El invierno más frío
Pocas veces pueden contarse tantas nevadas y días bajo cero en Madrid como el invierno pasado. Once. Cuando los modelos numéricos con los que se elaboran las predicciones a medio plazo anunciaban temperaturas cálidas y escasas precipitaciones, el mes de diciembre de 2009 y los primeros meses del año que termina sorprendieron por su crudeza. Un invierno que recordaba a aquellos de los que oíamos hablar y que parecían más un vago recuerdo que una realidad, esos inviernos de “los de antes”.
Por sus condiciones especialmente duras se debatió mucho sobre el tan traído y llevado fenómeno del cambio climático. Término que en ocasiones se confunde y se usa como intercambiable del calentamiento global. Expresiones distintas para situaciones que, aunque relacionadas, cada una pertenece a un terreno acotado con puntos en común.
Lo sucedido el invierno 2009-2010 no fue un hecho aislado sino un episodio periódico que no tiende a repetirse con frecuencia, una o dos veces cada siglo, pero del que ya existen datos. Si acaso su relevancia viene dada por su extensión geográfica, ya que prácticamente todo el hemisferio norte se vio afectado en mayor o menor medida por las intensas nevadas y las temperaturas bajo cero. Otro calificativo a añadir fue el de la persistencia del fenómeno en áreas nada acostumbradas a un frío tan riguroso. Claro ejemplo fue el español, pero también el de otros países del Mediterráneo. Ciudades como Barcelona, Niza o Marsella no anotaban en sus efemérides días tan blancos, propios de latitudes nórdicas.
Octubre ya marcó la pauta de lo que sería el período otoño-invernal. El Este europeo recibió, con sorpresa, las primeras nevadas en las primeras semanas del otoño. Poco después la situación meteorológica se estabilizó, si bien porque pronto llegaron los meses de noviembre y diciembre en los que ya son habituales las nevadas y las temperaturas bajo cero de forma constante. Ahora bien la lengua de frío se extendió repentinamente a partir de la segunda quincena de diciembre a Europa Occidental que hasta ese momento, al igual que la costa Este de EEUU, había disfrutado de un otoño relativamente benigno. Fue entonces cuando el engranaje atmosférico ya había encajado las piezas del posiblemente invierno más frío del SXXI.
Sobre la mesa se puso en cuestión nada menos que el fenómeno del cambio climático. Los primeros argumentos aducían a un invierno de los de verdad frente a quienes habían pronosticado temperaturas progresivamente más suaves y fenómenos extremos. Pero, el cambio climático impulsado por la actividad humana no está reñido con los dos factores hermanados que nos hicieron pensar que quienes nos alertaban de los efectos inmediatos de este fenómeno nos habían colado un bulo mediático.
Nada más lejos de la realidad como la combinación de El Niño con unos índices negativos, persistentes y anómalos de la NAO (Oscilación del Atlántico Norte) Por partes: el primero de los fenómenos surge por el calentamiento del Océano Pacífico de forma periódica. Su consecuencia más inmediata es un desplazamiento del régimen de precipitaciones, al igual que sucede con La Niña. Es probable que para una persona no acostumbrada a términos climatológicos ambos fenómenos resulten familiares por su eco en los medios de comunicación.
La NAO, determinó finalmente que el frío polar se instalará y campará a sus anchas el pasado invierno en latitudes que no le corresponden. Un enorme y bien armado ejército glaciar. La Oscilación del Atlántico Norte hace referencia a los cambios en la presión de la atmósfera entre las dos regiones del hemisferio en que nos encontramos. Según la época del año es negativa o positiva. En pleno invierno atraviesa períodos oscilatorios, y esto es algo habitual, de carácter negativo. Son los días o las semanas que llamamos de “olas de frío”, pero sólo las de origen polar o ártico (las siberianas tienen origen y recorrido distinto y nada tienen que ver). Lo anómalo fue el desplome de los índices de la NAO a valores negativos muy bajos y el hecho de que fuera persistente en el tiempo y se mantuvieran así durante semanas hasta alcanzar la primavera.
Traducido al día a día significa que los vientos de origen polar soplan de forma constante hacia latitudes meridionales, con mayor recorrido marítimo y, por tanto, cargados también de mayor humedad en el caso europeo. En el de EEUU fue El Niño el fenómeno que aportó esa carga húmeda que desató temporales de nieve muy severos en la fachada atlántica del país hasta el punto de ver caer el meteoro blanco en la península de Florida.
En España, el anticiclón de las Azores, que en invierno rige semanas de tiempo seco, soleado y frío desapareció. Al desplazarse dejó la puerta abierta por el Atlántico a la entrada de borrascas, que penetraban por el Golfo de Cádiz ascendiendo de sur a norte del país, un recorrido nada habitual en nuestra geografía pues lo habitual suele ser que los frentes asociados a borrascas atlánticos barran la península de oeste a este, punto al que llegan muy debilitados. Al establecer este patrón inusual, las masas nubosas chocaban con el aire frío que se había instalado en la península, procedente del régimen de vientos de origen polar desde el mes de diciembre. Fue lo sucedido en la nevada que colapsó Madrid el último 10 de enero, la misma que cubrió de blanco ciudades como Córdoba, Badajoz y hasta Sevilla. Este patrón vino repitiéndose con insistencia durante todo el invierno, es decir, el tiempo que la NAO permaneció con valores negativos.
Sobre la península tuvo lugar un fenómeno cargado de interés científico para meteorólogos y aficionados: el choque de masas fría y cálida. La primera, instalada sobre nuestras cabezas por el comportamiento anómalo de la NAO; la segunda, por la procedencia meridional de las borrascas impulsadas por sures africanos. El choque brutal de masas desencadenó las nevadas tan intensas y prolongadas, consecuencia directa de lo que sucedía en la atmósfera.
Científicos con enorme experiencia han reconocido que este fenómeno no suele repetirse. Incluso es posible que lo que resta del siglo XXI no vuelva a presentarse. La última vez data nada menos que del período invernal 1783-1784. Las imágenes obtenidas por la NASA durante los meses del pasado invierno revelaron la espectacularidad que dibujó una silueta blanca sobre casi todo el continente europeo.
Que vuelva a nevar este invierno y se registren temperaturas bajas o no responderá a unos patrones, que una vez se produzcan se analizarán. Sin embargo lo que pone de relieve este suceso es la conjunción de factores atmosféricos que siguen su propia dinámica al compás de hechos discutidos, pero aceptados, como son el cambio climático o el calentamiento global, que pronostican hacia dónde nos dirigimos pero no lo que este invierno vaya a suceder.





