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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

Desertificar es retroceder

 

En fechas recientes, el pasado 17 de junio, hemos celebrado el Día Mundial de la lucha contra la desertización y la sequía. Un fenómeno que nos afecta a todos por igual. Por su envergadura y para la toma de conciencia, la ONU instauró aquélla como una jornada internacional desde 1.994. Ahora bien, desde entonces el avance del suelo árido y semiárido no ha dejado crecer. En algunos casos es ya irreversible como es el de los países asiáticos de Kazajistán y Uzbekistán. Y también, en ocasiones, este proceso del suelo se produce de forma natural sin la intervención del ser humano, pero cuando somos nosotros los principales responsables, la mano directa que esteriliza el terreno, entonces este fenómeno se conoce bajo el término de desertificación. Es un matiz pequeño, pero que implica el grado en que la acción humana determina el futuro y la vida del suelo que pisamos.

No en vano, la ONU advierte anualmente en sus informes periódicos de la relación directa que existe entre el modo en que a día de hoy existe de entender el progreso y su efecto en el ecosistema global: los modelos económicos actuales y su productividad se asientan con agresividad sobre el terreno en el que habitamos, especialmente en España. Y esto, a veces tan banal, determina que actualmente estemos creando subregiones las cuales en un futuro estén condenadas a ser el furgón de cola del verdadero progreso. Estamos generando pobreza y falta de recursos si no armonizamos porvenir y desarrollo.

Por eso, cuando hablamos de desertificación nos enfrentamos, en mayúsculas, a uno de los problemas más graves que afrontan ya no sólo amplías regiones del mundo, sino también el sureste español y el archipiélago canario. Según recientes estudios, publicados con motivo del día de la lucha contra la desertización y la sequía, los datos aportados revelan que esta amenaza silenciosa avanza con sigilo hasta poner en peligro un 37% de nuestro territorio. Murcia, Comunidad Valenciana y Canarias son las comunidades autónomas cuyo paisaje se halla ya bajo el proceso de desertificación. En concreto, en la primera de ellas afecta a un 99,09% de su territorio, es decir, toda la región murciana se encuentra en un proceso muy grave de pérdida de suelo húmedo o semihúmedo a otro de carácter totalmente árido. En otras palabras, Murcia se enfrenta al desafío de luchar contra el avance de la tierra desértica. Lo mismo sucede en Canarias, donde ese porcentaje es tan sólo algo menor, del 90,48%. Entre ambas, la Comunidad Valenciana, especialmente árida en la provincia de Alicante, alcanza un 93% de suelo árido. Todas las comarcas alicantinas, que se hallan por debajo de la Marina Alta, se rodean de un paisaje agreste, de una naturaleza estéril, un contraste a modo de salto en apenas unos kilómetros, que se acentúa avanzando en el sureste español hasta alcanzar la provincia de Almería, que es de todas las andaluzas en la que se han encendido todas las alarmas. A pesar de ello, Andalucía no es de las regiones españolas con mayor riesgo de sufrir la desertificación.

Por detrás de las mencionadas, le siguen las comunidades autónomas limítrofes: Castilla La Mancha, Aragón, Cataluña y Madrid. Sí. La capital de España es testigo de la desertificación, de un proceso descontrolado de destrucción de suelo, que se aprecia con claridad apenas nos alejamos unos kilómetros al sureste de la comunidad autónoma. Cosida por la M-45 y otras nuevas circunvalaciones que sortean la capital española, el terreno se antoja semiárido frente al verdor de las zonas montañosas situadas al norte de la ciudad. Entre ambos mundos antagónicos no distan más de 70 kilómetros. Una franja invisible, pero que de no remediarse marcará el futuro de un norte próspero y un sur abocado a ir varios pasos por detrás suyo.

