Transgénicos, una oportunidad para el desarrollo
Hoy por hoy, transgénico es sinónimo de polémica. Y que es un transgénico sino un organismo manipulado genéticamente a través de técnicas no tradicionales. Los organismos manipulados genéticamente son casi tan antiguos como la agricultura o la ganadería. Desde que se hizo sedentario, el ser humano ha elegido aquellos organismos, plantas y animales, que le han permitido obtener ventajas sociales y económicas tan variadas como el alimento, el transporte, la vigilancia, la guerra o la simple compañía. Las técnicas habituales han sido los cruces sexuales entre especímenes que tenían alguna cualidad que era especialmente atractiva y útil para el agricultor o el ganadero. Su cruce dirigido sustituía a la selección natural y se orientaba a las necesidades de los hombres que las manipulaban y no a las necesidades de la planta o el animal en un entorno cambiante.
A lo largo de estos siglos, estos cambios han sido tan intensos que en la mayoría de los casos el parecido entre la especie original y la transformada es pura coincidencia, aunque su carga genética sea la misma o casi la misma. La avena actual poco tiene que ver con la raquítica espiga que aún se puede encontrar por el campo. El uro europeo ha desaparecido, pero los toros de lidia, las vacas lecheras o las que dedicamos a carne como la charolais, son descendientes que morfológicamente poco tienen que ver con el original y a su vez, entre ellos. Apostamos por ciertas frutas, hasta el punto que hemos conseguido especies vegetales sin semillas que en estado salvaje y sin la acción del hombre no podrían multiplicarse y desaparecerían en una generación. Los perros, desde el mastín al pequeño yorkshire, son descendientes del lobo que hace miles de años empezó a rondar por los primeros asentamientos humanos, hasta que los menos asustadizos empezaron a encontrar en la cercanía del hombre un aliado inesperado.
Hasta bien entrado el siglo XX, los conocimientos científicos y tecnológicos no fueron lo suficientemente vastos como para que hombres de ciencia, agricultores y empresarios pudieran entender en profundidad lo que hasta ese momento se había hecho de forma prácticamente intuitiva. Y aunque ya en Francia y Gran Bretaña eran frecuentes los cruces de animales seleccionados por sus características con la intención de lograr mayores y mejores producciones -existen árboles genealógicos animales desde el siglo XVIII y XIX-, hasta el desarrollo del método científico, las mejoras no respondían a una planificación metódica de base científica. La publicación de los experimentos del fraile agustino Gregor Mendel, que describió estadísticamente los resultados del cruce de dos estirpes de guisantes de diferentes colores –amarillo y verde- sirvió para que décadas después, tras nuevos descubrimientos sobre evolución y biología celular, se obtuviera de manera metódica, ordenada e industrial nuevos organismos.
Durante todos estos siglos, las especies vegetales y animales domesticadas han incrementado su eficiencia en términos cuantitativos (una mayor producción) y cualitativos (una materia prima de mayor calidad en función de necesidades nutricionales, económicas o sociales, una mayor adaptabilidad al medio en el que secultivan o crían y una mayor resistencia a plagas y enfermedades que les afectan) hasta obtener variedades modificadas y económicamente explotables.
Pero estos sistemas para obtener organismos modificados no siempre transmiten el gen deseado. Los problemas de sobrecruzamiento, los genes recesivos, o que la presencia de un gen suele ir asociada a otro con características no siempre deseadas son algunas razones por lo que los simples cruces no son siempre eficientes. El proceso, además, es relativamente lento ya que requiere varias generaciones lo que puede durar según la especie y las necesidades técnicas, empresariales y administrativas: días, semanas, meses y hasta años.
En una economía moderna, el tiempo es un bien escaso y muy valorado. La competencia entre empresas e individuos favorece la mejora de la calidad y la bajada de los precios de los productos que se adaptan a las necesidades de los clientes. Esta competencia invita a encontrar sistemas que reduzcan estos tiempos, al menos los empresariales y los técnicos. Ha sido esta necesidad la que ha permitido que una curiosidad científica y una tecnología costosa a priori se haya puesto al servicio de la mejora de productos en términos muy precisos y con un coste relativamente bajo.
Las técnicas que desarrollan los transgénicos permiten aislar el gen o los genes que le dan semejante ventaja e introducirlos en el organismo a través de técnicas de laboratorio muy precisas, generalmente un vector, un virus que infecta la célula huésped aportando dicha dotación genética. Esta tecnología permite incluso la introducción de genes de especies que no pueden cruzarse entre sí al estar muy separadas evolutivamente, lo que nos da híbridos que hasta ahora eran impensables.
Desde la perspectiva de la economía de los países en vías desarrollo y del Tercer Mundo, los transgénicos son una oportunidad que no debe ser rechazada. Las deficiencias institucionales y estructurales, la corrupción y los conflictos sociales que tienen estos países hacen difícil el desarrollo nacional y social, así que cualquier ventaja añadida que permita el incremento de la producción o el aprovechamiento de terrenos pobres o poco dotados para la agricultura o la ganadería, puede ser determinante para que la economía local y regional experimente una mejora. Por ejemplo, la escasa inversión en infraestructuras hídricas hacen interesantes los organismos resistentes a las sequias.
Sin embargo, los transgénicos experimentan un rechazo social que dificulta que estos productos se introduzcan masivamente en países netamente agrícolas y que se cimenta en dos líneas. Por una parte, las ideologías anticapitalistas apuntan a las empresas que fabrican y comercializan estas semillas como instituciones que controlarían las economías regionales en régimen de monopolio, convirtiendo a los agricultores en siervos. Gran parte de la polémica en torno a los transgénicos toma la forma de una batalla comercial en la que el país de la empresa o institución descubridora se enfrenta a los recelos del resto que ven como sus semillas podrían perder mercado. No es infrecuente que los transgénicos nacionales, convenientemente llamados de otra forma, obtengan la aprobación local mientras los foráneos no.
Por otra, los transgénicos son considerados como pequeños mutantes que pueden provocar serios problemas de salud y medioambientales por lo que su uso es cuanto menos sospechoso. Una línea muy parecida al rechazo que experimentan las farmacéuticas. Paradójicamente, los productos obtenidos de bacterias genéticamente modificadas, como la insulina, los factores de coagulación para tratar la hemofilia, la hormona del crecimiento para tratar el enanismo son usadas a diario en todos los hospitales del mundo sin que exista el rechazo que producen otros transgénicos.
Ambas críticas tienen su origen en las propias sociedades occidentales, en grupos ideológicos y políticas estatales concretas, pero no en la mayoría de los agricultores de los países productores, aunque los gobiernos de estos estados se hacen muchas veces eco de las quejas e impiden su cultivo. La refutación de estas críticas o al menos, su matización será tema de próximos artículos.





