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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

El origen de un tsunami

 

No ha sido el primero, pero sí el más mediático. Tras él queda en la retina el de Indonesia del 26 de diciembre de 2004, que causó la muerte a más de 100.00 personas. Casi en directo desde cualquier rincón del mundo millones de personas han podido ver, y casi sentir, el efecto devastador de un tsunami, el que ha engullido kilómetros de costa y tierra adentro del litoral este japonés. Desde el aire los puertos marítimos, los hogares convertidos en barcos, los barcos transformados en vehículos que terminaban navegando en las autopistas niponas revelaban la potencia de este fenómeno natural. El tsunami de este gran terremoto del 11 de marzo de 2011 nos conduce a la siguiente pregunta: cómo y por qué se origina.

Para muchos el tsunami es una ola gigante, tan alta que no se alcanza a adivinar su cresta y que avanza hasta llegar a la costa para estamparse contra ella. Pero un tsunami no puede calificarse solamente por su altura  sino también por la fuerza del agua que arrastra y la distancia que va cubriendo tierra adentro. Hay muchas variables en juego. En el caso del terremoto que ha asolado Japón, su cresta se alzaba los diez metros en plena costa, una altura nada desdeñable, pero su efecto devastador se origina en la lengua de agua que avanza sin encontrar obstáculo rompiendo la primera línea de costa. Engulle a su paso viviendas, puertos marítimos, embarcaciones que arrastra hacia el interior. Y sigue avanzando tragándose las autopistas, los vehículos, las líneas ferroviarias, el resto de infraestructuras y todo, absolutamente todo, lo que encuentra a su paso. La fuerza del agua es directamente proporcional a la intensidad del terremoto.

Un tsunami siempre se liga a un movimiento sísmico, pero no siempre un temblor de tierra desemboca en un maremoto. Por ejemplo, el 27 de febrero un seísmo de 8,8 grados en la escala abierta de Richter azotó Chile, que aún se recupera del terremoto que el año pasado causó numerosos destrozos y se sintió en todo el país: desde la frontera con Perú, al norte, hasta el sur, en la Patagonia, pasando por su capital, Santiago. El caso es que después de enviarse las alertas por tsunami por todas las costas del Pacífico, entre ellas, la de Japón, el temido maremoto no llegó a producirse. Hawaii evacuó a miles de personas, que habitan cerca de sus litorales temiendo una catástrofe humanitaria. Y finalmente no se produjo.

A diferencia de lo sucedido hace unas semanas en Chile, en el año 2004 un maremoto desencadenó el caos y la tragedia en las costas de Indonesia. Un terremoto de 7,7 grados Richter agitó el fondo marino en pleno índico. En tierra firme el seísmo no tuvo consecuencias, sino que fue el maremoto el responsable de la destrucción total de los complejos turísticos, las humildes poblaciones costeras y las mínimas infraestructuras de la zona. Indonesia no contaba entonces con un sistema de prevención de tsunamis. Y el país pagó las consecuencias. De ahí que Japón no haya caído en cifras tan altas de fallecidos. La historia sismológica del país del sol naciente es otra bien distinta. El archipiélago se asienta sobre el cruce de cuatro placas tectónicas. En pleno anillo de fuego, Japón es un área extremadamente sensible a los terremotos. Por eso a diario en sus boletines meteorológicos se dedica un pequeño espacio a las zonas con mayores riesgos de verse golpeadas por un tsunami. No en vano, cuatro pequeños seísmos se registran a diario en Japón.

Para que se produzca un maremoto el movimiento de placas tiene que describir una trayectoria vertical, es decir hacia arriba y hacia abajo. O en su defecto que una de las placas se deslice en este sentido. Si la placa se desplaza horizontalmente en el océano, el terremoto no tendrá consecuencias en la masa de agua que se encuentra sobre la tierra, porque no causa ninguna elevación de la misma.

Pero si nos ponemos en el caso de un terremoto con movimiento vertical de placas tampoco tenemos asegurado que el fenómeno sísmico desencadene un tsunami. Si el terremoto es débil o no llega a tener una intensidad superior o cercana a los siete grados en la escala abierta de Richter es complicado, aunque se han dado casos anecdóticos, que el movimiento de placas cause un maremoto.

