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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

Efecto Ozono

Una tarde verano cualquiera se oscurece el cielo en el horizonte, empieza a soplar un viento fuerte que agita las copas de los árboles con facilidad. Salimos a la calle o abrimos la ventana para observar la tormenta que se acerca allá a lo lejos, donde vemos un gran mancha negra de nubarrones. Entonces, alguien dice: “parece que va a llover, porque huele a tierra a mojada” o “”huele a lluvia”. La definición más sensorial de lo que es el ozono, O3, es exactamente esa. El olor que desprende una típica tormenta de verano no es la humedad, sino el ozono, que nos rodea y nos protege, que es invisible a nuestros ojos, pero visible a los satélites que, periódicamente miden su extensión sobre nuestras cabezas para advertirnos de los riesgos de su aumento o disminución. Son tres moléculas de oxígeno, que forman un gas presente de forma natural en la estratosfera, que reacciona para crearse y destruirse en un ciclo sin fin con la acción constante de los rayos ultravioletas del Sol.

El fenómeno de la capa de ozono, como casi todo lo relacionado con el Clima, se puso de moda a finales de la década de 1980, momento en que los científicos nos advertían de un alarmante descenso de los niveles de O3. Se grabó en la conciencia colectiva el efecto destructivo de los gases contaminantes en áreas industriales y de la masiva explotación del vehículo privado, además del uso de los aerosoles, entre otros motivos mayores. Entonces empezamos a saber algo más de ese pequeño aislante que se encuentra sobre el tejado de nuestra casa, que es la atmósfera, y que es la responsable de que hoy en la Tierra exista la vida. Sin ella nuestro mundo no sería como lo conocemos ahora mismo: no fluirían ríos que van corriendo a morir al mar, ni tampoco hablaríamos de especies arbóreas ni de la vida animal como la concebimos. Ni tampoco la vida inteligente. La Tierra sería una suerte de Marte en el mejor de los casos.

En la atmósfera interactúan otros elementos, cada cual con su función que hacen posible el frágil equilibrio de que todo siga su curso más o menos estable y cíclico en la Tierra desde hace cientos de miles de años.  Queda mucho por saber sobre el Clima, porque desconocemos la variable temporal o, al menos, nuestras referencias son muy cortas, pero sí sabemos que el ozono es un gas, de los miles que se encuentran dispersos en la atmósfera. De hecho, es una parte proporcionalmente tan insignificante que no llega ni a una parte de los millones de gases atmosféricos  que existen. Pero su presencia es tan vital como que evita que los rayos del sol, los ultravioletas, resulten dañinos para los seres vivos. El ozono actúa de filtro para reducir la carga energética solar, que de otro modo acabaría con nosotros.

Este descubrimiento es relativamente reciente. Al iniciarse la década de 1970-971 se tuvo conocimiento de que el ozono, presente en su mayor parte en la troposfera y la estratosfera, se estaba reduciendo. Ese descenso coincidía con los inviernos e inicios de primavera y era los clorofluorocarbonatos la causa de esa pérdida. Desde entonces comenzaron a instalarse medidores de ozono en distintos puntos del planeta, sobre todo los más próximos al Ártico y el Antártico, puntos en los que se “abre” el agujero de ozono por la incidencia solar respecto a la relación de la posición de la Tierra con el Sol. El último de estos medidores fue inaugurado en Argentina, en la localidad de Ríos Gallegos por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a finales de marzo pasado. Tales instrumentos, que ya suman doce en todo el hemisferio sur, constan de dos potentes láseres que por un lado miden los rayos ultravioletas y, por otro lado, la capa de ozono. En otras palabras, determina la distribución de las moléculas de ozono y es capaz de detectar si crece o decrece. No en vano, Argentina es un lugar estratégico por su posición geográfica para este tipo de mediciones.

Han pasado casi cuatro décadas de mediciones de ozono y el fenómeno del cambio climático ha conseguido en parte eclipsar este debate, que quedó abierto con la firma del Tratado de Montreal en el que se determinaban unas pautas a seguir para evitar que el agujero de la capa de ozono llegara a dimensiones alarmantes. Y es que, como buena parte de los fenómenos climáticos, el O3 tiene una relación directa con la evolución natural del planeta. Muestra evidente de ello es el período reciente de invierno- primavera en el hemisferio norte, unas pautas que a día de hoy han hecho saltar la alarma por el debilitamiento exagerado de la capa de ozono. ¿fallo humano? No. Fenómeno natural. Sucede que hay inviernos árticos excesivamente fríos, con temperaturas extraordinariamente bajas, como ha sido el caso del ciclo 2010-2011 (totalmente opuesto al anterior, por la circulación de ISOS negativas en latitudes no árticas y que generó el posiblemente invierno más frío del SXXI en Europa).

