Cancún 2010: El acuerdo del desacuerdo
Superar el fiasco de la Cumbre de Copenhague no era complicado. Repetirlo habría supuesto toda una declaración de (malas) intenciones: en 2010 no sólo no se alcanzó el acuerdo deseado, y necesario, para frenar el Cambio Climático sino que cada país brindó por sus propios intereses. En algunos casos: no hacer nada. Una amalgama de naciones, más de 190, que ni siquiera alcanzó a reconocer al unísono los riesgos de un fenómeno con consecuencias evidentes en los países menos desarrollados sin medios a su alcance para hacerle frente. Cancún se presentaba con este interrogante y con la pesadumbre de volver a repetir el fracaso danés.
Un factor importante ha jugado una baza destacada a tener en cuenta entre los países reunidos en este foro de las Naciones Unidas: Wikileaks, que ha desvelado los entresijos de la política mundial y sacado los trapos sucios, amenazaba con volar cualquier atisbo de acuerdo en Cancún. Entre todas las filtraciones que hemos ido conociendo a lo largo del mes de diciembre, había un hueco reservado para la Cumbre del Clima con declaraciones que caían por su propio peso entre distintos líderes mundiales y sus entornos, como el de Durao Barroso, cuyo gabinete calificaba este encuentro de “pesadilla”. Palabras que ponen de manifiesto el temor a repetir el ridículo mundial e hipermediatizado de Copenhague más que a los esfuerzos por hacer frente común para luchar contra el Cambio Climático y establecer un calendario de fechas con una serie de objetivos comunes.
Pero la Cumbre comenzó y aunque el resumen podría ser el de una serie de buenas intenciones prorrogadas a ratificarse en Durban 2011 también habría que destacar el simbolismo del lugar elegido por Naciones Unidas para este encuentro: una ciudad mejicana que reúne la parte del Capitalismo más salvaje de los países que abanderan las causas del Cambio Climático así como el punto de encuentro entre quienes sufren sus consecuencias y no cuentan con suficientes medios para combatirlo ni para salir adelante en caso de catástrofe natural. En este punto, el país anfitrión propuso una medida que ahora, a ojos de cualquiera, es más lógica y necesaria que otra cosa pero que hasta este momento, y esta es la realidad, no se había planteado: la creación de un cuerpo de Protección Civil Internacional para hacer frente a catástrofes naturales, gran parte de las mismas causadas por el Cambio Climático. Desde inundaciones a incendios forestales devastadores pasando por otros fenómenos ajenos como desastres desencadenados por terremotos y erupciones volcánicas. En buena medida las consecuencias derivadas para la población de cualquiera de estos supuestos viene dada por la falta de coordinación y por una ayuda que llega tarde. En primer lugar, la previsión y en último término cumpliendo la máxima de que “la unión hace la fuerza” será posible contar siempre con un mecanismo de emergencia para actuar conforme a las circunstancias excepcionales.
España ha sido una de las naciones que aplaudió esta propuesta ratificada sin disensiones. También es cierto que el interés apremia y en esta Cumbre quienes vieron las orejas al lobo barren para casa y ese es el caso español y, por ende, el de la cuenca mediterránea, que informe tras informe sería una de las regiones más afectadas por el Cambio Climático. Por eso la representación española se sumó con efusividad a otro de los compromisos, que a saber dentro de un año si quedarán guardados en el fondo del cajón, adquiridos en Cancún: revisar las emisiones de cada país en 2015 y reducirlas hasta 2020 entre un 20% y un 40%. Otros países de nuestro entorno como Reino Unido o Dinamarca ya se habían comprometido en este punto. Pero no todos están del mismo lado. Naciones como EEUU y China no encuentran, como ha venido sucediendo en todos los foros del Clima, un punto de acuerdo. Las principales dos potencias implicadas velan por sus propios intereses y hacen realidad esa amenaza de boicot constante que flota en el ambiente de la Cumbre del Clima. Una postura que machaconamente impone el escepticismo entre quienes participan en ella y quienes lo contemplan desde fuera.
Con esta medida de reducción de emisiones pretenden responder a los científicos que alertan e insisten constantemente en que el aumento de la temperatura media global no puede superar la barrera de los dos grados centígrados, dado que de producirse se atisba un panorama que a escala global tendría efectos que tanto ambiental como económicamente no serían deseables. Y en este orden de cosas, la situación financiera actual y la amenaza real de quiebra que se cierne una y otra vez con una crisis que no termina y se prolonga sine die no es fácil velar por el interés de todos.
Entre los 25.000 asistentes a Cancún pocos creen que el compromiso de quienes más contaminan vaya a cumplirse esta vez, porque se ha repetido hasta la saciedad en cada Cumbre del Clima y un año tras otro el resultado ha sido siempre el mismo: postergarlo. Más o menos escépticos se han mostrado los mismos que han aprobado y apoyado la creación del llamado Fondo Verde en Cancún 2010. Consiste en una bolsa que debería ir engordando hasta alcanzar dentro de una década los 100.000 dólares destinados a los países en vías de desarrollo. Un dinero que sólo podría gastarse en adaptar su día a día a los efectos de Cambio Climático y a combatirlo. Pero la desconfianza siembra de dudas esta iniciativa porque quienes donan esas cantidades ponen en tela de juicio la capacidad y honestidad del Banco Mundial para administrarlo y se preguntan también si realmente los países implicados invertirán en la lucha contra este fenómeno o se perderá en oscuros intereses. Por otra parte, las declaraciones que quedan en papel mojado son bastante frecuentes en este tipo de foros de Naciones Unidas porque el factor tiempo a largo plazo juega en contra de las propuestas bien intencionadas. Además poco a poco nos vamos acostumbrando a convivir con ello y estamos familiarizados con una perspectiva nada halagüeña.
Nada nuevo bajo el sol de Cancún, apenas nada nuevo que no hayamos visto o escuchado en 2010 y años atrás. Falsos lazos de cooperación. De un lado las manifestaciones, no tan violentas como las de Copenhague, pero que no terminan de canalizar un movimiento de protesta y reivindicación hasta ahora poco coherente y organizado como para que el establishment político lo tome en consideración. Y del otro lado, un sistema productivo y energético a desmantelar en medio de una tormenta económica y financiera que ha puesto en serio riesgo la estabilidad global. Ahora mismo pocas naciones son las que quieren apostar por un cambio en nuestra mentalidad a la hora de producir y de consumir. Es un largo plazo que se hace poco a poco, pero del que no se termina de encontrar un punto de salida adecuado.
Es probable que Durban 2011 sea como el día de la marmota y despertemos con las mismas medidas, las mismas apuestas, las mismas reivindicaciones que en Cancún 2010 con fechas de cumplimiento de objetivos ampliadas y revisadas como si de nuevo las apuestas para hacer justicia al Clima fueran nuevas. Es necesario entender el fenómeno del cambio climático como un punto de inflexión, como una revolución que aúne a su vez una revolución económica, social, productiva y ecológica: la revolución del clima, que dé paso a una nueva sociedad construida sobre unos pilares distintos como en su día fue la Revolución Industrial. De lo contrario estamos abocados a repetir desencuentros y errores que nos llevan a la combustión de nuestra sociedad y de la economía mundial.





