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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

¿Soberanía alimentaria? Naranjas de la China

Si buscamos una definición de ’soberanía alimentaria ’ diremos que es la potestad de cada Estado para definir sus propias políticas agrarias y alimentarias de acuerdo a objetivos de desarrollo sostenible y seguridad alimentaria. No es posible, sin embargo, en un mundo globalizado hablar de ‘Estado’ en lo concerniente a políticas agrarias, ya que todas están regidas por un mercado internacional y un libre comercio despiadado que hace que los cultivos no sean rentables  en los regímenes  propuestos en la definición anterior, promoviendo la productividad sin tener en cuenta las consecuencias medioambientales que esto supone. Para la supervivencia de la agricultura, los gobiernos mantienen a golpe de subvención los cultivos, decidiendo qué se debe cultivar aquí y allá, a lo largo de todo el planeta, permitiendo la entrada y salida de alimentos de unos países a otros sin los niveles de seguridad adecuados y con tasación por debajo de los costes de producción. Así mismo, los consumidores eligen los productos a razón de precio y no de calidad, muchas veces por falta de información, esto para  los consumidores que pueden elegir, que son una minoría en el planeta.

Los orígenes de todo ello se remontan a lo que se conoce históricamente como la Revolución verde, esto es: el período entre los años sesenta y setenta donde la FAO impulsó un plan de desarrollo agrario a nivel mundial (World Plan for Agricultural Developmet), justificado por un aumento poblacional y la lucha contra el hambre. El plan consistía básicamente en el impulso de semillas de variedades de alto rendimiento y técnicas agrícolas de alta productividad, lo que permitía conseguir hasta tres cosechas en una misma campaña agrícola.

Pero este modelo de desarrollo tiene unos graves inconvenientes que no se evaluaron en su momento y del que estamos sufriendo las consecuencias. Para conseguir esta alta productividad se necesitan ingentes cantidades de fertilizantes,  que contaminan el suelo y las aguas, ya que se agotan los nutrientes del suelo.  La exigencia de pesticidas, la mayoría caracterizados por una larga permanencia en los agroecosistemas y de los que no se conocen las consecuencias de exposición a pequeñas dosis durante largos periodos de tiempo en la salud humana. Por la implantación de sistemas de riego y mecanización  de los cultivos, con alto consumo de recursos, muchas veces en lugares donde es inviable a medio y largo plazo, por ejemplo, hemos podido presenciar el florecimiento de auténticos vergeles literalmente en medio del desierto. La expansión de los monocultivos, dejando desaparecer las variedades de plantas autóctonas, destruyendo bosques y propiciando la aparición de plagas. Todo ello provoca la pérdida de suelo, agotando sus recursos y dejando expuesto a la erosión y consecuente aridificación. Así, los agricultores son cada vez más dependientes de las compañías de fertilizantes, pesticidas y productoras de semillas, ya que cabe mencionar que estas semillas no son válidas para una segunda cosecha ni un negocio redondo, antes bien han llevado al endeudamiento de muchos agricultores.

Y si no, reflexionemos: ¿Cómo es posible que una naranja procedente de china sea más “barata” que una producida en el país propio? La respuesta es simple: esta naranja ha sido producida para vender y no para comer. En China es legal la utilización, póngase por caso, de pesticidas que en otros países no son legales por causas sanitarias y medioambientales. Este producto hará que  la productividad aumente considerablemente a costa de la salud de las personas y del entorno donde se cultivan estas naranjas, por no hablar de los costes de mano de obra que además son muy reducidos, por la falta de derechos de los trabajadores. Resumiendo, esta naranja, fruto del modelo de agricultura actual, tiene un alto impacto en la salud humana (las condiciones de empleo de ciertos pesticidas y la permanencia en  los alimentos) y en la salud medioambiental y, particularmente, de los agroecosistemas (desde al uso de pesticidas, fertilizantes, explotación de acuíferos, compactación y salinización del suelo, los embalajes de presentación, la emisión de carbono para llegar de una punta a otra del planeta). A pesar de todos estos costes asociados, la naranja sigue siendo rentable a bajo precio y está dirigida a mercados que la pueden pagar sin grandes esfuerzos monetarios, no a mercados donde sería más necesaria. Algo está fallando, la soberanía alimentaria no se hace patente.

En la actualidad siguen existiendo numerosas desigualdades  tanto de oportunidades de producción,  como de acceso a alimentos sanos y en cantidad suficiente entre países desarrollados y en vías de desarrollo y  diferencias dentro de los mismos países. Esto apunta a que el modelo de agricultura está fallando y se continúa por el camino de los avances tecnológicos, como la actual Revolución genética (uso de semillas de variedades modificadas genéticamente), de los que no se conocen las consecuencias en la salud humana y medioambiental, pero prevalecen bajo  la justificación de acabar con el hambre en el mundo y que tiene sospechoso trasfondo de negocio para grandes compañías multinacionales.

Los expertos manifiestan que para acabar con el hambre en el mundo, es necesario aumento en la producción de alimentos, pero de forma segura a largo plazo y que estos alimentos lleguen zonas vulnerables, no a mercados rentables donde  ya existen excedentes. Suponiendo todo ello una verdadera Revolución, pero no verde, ni genética, sino de cambios en las políticas socioeconómicas y de reparto equitativo de los recursos en el amplio sentido de la palabra.