Lo sucedido este invierno debe hacernos reflexionar sobre dos puntos: el primero de ellos, los fenómenos naturales son capaces por sí mismo de desencadenar un riesgo para el ser humano sin interactuar con nosotros. En segundo orden, debemos seguir controlando y cumpliendo los principios de Montreal, puesto que los que rigen la Naturaleza escapan a nuestro control y sólo empeorarían esta situación. Todo esto es debido a la alerta lanzada a los países europeos en las primeras semanas de la primavera de 2011 por un elevado índice de rayos ultravioletas. La incidencia de los rayos solares aún es oblicua, no ha llegado al máximo punto (que se alcanzará en los meses de verano). Sin embargo, el índice de rayos ultravioletas es propio de los meses de verano. La razón es un debilitamiento extraordinario de la capa de ozono, como hacía lustros que no sucedía. Los servicios de Meteorología han lanzado avisos en los países afectados, por ejemplo en España, para que la ciudadanía se protegiera y tomara las medidas adecuadas en actividades al aire libre, sobre todo si éstas eran prolongadas. Se han reportado numerosos casos de quemaduras propias de los meses de julio o agosto, no de un mes de abril, que para más inri ha coincidido con un período de temperaturas anormalmente elevadas en gran parte del continente europeo y con la persistencia del Anticiclón de las Azores y el Centroeuropeo.  Consecuencia: más que nunca se ha hecho visible esa pérdida del gas de ozono que nos protege del Sol.

La destrucción de ozono en el hemisferio norte durante este invierno (fenómeno que podría, o no, repetirse ahora en el hemisferio sur) depende únicamente de las condiciones meteorológicas: el satélite ENVISAT de la ESA, envió por infrarrojos el mínimo histórico medido, porque “el invierno estratosférico ha sido muy frío y muy persistente” en el Ártico, con temperaturas que se han aproximado a ochenta grados bajo cero pulverizando las moléculas de ozono a ese nivel. Mientras, en latitudes más meridionales, el invierno ha sido frío pero dentro de los parámetros normales de cualquier otro anterior.

El riesgo está en lo que suceda en próximos años. Normalmente se inician ciclos periódicos de duración indeterminada que conducen a una progresiva destrucción de la capa de ozono mientras los inviernos árticos persistan en las líneas de frío extremo. Esas masas de aire helado agigantan el agujero del gas ozono, que desciende de latitud aproximándose a áreas habitadas del hemisferio norte (en el caso del hemisferio sur, ascendería, datos recogidos ya de por sí por medidores del extremo sur argentino). Aunque no existe una relación directa, suele ocurrir que al variar el grosor de la capa de ozono también lo hace la extensión de su agujero por el que se filtran los rayos ultravioletas. Y ahí es donde reside la mayor amenaza.

El cáncer de piel, enfermedades de la vista (cataratas) o daños en el sistema inmunológico son un efecto al que todos quedamos expuestos mientras dure este período, del que han alertado los firmantes del Protocolo de Montreal de 1987 y el Servicio Meteorológico Mundial. Gracias a su interacción, hace ya tres décadas quedó prohibida la fabricación de los clorofluorocarbonatos, comúnmente conocidos como CFC, preservando (en lo que está en nuestra mano) la regulación natural con sus altibajos cíclicos la salud mundial y la del propio ozono altamente sensible a sus compuestos, que permanecen en la atmósfera mezclándose con otros gases.

La formación de ozono permite la regulación de la temperatura terrestre, la incidencia que sobre los seres vivos tienen los rayos ultravioletas del Sol. Una armonía, un equilibrio  que convierte un perfecto día de sol en una jornada lúdica al aire libre, que si termina en tormenta y a resguardo sea sólo por el olor que desprende el ozono al aproximarse la lluvia, pero no debido a su ausencia sobre nuestras cabezas.