Todo esto se produce porque, como señala el Observatorio de Sostenibilidad (OSE), en España el modelo económico que con la actual crisis ha saltado por los aires ha promocionado una intensa actividad sobre el suelo, que ha tenido por agotarlo. Las prácticas agrícolas de regadío en las aquellas regiones que se encuadran dentro de un régimen de precipitaciones seco en la mayor parte del año han extenuado el subsuelo hasta agotar sus posibilidades de recuperación en un futuro. Pero, sobre todo, la construcción libre y desmedida, con la penúltima Ley del Suelo, ahora remendada, las áreas turísticas del Levante español y Canarias  se vieron sometidas a una sobreexplotación que ha secuestrado la fertilidad de la tierra. Levantar macrourbanizaciones en áreas costeras, prelitorales montañosos con bellas vistas al mar, rincones idílicos en medio de una naturaleza salvaje y poco accesible, ha supuesto un incremento del número de hectáreas desertificadas hasta el punto que a día de hoy del total español de 506.601 kilómetro cuadrados, 109.712 se hallan en riesgo medio, es decir, más de una quinta parte del país.

El Gobierno actual, que ha recibido una llamada de atención para reconducir una situación que se le ha ido de las manos al país en las últimas décadas, ha tomado unas primeras iniciativas con la intención de devolver al suelo su fertilidad. La actual Ley de Costas, por ejemplo, se rubricó en la anterior legislativa, bajo la titularidad de Cristina Narbona al frente de Medio Ambiente, para frenar el avance del ladrillo a determinados metros de distancia de la línea costera. Del mismo modo, se inició la destrucción de todas las edificaciones previas, muchas de ellas en el archipiélago canario y en la costa almeriense. Pero no todo es tan fácil, puesto que el proceso natural de recuperación del suelo es, además de extremadamente sensible al cambio, muy lento y sigue un proceso natural. Según los datos de la OSE, por cada mil toneladas de suelo fértil destruido su tasa de formación anual es tan sólo de entre dos y doce toneladas.

Durante la anterior legislatura, se elaboró un plan de cuatrienio (2004-2008) en el que se invirtieron 83 millones de euros para frenar ese avance de suelo estéril (de árido a seco). Entre los planes novedosos se halla la implantación de una cubierta vegetal protectora y fijadora de suelos, que sirve de escudo contra esa aridez del terreno y fenómenos como el del cambio climático, que con la actuación sin control sobre el suelo estamos potenciando. Actualmente, los riesgos de riadas e inundaciones por precipitaciones severas, como es el fenómeno periódico de la “Gota Fría” sobre el Levante español alcanza un poder destructivo mayor que hace décadas, porque el suelo ha perdido toda su protección y no absorbe la cantidad ingente de agua que desencadena esa lluvia torrencial. Una lluvia que, por otra parte, arrastra los pocos componentes fértiles de los que ya de por sí carece la tierra valenciana o murciana. En este sentido, la construcción de chalets y apartamentos en áreas de playa vírgenes o interiores, en zonas cercanas a las grandes localidades turísticas también ha impactado directamente en la pérdida de suelo unido a otras infraestructuras necesarias para tal magnitud de construcción o la agricultura inadecuada, que ha agotado o está en vías de agotar un modelo productivo equivocado y que no corresponde a esta región por sus patrones característicos.

Por tanto, no somos un país sostenible. A menudo explotamos sobremanera los recursos hídricos, por ejemplo en las mencionadas zonas que suman el 37% de territorio en vías de desertificación, con la presencia de importantes núcleos urbanos en lugares donde es imposible abastecer a tan alto número de personas. Es un calvario habitual en puntos turísticos de la costa mediterránea que multiplican su población en verano. Los incendios también han sido una causa más en esta amenaza. De ahí que la exigencia de dar con un nuevo modelo productivo vaya más allá de la necesidad de salir de esta crisis económica, un modelo sostenible implicará que economía, medio ambiente y productividad vayan de la mano evitando caer en los mismos errores de ahora.

Tenemos espejos en los que mirarnos para tomar distancia respecto de la desertificación: la región africana del Sahel y unos planes agrarios inadecuados para su supervivencia; Caribe y América Latina, golpeadas por la destrucción de ecosistemas en virtud del turismo internacional o la muerte del cercano Mar de Aral por la sobreexplotación de sus recursos, que a día de hoy es el mayor desastre ecológico acaecido. Su economía, un día floreciente, se evaporó al ritmo que sus aguas y la prosperidad y salud de sus vecinos, también.

Las grandes crisis brindan oportunidades al cambio. Son puntos de inflexión servidos en bandeja para la toma de conciencia de los problemas convertidos en desafíos para un futuro sostenible. En definitiva, retos para reverdecer económica y ambientalmente.