Morir con las botas puestas
Que 2010 no fue un año fácil para nadie no es a estas alturas de lo que ha llovido y lo que nos hemos mojado un gran titular. Sin embargo, no sólo la crisis económica y financiera que ha sacudido con fuerza nuestros bolsillos y cuentas corrientes es la causa de un año para el olvido. En su haber deja una lista de 97 periodistas fallecidos para quienes sería mejor, o no, pasar página del año que se fue. Y digo o no, porque sabemos (aunque a veces ocurra lo contrario) lo que pasa gracias a su trabajo, a nuestro trabajo.
Una profesora de la carrera, que se jactaba de ser una gran profesional, nos repetía insistentemente en sus anodinas clases, como si quisiera taladrarnos esa idea en nuestras mentes, que “el periodista nace, no se hace”. Y hace ya unos cuantos años de esto; incluso en su momento disentía y su actitud me llegó a parecer incluso prepotente y hasta despectiva con aquellos alumnos que siempre parecían más rezagados o, es justo reconocerlo, no encontraban quien puliera su potencial, como era el caso de la susodicha plumilla. Y es que esto viene a cuento del casi centenar de compañeros que han perdido la vida trabajando, porque a menudo el periodismo es idealizado desde fuera con un cierto aire aventurero, épico y hasta justiciero, pero en verdad es una profesión que (nos) obliga a renunciar y a sacrificar una parte grande e importante de nuestra vida personal y hasta de nuestros sueños. Si bien es cierto, quizás el mayor sueño del periodista, el que nace, es vivir para contarlo. El qué. Todo. Un periodista necesita describir, narrar, crear… tanto como un río morir en la mar. El periodista nace y vive para contar y transmitir con sus palabras, su mirada, sus silencios, sus puntos, sus comas en cada texto y su encuadre en cada imagen lo que está pasando. Con su muerte, el periodista también habla. También es noticia y hace más titular esa noticia... y, desde luego, 2010 no tuvo desperdicio se mire por donde se mire. Hay que verse y sentirse en la piel del periodista que guiado, como así lo sentimos, por la sinrazón y deseo de estar in situ, se coloca acariciando la noticia aún arriesgándolo todo. Son las zonas de conflicto. No hablo solamente de belicismo, hablo de temas escabrosos, de palabras tabú como la trata y asesinato de mujeres en lugares como Ciudad Juárez (México), de cubrirse hasta las cejas de toda la basura política que camufla a la camorra italiana o, mucho más cerca, de destripar los entresijos del terrorismo y denunciarlo públicamente. Siempre he pensado que nos mueve algo más que el valor. Es más, lo que nos mueve no puede ser el valor, porque 2.271 profesionales muertos desde 1.990 son demasiados como para que sea la valentía y ya está lo que empuje al periodista a buscar la veracidad.
Los riesgos y las amenazas son cada vez mayores. Internet y las nuevas tecnologías no sólo han abierto las puertas de esta profesión a cualquiera un poco avispado y ávido de reflejar lo que no todos los ojos saben ver. Nosotros también tenemos más herramientas al alcance para rebuscar y encontrar caminos que nos lleven a la verdad. Y muy mal no debemos de hacerlo, en general, especialmente los profesionales anónimos que son quienes se la juegan.
A la cabeza del ranking de países con mayor riesgo para ejercer el periodismo se encuentra Pakistán. No en vano 31 compañeros de medios de comunicación murieron en 2010 en Asia. La situación tan convulsa que se vive a día de hoy en este continente es una de las principales causas (la complicada situación sociopolítica de Filipinas se llevó por delante la vida de cinco periodistas el años pasado en los seis meses previos a las toma de posesión del presidente Benigno Aquino en junio), pero además la falta de impunidad para quienes asesinan convierte a este país y otros como Afganistán e Irán en unos de los lugares con mayor riesgo de todo el mundo también en estos primeros meses de 2011. En concreto, 16 compañeros fueron asesinados en Pakistán, por delante de países latinoamericanos como Honduras o Méjico, donde llama, y mucho, la atención que puedan haber sido asesinados tantos periodistas en el pasado período. Si nos detenemos a pensarlo estos países pertenecen a una región geopolíticamente hablando más estable que Asia, pero detrás de esta aparente realidad descubrimos que el día a día lo controlan las guerras contra la droga, las mafias y una todavía inestabilidad política que no termina controlarse. A pesar de que en los últimos años algunos países del cono sur de América disfrutan momentos de una relativa bonanza y crecimiento económico, queda mucho por recorrer en el camino a la libertad de expresión y en general de todas las libertades fundamentales. Hurgar en la herida de esta llaga ha sido la primera causa de los asesinatos. Por poner ejemplo, Méjico y Honduras son los siguientes países en la lista negra de los medios de comunicación. No sorprende el primero de ellos con la dramática situación de Ciudad Juárez donde no sólo pierden la vida los periodistas que denuncian, se infiltran e investigan en los crímenes múltiples de mujeres sino también todos los políticos y fuerzas de seguridad que han muerto al proclamar su intención de combatir esta lacra. Los carteles mejicanos operan al modo de las mafias italianas y a menudo se infiltran en todos los órganos de poder para inmunizar cualquier ataque. El golpe de Estado al ex presidente Zelaya es la explicación a los disturbios políticos que han desestabilizado, más, el país. Diez nombres anónimos engordan la lista de periodistas asesinados en tales países.