También es importante el epicentro del terremoto, el punto exacto desde el que se origina o donde se halla ese punto de fricción entre placas. A menudo suele registrarse a cientos de kilómetros bajo tierra, con lo que la energía liberada aunque es muy potente siempre será menos destructiva que en el caso del terremoto de Japón, cuyo epicentro se situó tan solo entre los diez y los catorce kilómetros bajo tierra. Esto supone que el seísmo tuvo un origen prácticamente en superficie con lo que el alcance de las ondas sísmicas fue terriblemente alto no sólo durante el movimiento en tierra, que duró dos minutos aproximadamente, sino también en el posterior tsunami, que apenas encontró en ese punto de fricción obstáculo para radiar sus ondas sísmicas.

Otro factor que convierte un tsunami en devastador es la profundidad del mar cuando la línea de agua alcanza la costa. En primer lugar, en su origen la ola puede alcanzar una altura que varía desde los dos metros hasta los quince metros o más. De qué depende esto. Del movimiento vertical de la tierra mencionado anteriormente. La máxima velocidad se alcanza al principio de su largo recorrido en el océano y va disminuyendo conforme se aproxima a las líneas litorales. Sin embargo las velocidades máximas que puede rozar un tsunami son aproximadas a los mil kilómetros por hora, es decir, la misma que puede tener una avión a reacción. Por tanto engulliría con facilidad todo lo que encontrara a su paso hasta estrellarse en tierra y avanzar hacia el interior como también sucedió en Japón.

Pero por qué Tokio quedó al margen del maremoto a pesar de la alerta y de hallarse en el litoral este nipón. La capital japonesa se levanta al abrigo de una inmensa bahía cuya profundidad es considerable. Y este factor actúa como muro de contención ante un tsunami como éste. Cuando el fondo costero es más bajo, cuando no hay profundidad la ola aunque pierde velocidad gana en altura. Es lo que sucedió al noreste del archipiélago en las imágenes aéreas que tomaron las televisiones japonesas: la ola rompe en la costa sin apenas velocidad, pero avanza en masa hacia el interior.

Ese avance del tsunami depende de las ondas sísmicas, que se expanden en el agua y transmiten la potencia del movimiento telúrico, es decir, la fuerza que despide la tierra en el momento de fricción y la dirección que sigue la onda. Y ésta viene determinada también por las placas (el fenómeno de subducción). Según sea una u otra predominará una dirección en la que se transmitirá esa onda.

Ya sólo nos queda por saber cómo puede conocerse en qué lugares impactará el tsunami o hacia qué costas se dirige y con qué intensidad. Gracias a unas llamadas boyas de presión instaladas en alta mar, en puntos estratégicos donde se originan los maremotos, se obtienen datos como la velocidad a la que viaja la ola o la altura. Teniendo en cuenta las variables anteriores como son la intensidad del terremoto o la profundidad del lecho marino se determina a qué hora más o menos exacta los tsunamis impactarán en la costa. Y respecto a la altura a la que llegan a alzarse no hay más que analizar si la primera línea de costa es más o menos baja. Los científicos han comprobado que las condiciones  meteorológicas nunca influyen en el impacto del tsunami.

Por último, en las zonas costeras se detecta el maremoto gracias a un fenómeno común a todos los seísmos con origen en el mar. El agua queda en calma absoluta y se retira dejando al descubierto superficies indeterminadas de lecho. Al desencadenarse el tsunami en la costa se visualiza claramente un efecto látigo en el que al volver el agua a su ser la línea marítima arrastra millones de sedimentos del fondo marino e incluso embarcaciones que acaban estrelladas en tierra.

El poder destructivo de un tsunami es exponencialmente mayor que el de un terremoto por lo que implica la fuerza del agua en tierra firme. El terremoto de Indonesia de las fiestas navideñas de 2004 supuso ese punto de inflexión en el que los países a nivel local y supranacional tomaron conciencia para controlar en la medida de lo posible el impacto de un fenómeno natural complicado de prever evitando que el coste en vidas humanos sea tan alto como en aquella ocasión. Japón, ya de por sí pionero en este aspecto, es un claro ejemplo de cómo hacer frente a la tragedia y plantar cara a un tsunami.