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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

La ruta de la vida al borde de la guerra

 

En invierno, los aletargados panales aguardan la frenética actividad de la primavera. En el paisaje nevado, entre el follaje de los frondosos bosques, tienen un aspecto casi sepulcral. Contemplándolos, se intensifica el misterio que transmiten estas legendarias montañas.

En sus valles, a la sombra de coníferas casi prehistóricas, el hombre comenzó a pisar la uva, obteniendo la primera barrica de vino de la que se tiene noticia.

Con el deshielo, volverá la vida a las colmenas, y los habitantes de Tekalo (también Tekali), pequeño pueblo en los confines de Georgia, en la  región del Bajo Kartli, recolectarán la miel, uno de los productos que  alimentan la característica longevidad de estas gentes.

Situada en la meseta que da paso a las elevadas serranías de la cordillera del Cáucaso, la provincia está habitada mayoritariamente por azeríes,  que, en cifras aproximadas,  representan un seis por ciento de la población total de Georgia.

La ubicación de la aldea en el mapa es envidiable. Ocupa uno de esos puntos estratégicos en la cartografía del Cáucaso Meridional, a medio camino entre tres países y demasiado cerca de dos conflictos que amenazan seriamente la seguridad  de todo un continente. Ya en 1918, fue escenario de una guerra entre Armenia y Georgia, que se disputaron las tierras que iban recuperando, tras la retirada de los otomanos.

Desde hace siglos, el peso de la agricultura en la economía local fomentó el comercio entre los armenios (que en Georgia alcanzan el ocho por ciento de la población), ganaderos trashumantes, georgianos y azeríes del otro lado de la frontera.

Como si fuera un pasillo de seguridad impuesto por Naciones Unidas, los cuarenta kilómetros georgianos del Bajo Kartli (llamada Borchalo por el compatriota y padrecito Stalin), separan a dos países enfrentados por el control de Nagorno Karabaj, provincia rebañada por Armenia en la guerra de 1992 a 1994. Esa estrecha franja de tierra, sin embargo,  ha sido escenario de una cooperación estrecha entre los tres grupos étnicos que la habitan.

Entre polvorientas calles sin asfaltar, tras muchas horas de viaje y espera en los controles fronterizos, incluido el regateo con los guardas, fue desarrollándose el que llegó a ser mayor mercado local de toda la región caucásica.

“No puede  haber enemigos cuando se comercia”, explicaba con lógica en una televisión local un anciano armenio que compraba en el mercado de Sadakhlo (Sadaxli en lengua azerí), que ya se ha convertido en símbolo de las pacíficas relaciones comerciales entre dos pueblos supuestamente enemigos.

Por su parte, un agricultor azerí expresaba con orgullo la confianza mutua, reflejada en la aceptación de compromisos para el pago aplazado de las compras, en cualquiera de las cinco monedas oficiales en el oasis comercial del Transcáucaso. Alrededor de los puestos instalados en las calles de Sadakhlo, sonaban melodías azeríes en los móviles armenios, y las diferencias religiosas no han impedido participar juntos en la celebración de las bodas y otras fiestas. Son pequeñas anécdotas de una normalidad asentada durante mucho tiempo, que superó incluso la pertinaz curiosidad de numerosos medios de comunicación internacionales.

La necesidad de convivir en un espacio común, y de intercambiar productos básicos, propició una cooperación espontánea y un sincero entendimiento; a pesar de la escalada armamentística en los dos bandos, o de  enfrentamientos provocados por políticas restrictivas que buscan el distanciamiento. Que, en nombre de intereses estrictamente políticos,  ensalzan la rivalidad y las diferencias, en lugar de promover espacios comunes mediante la colaboración institucional.

Antes de que el pretexto de combatir el contrabando sirviera a las autoridades de Tbilisi para cerrar el mercado,  el puente que daba acceso a Sadakhlo desde Armenia, en la carretera que une Yerevan con la capital georgiana, era uno de los puntos con más tráfico rodado del Cáucaso. Con mucha razón, la maltrecha vía era  conocida como “la ruta de la vida”. Era, en realidad, una vía de escape a las restricciones, al autoritarismo, la violencia y el odio.

Los comerciantes lograron evadirse por un tiempo de las prohibiciones gubernativas, gracias en parte a la colaboración de la guardia de fronteras. Incluso en  pleno verano, un vendedor de pieles azerí se las ingeniaba para evitar la requisa de su mercancía. Previa inversión de parte de sus ganancias, lograba convencer a sus compañeros del largo viaje en autobús para que se embutieran en las cazadoras que colocaría después a los armenios en las calles de Sadakhlo.

La situación era sin embargo demasiado frágil para resistir mucho tiempo el acoso político de los gobernantes, y en 2005 dejó de abrirse el mercado.

La convivencia pacífica que se observaba, aquellos alborotados martes demercancías amontonadas en desorden, es patrimonio casi exclusivo del Bajo Kartli, y de las localidades fronterizas cercanas. Era un ejemplo de organización espontánea y pacífica, que no encaja en el actual mapa geopolítico diseñado por los gobiernos de la región.

Bakú y Yerevan siguen enzarzados en el conflicto de Nagorno Karabaj, en un círculo de tensión y aislamiento que, para muchos, puede ser el preludio de una nueva guerra.

Con el ánimo de revivir el espíritu de convivencia del antiguo mercado interétnico, Giorgi Vanyan trata de convertir la aldea de Tekalo en un nuevo espacio simbólico de paz y cooperación social.

Este entusiasta director de cine armenio muestra una tenacidad indestructible, a pesar del boicot planteado a sus iniciativas desde los sectores más nacionalistas de su país. Entre las actividades más polémicas que ha llevado a cabo, destaca la organización de una muestra de cine azerí en Yerevan, o la celebración del día de Azerbaiyán en las escuelas.

Vanyan, director de cine, dedicado casi en exclusiva a la causa de la paz en el Cáucaso, sabe que cualquier malentendido o provocación puede desatar la violencia étnica. Incluso en  zonas donde nunca ha existido este problema, como el Bajo Kartli.

Está demasiado presente aún la guerra de los años noventa, que causó veinticinco mil víctimas y forzó a cientos de miles de personas a abandonar sus casas. El temor a un nuevo enfrentamiento armado, que seguramente tendría consecuencias devastadoras, retroalimenta la tensión y el aislamiento de la población en ambos países.

El proyecto de Vanyan se basa en un activismo de calle. Organiza discusiones abiertas, y campañas para fomentar en la sociedad civil la reflexión sobre la necesidad de cambiar radicalmente la actitud en torno al conflicto del Karabaj.

La propuesta de un pueblo de paz en medio de dos guerras  (también está próximo a las repúblicas enfrentadas a Tbilisi) es especialmente compleja en una región militarizada, donde los gobernantes han organizado la vida para defender sus inexpugnables posiciones en el Alto Karabaj.

Sólo podemos esperar que las ilusiones de Vanyan se vean recompensadas con la suerte que merece su proyecto.