Basura espacial
La carrera espacial comenzó hace 50 años con la puesta en órbita del mítico astronauta ruso Yuri Gagarin, de cuya hazaña se han celebrado festejos para conmemorar el inicio de una Era Espacial en horas bajas, puesto que los asuntos domésticos requieren de los entonces millonarios presupuestos de la NASA y de la Agencia Espacial Rusa. Pero, el éxito de Gagarin demostró a los hombres que sobre nuestras cabezas había algo más que un universo oscuro plagado de polvo de estrellas y de un satélite, la Luna, sobre el que los EEUU rubricarían su dominio espacial.
En 1957, la URSS lanzó al espacio el primer satélite, el Sputnik. Fue el primero de millares que se han ido lanzando desde la Tierra para concebir la vida fácil que hoy en día tenemos. Pero, generalmente, tendemos a pensar por nuestra propia condición humana que nada hay más allá de lo que escapa a nuestra vista o a nuestros sentidos. Y sobre nuestras cabezas orbita un problema mayor que todos los satélites en uso y en desuso que giran en torno a la Tierra: el de la “chatarra o basura espacial”.
900 satélites en activo orbitan actualmente por encima de los 1.100 km y entre ellos hay cerca de 20.000 trozos de basura espacial de un tamaño de en torno a unos diez centímetros. Aparentemente un objeto tan minúsculo no podría causar un daño mayor si cae de una mesa al suelo o de nuestro bolsillo. Pero una mota de pintura desvencijada de 4mm se desprendió hace poco tiempo sobre el parabrisas del space shuttle originando un cráter de 0,2mm. Qué no provocaría una pequeña pieza espacial de 10 centímetros si impactara en la Tierra, en un área poblada.
Por eso, es ahora cuando la Agencia Espacial Internacional, la estadounidense y la europea empiezan a tomar conciencia del problema que va a generar la basura espacial. Teniendo en cuenta de que dependemos de los satélites artificiales no podemos demorar por más tiempo una salida a toda esta chatarra. Porque las predicciones meteorológicas, las comunicaciones al instante en espacio y tiempo, el avance de una sequía, el cálculo del agujero de la capa de ozono, el control del espacio aéreo internacional y un sinfín de actividades cotidianas depende de los satélites artificiales que orbitan sobre la tierra y que podrían colapsar. Su órbita cada vez suma más puntos para que en una escala de probabilidad impacten con los millares de pequeñísimas piezas que, huérfanas, pululan por el espacio exterior y que podrían chocar con su trayectoria inutilizando el uso de estos satélites. Estos quedarían en desuso y contribuirían a formar más basura en el espacio exterior.
Y es que toda vez que los satélites cumplen su vida útil quedan suspendidos ahí arriba y se convierten en chatarra en una cadena sin final y, entretanto, desde la Tierra seguimos lanzando satélites destinados a dirigir las comunicaciones desde el espacio. Esta dependencia que hace de nuestra vida una existencia tan fácil se ha convertido ahora en un peligro potencial que podría derivar en, paradójicamente, dejarnos incomunicados, porque es tal la cantidad de objetos en órbita sobre la Tierra que podría un día llegar a impedir incluso la salida al espacio exterior. Además, en este caso no hablamos de supuestos sino de situaciones reales, como el impacto del satélite ruso Cosmos 2251 con el satélite Iridium de Comunicaciones. No sólo se sumó a la lista de chatarra espacial un satélite más sino que a raíz del impacto se generó un desecho de alrededor de 2.000 micropiezas de desperdicios espaciales que aumentan exponencialmente el riesgo de poner en peligro otros satélites.
Hay una órbita, llamada popular, situada entre los 800 y 1000 kilómetros y en la que la cantidad de desperdicios creados por colisión es mayor que el número de desechos que caen sobre la Tierra, es decir, que se genera y acumula basura sin solución de eliminarla. A este fenómeno se la ha dado el nombre de Síndrome de Kessler, el científico de la NASA que en 1978 dio a conocer el problema de la acumulación de la chatarra espacial (y que se ha reconvertido en una suerte de asesor en este nuevo concepto de basura). Para no llegar al extremo de que una colisión múltiple de satélites cree un escudos que impida la vida como la entendemos a día de hoy e imposibilite la salida al espacio exterior ya se han planteado algunas soluciones que están siendo estudiadas por científicos de las distintas agencias espaciales, encabezadas por la NASA.
