas. Algunas horas después de la última inhalación las secuelas más usuales son dolor de cabeza, desorientación o incoordinación muscular.
Tras el devaneo químico pueden venir importantes daños pulmonares, ya que si el adhesivo ingresa directamente al pulmón en su estado líquido lo perfora, o bien del proceso podría resultar la afectación directa del sistema nervioso central, provocando deterioros neurológicos y cognitivos irreversibles. Asimismo, la arritmia o afectación cardiaca que causa esta rutina puede derivar en un paro cardiaco y, por tanto, producir fallo multiorgánico. El último destino de esta práctica puede ser la misma muerte.
La situación entre estos menores se agrava debido a que, en la mayor parte de los casos, carecen de los recursos necesarios para concurrir a los hospitales y solo son atendidos cuando comienzan los síntomas de mayor gravedad ya a que muchos de ellos ni siquiera consideran el consumo de estas sustancias como un elemento nocivo que pone en riesgo sus vidas.
Y es que en este vasto rincón del mundo, a diferencia de en otros, el ritmo vital de un número importante de niños se reduce a una bolsa que inflan y desinflan al compás del movimiento de sus pulmones, ya deteriorados, y no a los usos y costumbres que se suponen inherentes a esta etapa de la vida.





