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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

Recuperación de las Tablas de Daimiel

Julio Escudero es el último barquero de Las Tablas. Él vivió una época dorada en este entorno natural. Recuerda que la laguna estaba llena de agua. Llegaba hasta la puerta de su casa. Al anochecer, carburo en mano, pescaban carpas, lucios y dice que también “cangrejos de los buenos”. El agua brotaba por doquier y salían de casa en barca. Desde entonces, la década de los cincuenta, el Parque Nacional inició un declive hasta el verano de 2009 cuando la situación se tornó crítica. Pero Escudero ya lo advertía con los planes de desecación de La Mancha Húmeda. El objetivo de convertirla en un área de regadío despojó al Parque Nacional de toda su riqueza ecológica, pero un invierno lluvioso y frío ha devuelto a este paisaje todo su esplendor. Una oportunidad más.

El año pasado, a punto de comenzar el verano, hubiera resultado inimaginable su recuperación: en mayo de 2009 sólo un 1% de su superficie estaba inundada. Ni rastro de la fauna que lo poblaba antaño ni tampoco de su flora;  y ahora mismo en casi su totalidad está cubierto de agua. Es una situación que no se vivía desde la década de 1970.

Pero la recuperación de las Tablas de Daimiel se ha producido in extremis; en un momento, septiembre de 2009, en el que los trabajadores del Parque Nacional, ecologistas y expertos del Ministerio de Medio Ambiente, Rural y Marino daban por desaparecido el humedal más importante del sur europeo. A finales del pasado verano, el calor extremo y la prolongada sequía ya habían dejado Daimiel prácticamente seco impulsando la desecación de una política agraria inapropiada. Si ya entonces era más que necesario un trasvase, muy discutido en los sucesivos Consejos de Ministros, aparecieron las turbas, tres en concreto, que parecían dejar claro cuál sería el futuro inmediato de este entorno único.

A finales de agosto de 2009 se declaró un primer incendio bajo la superficie del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel. El fuego, conocido con el nombre de turba, no era fortuito. Apareció como resultado del proceso de degradación que vivía el parque por la reiterada falta de agua. Una escasez, producto de la combinación de sucesivos años de sequía, un verano extremadamente cálido tras un invierno sin precipitaciones y, sobre todo, una política de regadío intensiva desde la década de 1980.

El origen de esta primera turba, a la que siguieron otros dos focos en el mes de septiembre, fue un proceso de combustión de todo el material orgánico interno y rico en carbono que se hallaba a varios metros de profundidad de la superficie de Daimiel. Las altas temperaturas actuaron de tal modo que convirtieron toda esa materia en un “brasero bajo tierra”, tal y como aseguraba su director, Carlos Ruiz de la Hermosa, a finales del pasado verano. Desde el exterior para cualquier que caminara por el parque las turbas se manifestaban como fumarolas,  que brotaban por las grietas del suelo que en su origen estaba inundado. Ruiz de la Hermosa explicaba que “la materia orgánica ha sufrido un proceso de desecación originando esas profundas grietas por contracción”. A este episodio le siguió la consiguiente oxidación de ese material orgánico, que “provocó una elevación paulatina de la temperatura”, que derivó en “la autocombustión de las turbas”.

En ese momento, a punto de comenzar el otoño, los expertos de Aemet auguraban un inicio del año hidrológico con escasas precipitaciones. Era la peor noticia que podían recibir en Daimiel. Pero los pronósticos fallarían a favor de la recuperación de este entorno. Sin embargo, con las turbas ardiendo cundió el pesimismo. Desde la dirección del Parque Nacional, se advirtió de “las consecuencias muy negativas”, porque al incendiarse el subsuelo por mucha precipitación que pudiera caer se perdía la capacidad de retención de todo el agua poniendo en entredicho el encharcamiento de todo el entorno. Además también se señaló que “se incrementaba el riesgo de hundimientos del suelo de Daimiel” por la inestabilidad que el fuego empezaba a provocar en la superficie seca.  Ecologistas en Acción, se sumaron a dichos argumentos al considerar “una señal muy evidente del grado de degradación del Parque Nacional”, un proceso que entonces consideraba “irreversible”.

A ojos de expertos y de políticos así debía de ser porque el Gobierno aprobó el Plan Especial del Alto Guadiana para trasvasar agua en plena sequía, sin tener garantizado el consumo humano a finales de 2009, y así salvar Daimiel: 5.500 millones de euros, cumpliendo la directiva marco de la Unión Europea sobre el agua, que estipula que los países recuperen sus ríos y acuíferos en el año 2015. El propio Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino reconoció la gravedad y la urgencia de ese trasvase.

El caso es que Daimiel es un patrimonio de valor incalculable que se había ido echando a perder desde hace casi cuarenta años por la sobreexplotación de los acuíferos y los cultivos mal programados, por ejemplo de maíz. Los ecologistas han acusado a la Confederación y a las Administraciones de permisividad durante este tiempo, sobre todo en lo referente a la explotación de los pozos, advirtiendo de lo que podía suceder si no se ponía fin a esta política de regadíos.

Lo cierto es que en el origen de este problema se hallan las soluciones malogradas desde la década de los ochenta y que han pasado por tres fases que resultaron ineficaces. La primera de ellas se dio a conocer como Plan de Regeneración Hídrica para las Tablas de Daimiel, en 1983, que consistió en una derivación del trasvase Tajo- Segura, pero que sólo fue un parche, ya que anegaba las zonas visitadas, con lo que a ojos del turista la situación no revestía la gravedad que sufría el Parque Nacional. El siguiente plan, llamado Plan de Humedales, consistió en abandonar el regadío. Los expertos que han intentado atajar el problema de la desecación de las Tablas de Daimiel denunciaron reiteradamente que esta iniciativa quedó reducida a una política de subvenciones y subsidios a los agricultores, pero “no cambió la política agraria”. El último de los planes aprobados ha sido el Plan Especial del Alto Guadiana, el mejor visto por todas las partes, desde administraciones hasta dirección del Parque, expertos y ecologistas.

Contra todo pronóstico, no ha sido la acción de las administraciones ni las iniciativas de los grupos ecologistas las que han salvado este paraje natural, único en España, en medio de la llanura seca y agreste de Castilla La Mancha. La propia naturaleza ha querido jugar con una serie de factores para salvar Daimiel. El Parque Nacional ha pasado en apenas unos meses de ser un desierto de fumarolas sin apenas vida a convertirse de nuevo en un paisaje poblado de praderas de carófitos. Con 216.000 visitantes en abril pasado, la zona ha recuperado su ciclo biológico al paso de las aves migratorias, como las buceadoras o el pato colorado.  Además, los técnicos han constatado mes tras mes un aumento gradual del número de especies censadas. Incluso el aporte de agua de los ríos Cigüela y Azuer contribuirá este verano a aumentar el número de peces y su reproducción.

Sin duda es una situación alentadora de cara a proteger el Parque Nacional de la política de regadíos que lo puso al borde de su última llamarada. Ahora es el momento de las decisiones firmes para su preservación y la de la sostenibilidad del ecosistema de Daimiel. La UE apremia a las administraciones a no caer de nuevo en el error y proteger el humedal. Con toda su extensión encharcada una nueva época dorada se inicia en este enclave bañado por el Guadiana donde de nuevo los barqueros, como Julio Escudero, pueden remar y pescar lucios, carpas y cangrejos en este dédalo de marismas rebosantes y bulliciosas. Donde de nuevo a simple vista se acicala un pato malvasía a la sombra de un masegal.

Notas al texto:

Citas extraídas de la Plataforma Salvemos Las Tablas