Hace poco conocíamos la propuesta de creación de un gran láser para vaporizar la superficie de los objetos espaciales convertidos en basura. Con ello se provocaba un retroceso que evitaría una posible colisión, pero hubo algunos países implicados en el proyecto que por temor a que fuera usada como un arma en conflictos internacionales decidieron desecharlo. De este modo, la NASA, inspirada en parte en esa propuesta, ha elevado una idea al organismo internacional que consistiría también en un láser de mediana potencia para desviar las trayectorias de objetos en riesgo de colisión con satélites vitales. La luz del láser, ideado por el científico James Mason, implicaría una desviación mínima del objeto estudiado, ya que se acoplaría directamente al telescopio de vigilancia espacial que controlaría la órbita de todas aquellas piezas de alrededor de cinco centímetros que están recogidas en la base de datos.
Pero el propio Kessler, pionero en estas investigaciones, advirtió no hace mucho tiempo de que esta solución es viable, pero a tan escasa potencia sólo puede aplicarse a los pequeños objetos, por lo que no es la definitiva para los grandes satélites cuya vida útil terminó y han convertido un área del espacio espacial en una especie de cementerio en órbita. La oposición más férrea a crear láseres de potencia mayor radica en el uso estratégico y que, en determinadas circunstancias, puedan ser usados para inutilizar satélites de firma nacional por motivos puramente de competitividad. Tanto es así que EEUU y China ya disponen de estas armas antisatélite.
La últimas de las propuestas para acabar con nuestro particular basurero espacial se avanzó hace apenas unos días y consiste en crear un nube artificial de wolframio, que de salir mal supondría una de las mayores catástrofes que heredarían sobre la Tierra generaciones futuras. Aunque aún está en estudio, se lanzaría una nube compuesta por 20 toneladas de polvo de wolframio que se expandiría hasta ocupar hasta 30 kilómetros de diámetro. El tamaña minúsculo de las partículas supondría hacer caer los pequeños objetos por debajo de ese límite de los 1.100 km. En el entorno de los 900 km no hay mayor preocupación porque el roce de esas piezas con los gases de la atmósfera provoca su caída a la Tierra y desintegración. El Wolframio, además, no dañaría en cantidades tan irrisorias a los satélites en vida, quizá si se verían perjudicados en menor medida los solares, pero es algo que aún está por ver. De salir adelante esta propuesta los diseños de satélites que se ultiman contarían con esta tecnología para inmunizarlos del compuesto de polvo lanzado al exterior. El inconveniente, y es ahí donde se generan las dudas, es que con el paso del tiempo esa nube de Wolframio no caiga sino que ascienda y lo haga con toda la basura espacial, que podría acabar generando un anillo como el de Saturno en torno a la Tierra, es decir, una corona de basura espacial peligrosa y artificial, que multiplicaría el problema.
Junto a estas propuestas hay otras también que no dejan de ser ingeniosas y que vendrían a representar a los camiones de recogida de basura: la Agencia Espacial Japonesa propone la creación de una red a forma de malla que recogería todas las pequeñas piezas de basura espacial. A imagen de los pescadores en el mar se arrastrarían los objetos de chatarra que tras una minuciosa recogida atravesarían la atmósfera y arderían desintegrándose. Son piezas de satélites en desuso, viejos cohetes, pero también herramientas de los astronautas e incluso utensilios como bolígrafos, guantes, lámparas y hasta una mochila a merced de la órbita terrestre.
Es importante que hasta que se descubra, se idee la solución más adecuada, se alcance un acuerdo en común sobre el problema que representan sobre nuestras cabezas los millares de objetos y centenares de satélites que orbitan nuestro planeta, tomemos conciencia de ello. Nos hacen la vida más fácil y crean una relación de dependencia tal que de no aprender a gestionar esa chatarra espacial quedaríamos atrapados en nuestro propio avance tecnológico, que se cierne sobre nuestras cabezas.





