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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

El comercio y los transgénicos

En el mundo actual está mal visto el capitalismo. El mercado libre es tabú en la mayoría de los círculos económicos y cuando se justifica suele venir acompañado de explicaciones exculpatorias. A buena parte de los economistas, los intelectuales y a una inmensa mayoría de los políticos les asusta que las personas sean libres para dirigir sus propios destinos, que sean libres para decidir con quién intercambian bienes y servicios y en qué condiciones.

 

Cuando en Occidente se acomete la inmensa empresa de sacar a los países del Tercer Mundo de su estado de “eterna” pobreza, acudimos por lo general a políticas y programas de ayuda más o menos directa que pasan por los gobiernos nativos, a costosas intervenciones militares o simplemente a donaciones a organizaciones que se dicen no gubernamentales e instituciones de carácter público ligadas a los estados o a organizaciones plurinacionales como la ONU o la Unión Europea.

Cuando alguien plantea en serio el levantamiento de aranceles a los productos de estos países, las propias organizaciones de ayuda, los gobiernos implicados y en general todos los enemigos de la libertad encuentran justificaciones que terminan paralizando tales medidas. Y los productores de trigo, mijo o soja de Tanzania, Uganda o Zimbabue se desesperan pues su esfuerzo no ha servido para mucho, incluso para nada. No sólo tienen que aguantar los problemas internos de su país, la corrupción, la inestabilidad, la violencia sino que tienen que soportar los “derechos” de los agricultores organizados de los países ricos.

Cuando de transgénicos estamos hablando, productores, investigadores y empresarios de ambos mundos, el desarrollado y el no desarrollado, tienen que hacer frente a otro importante problema. El producto transgénico se presenta ante la opinión pública como una especie de bomba de relojería que corre el riesgo de explotar y generar una catástrofe medioambiental y de salud pública. Las tesis ecologistas y conservacionistas se han hecho fuertes junto a las anticapitalistas.

Las empresas de alta tecnología, como los son las biotecnológicas que desarrollan organismos genéticamente modificados, son empresas punteras con un elevado riesgo asociado a su actividad. Es lógico que si los comparamos con otros sectores haya pocas y algunos vean oligopolios, pero hasta qué punto es posible saber cuántas son las empresas que debe haber en un sector concreto para que se considere en libre mercado. En cuanto a las que nos atañen, el régimen regulatorio de estos sectores es mucho mayor que el de otros así como la vigilancia de las autoridades públicas. Por poner un ejemplo, tras 12 años de polémica la Comisión Europea aprobó el cultivo de la patata genéticamente modificada "Amflora", producida por la germana BASF y “exclusivamente” con fines industriales y tres tipos de maíz transgénicos que paradójicamente no podrán cultivarse en territorio europeo.

Por otra parte, es difícil que las empresas nacidas en países del Tercer Mundo, o en los países en vías de desarrollo puedan generar los conocimientos y la tecnología necesaria para desarrollar los productos transgénicos. El esfuerzo en trabajo y capital es algo que sólo las empresas de los países desarrollados pueden permitirse.

Esta situación, fruto de las circunstancias ha levantado las suspicacias de los conservacionistas que consideran que las empresas occidentales pretenden de esta manera controlar grandes zonas geográficas con productos sin competencia. Es difícil rebatir argumentos conspirativos. No porque estos sean muy elaborados y tengan una sólida base, sino porque suelen tener muchos partidarios que actúan por fe independientemente de que sean o no razonables o que respondan a la lógica. Las biotecnológicas o las farmacéuticas llevan décadas con el sambenito de que explotan el Tercer Mundo.

Creer que los habitantes de un país se van a convertir en “súbditos” de alguna empresa por la mera razón de que ésta les vende un producto o acapara una importante porción del mercado es absurdo. Nadie pensaría que un español lo es de Telefónica por el mero hecho de que esta controle casi el 50% del mercado de telecomunicaciones. Nadie obliga a un campesino brasileño a cultivar soja transgénica, simplemente le es más rentable, consigue mayores rendimientos y mejores cosechas. Precisamente, Brasil es uno de los principales productores de productos transgénicos (junto a Estados Unidos y Argentina) y es dudoso que su presidente Luiz Inacio Lula da Silva, político de izquierdas y con una economía bastante intervenida, se deje caer en el poder de las empresas, sobre todo de las americanas. Todo esto suele responder a una actitud paternalista tanto de los gobiernos de los países desarrollados así como de sus organizaciones.

El problema con las empresas radicaría precisamente en que algunas de ellas llegaran a acuerdos con los Estados para que fueran las únicas en vender sus productos en una región o que se desarrollaran legislaciones o normativas o simplemente se favoreciera la corrupción a favor de ellas.

Este tipo de acuerdos podrían englobarse en el marco de las guerras comerciales que existen entre los países desarrollados, donde priman los intereses de unos pocos y no los de los usuarios finales. Y esto es precisamente lo que sucede cuando la Unión Europea veta la entrada de alimentos transgénicos de EEUU, Brasil o Argentina provocando una guerra comercial encubierta para favorecer la actividad comercial de sus empresas biotecnológicas o los intereses de sus agricultores que producen más caro pero que por cuestiones de política local, tienen prohibido o limitada la producción de transgénicos.

El comercio de los transgénicos es algo esencial pues estos permiten una serie de ventajas adaptativas que otros productos no consiguen. Así lo ven expertos como Ramón Serrano Salom, catedrático del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas del CSIC, que observa una serie de ventajas en los productos genéticamente modificados como que permiten adaptar rápidamente los cultivos a climas difíciles, generando además una agricultura más sostenible con menores costes (agua, fitosanitarios, nutrientes, etc.). Más concreto es el director científico de Biopolis, compañía biotecnológica ligada al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Daniel Ramón, que es cosnciente de la importancia de estos productos en el Tercer Mundo, por ejemplo del “arroz dorado”, que empezará a cultivarse en 2012, a pesar de que ya se fabricó en el laboratorio en 1999, y que tiene betacaroteno, el compuesto que nuestro organismo transforma en vitamina A:

Su importancia es clave, puesto que el arroz es la base de la alimentación para 800 millones de personas en todo el mundo, pero tiene un importante déficit de vitamina A que, según datos de la Organización Mundial de la Salud, produce cada año la muerte de 2 millones de niños y deja ciegos a otros 250.000”.

Cuando los países en vías de desarrollo consigan avanzar hacia mejores situaciones económicas y sociales, tendrán más capacidad para desarrollar por ellos mismos nuevos productos agrícolas, nuevas empresas y en general nuevas fuentes de riqueza. Mientras, no tiene mucho sentido que por una serie de prejuicios, medias verdades o simplemente mentiras, sus habitantes y empresarios no tengan acceso a estos productos y a la riqueza que pueden suponer. De esta colaboración, surgirán nuevas posibilidades y opciones que permitirán nuevos escenarios. Los países del Tercer Mundo tienen una serie de problemas internos en forma de corrupción y violencia, pero ambos tienden a desaparecer cuando se incrementa el nivel de renta de sus habitantes. El carácter agrícola de muchos de estas sociedades invita a apostar por el comercio y desde luego por la reducción de los costes y el incremento de la rentabilidad y en ambos casos, los transgénicos deberían tener un importante papel.