Los gobiernos tendrían mucho que decir en este goteo de sangre, pero ya sea por miedo o por intereses personales entrelazados con la causa de los problemas y asuntos oscuros que se investigan optan por mirar hacia otro lado. Su connivencia los convierten en cómplices de estas muertes, que no se investigan o se topan con múltiples obstáculos por el camino. Quizás lo que nos resulte más cercano es la muerte del cámara de Telecinco, José Couso. La presión de EEUU sobre España ha forzado a la familia a buscar mil y una alternativas para encontrar, saber y dar a conocer la verdad de su asesinato y que se juzgue a los culpables. Y estamos hablando de España y su sistema judicial. Qué no sucederá en los países mencionados.
El Fondo Internacional de Periodistas es el organismo que se encarga precisamente de confeccionar la lista de profesionales asesinados y, por otro lado, de ayudar a esclarecer qué sucedió, cómo murieron y encontrar y juzgar a los culpables. Pero también es la institución que ayuda a los periodistas que por motivo de su trabajo se han visto obligados al exilio o a enrolarse en una huida constante. El más conocido es el caso del escritor italiano, amenazado de por vida por la mafia, Roberto Saviano. No es el único en Italia. Lo que sucede allí es flagrante (por no mencionar la mordaza de “Il cavaliere” a la prensa): nada menos que 78 periodistas están amenazados por la camorra y necesitan de ayuda para hacer su día a día o malvivir bajo la amenaza del sistema de la mafia. El tronco de un árbol de corrupción muy enraizado y difícil de talar. Colombia y su conflicto con las FARC ha obligado a muchos periodistas a hacer las maletas y emigrar a pesar de que la acción del ex presidente Uribe en los últimos años ha surtido efecto y el número de profesionales asesinados, secuestrados o amenazados ha disminuido drásticamente.
Así que no sólo contamos las muertes de profesionales sino aquellos que por el mero desempeño de su trabajo no pueden llevar una vida normal como cualquier ciudadano de a pie. Es como para dedicarle unos minutos de reflexión: vivir privado de tu libertad por buscar y defender la de los demás.
Sí es verdad que de la cifra de 139 muertos con la que el FIP cerró 2009 se ha descendido a menos de 100, no deja de ser menos alarmante la escasa protección de la que gozan los periodistas y que se ha convertido en lo más preocupante. Basta con echar un vistazo a la ola de cambio en el mundo árabe, donde la prensa no puede ejercer su trabajo con libertad. Libia prohíbe cualquier tipo de difusión de información. Marruecos retuvo y expulsó a periodistas españoles, compañeros de la SER, el pasado mes de noviembre con el conflicto enquistado de El Aaiún. Tanto fue así que el régimen de Rabat prohibió expresamente a través de una orden de Interior del pasado 22 de noviembre la entrada al país de cualquier periodista español ya fuera por motivos profesionales o personales. Difícil rayar más en el absurdo y la paranoia.
Quedan muchos países por mencionar, en especial del sureste asiático como Indonesia, Tailandia, India o Nepal bañados con la sangre de uno o más periodistas en 2010. Un reportero o un fotógrafo o un cámara entienden su vida exponiéndola a lo que sucede ahí fuera. A menudo con sueldos mal pagados en puestos de trabajo poco o nada protegidos viven, que es lo mismo que trabajar en muchos casos, para denunciar y cambiar la situación allá donde estén. Tan culpables y cómplices de su muerte son quienes derraman su sangre in situ como quienes no valoran lo suficiente ni remuneran como se merecen una profesión de riesgo. Tanto valen como noticia sus palabras como los silencios de los otros cuando los periodistas son asesinados.





