Suspenso en la lucha contra el hambre
En los últimos quince años se han producido dos grandes compromisos de la comunidad internacional relacionados con la lucha contra el hambre. Aunque tienen características similares, hay algunos aspectos diferentes; pero ambos tienen en común su flagrante incumplimiento.
Del 13 al 17 de noviembre de 1996 se celebró la primera Cumbre Mundial de la Alimentación (CMA) con la participación de representantes de 185 países y de la Comunidad Europea, que firmaron la Declaración de Roma sobre la Seguridad Alimentaria Mundial, en la que se reafirmó el derecho de toda persona a una alimentación adecuada y a estar protegido contra el hambre y se estableció el compromiso de reducir a la mitad el número de personas viviendo en situación de hambre a más tardar en el año 2015.
El pasado mes de julio se cumplieron cinco mil días de incumplimiento de este compromiso ya que desde 1996 el número de personas hambrientas no sólo no ha disminuido sino que ha aumentado año a año hasta superar la vergonzosa cifra de 1.020 millones de hambrientos.
El segundo compromiso se produjo con motivo de la Cumbre del Milenio de Naciones Unidas, celebrada en septiembre de 2000. Dentro de la declaración final de la cumbre se recogieron, entre otras cosas, 8 objetivos (los Objetivos de Desarrollo del Milenio) sobre los que la comunidad internacional asumió el compromiso de trabajar para alcanzarlos antes de 2015. Dentro de estos objetivos se contiene el compromiso de reducir a la mitad el porcentaje de personas que viven en situación de hambre.
En este mes de septiembre, habiendo pasado ya diez años, Naciones Unidas celebra una reunión de seguimiento para valorar el alcance de los objetivos hasta el momento. Los informes publicados por Naciones Unidas señalan, respecto a la reducción del hambre, que desde 2000 hasta ahora no se ha avanzado prácticamente nada. Los datos en que se basan estos informes alcanzan hasta 2007; por tanto, no incorporan información de los dos últimos años, en que ha habido un gran impacto de la crisis alimentaria. Si hubieran incorporado estos datos más recientes la conclusión sería que se ha producido un retroceso.
Dos grandes compromisos contra el hambre, dos grandes incumplimientos, dos grandes fracasos. Quizás ahora haya quien busque excusas y justificaciones para este incumplimiento en estos años de crisis, pero lo realidad es que en los años de bonanza económica tampoco se hizo ningún avance.
Podríamos poner sobre la mesa mil datos y argumentos; podríamos hablar de sequías, de inundaciones, de guerras, de biocombustibles, de comercio internacional, de pautas de consumo, de especulación financiera, de falta de inversión en la agricultura, de insuficiente ayuda al desarrollo, de dumping, de industrialización de la agricultura y de otras mil causas. Pero destacaremos tres aspectos que nos parecen especialmente relevantes: el modelo agrícola, la falta de gobernanza y la violación de derechos humanos.
En los últimos treinta años se ha desarrollado fundamentalmente un modelo agrícola intensivo, competitivo, orientado al mercado, que ha dejado al margen al pequeño campesinado, a la agricultura familiar. Mientras que en la década de los sesenta y setenta, a través del acompañamiento del campesinado con programas de extensión agrícola, se produjeron mejoras en la reducción del hambre en el mundo, a partir de los ochenta, con la aplicación de los programas de ajuste estructural promovidos por las instituciones financieras internacionales, prácticamente desapareció este apoyo al pequeño campesinado y ahora estamos recogiendo los resultados. De hecho, se estima que el 75 % de los hambrientos es población rural que depende de la producción agropecuaria.
Si lo que queremos es ser eficaces en la erradicación del hambre en el mundo, la receta más adecuada es primar la agricultura familiar que pone en primer plano la alimentación de las familias campesinas.
En cuanto a la falta de gobernanza, en los últimos años se han producido grandes cumbres y reuniones internacionales relacionadas con la lucha contra el hambre y con la seguridad alimentaria, en las cuales se han hecho grandes compromisos por parte de diversos Estados y organismos internacionales. Pero éstos no son vinculantes, no hay ninguna instancia multilateral que haga seguimiento del cumplimiento de las partes implicadas y no hay consecuencias en caso de incumplimiento. Y de hecho ha habido incumplimientos. Da la impresión de que los países ricos no le tienen miedo al hambre. Sí tienen miedo a la gripe A o al sida pero no al hambre, que no es contagiosa.
Y el tercer aspecto que debemos señalar es el hecho de que cada una de esos mil millones de personas viviendo bajo la esclavitud del hambre es un caso de violación de derechos humanos, ya que la alimentación está reconocida como tal en la Declaración Universal de Derechos Humanos y en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Estamos siendo testigos pasivos de una masiva violación de derechos humanos.
Como hemos señalado antes, entre 2007 y 2008 se produjo una crisis alimentaria global que tuvo un muy negativo impacto entre las poblaciones más pobres y vulnerables. En este verano, a raíz de la decisión del Gobierno de Rusia de prohibir las exportaciones de trigo y otros cereales hasta final de 2011, ha aparecido el temor de un nuevo episodio de crisis alimentaria global similar. La FAO ha señalado que no hay tal peligro. Sin embargo, habría que pensar con detenimiento cuáles fueron las causas que estuvieron detrás de la crisis de 2007-2008 y ver si se han solucionado los problemas de fondo, relacionados con la especulación financiera sobre productos alimentarios, con las políticas de biocombustibles, con la falta de apoyo a la agricultura familiar o con el impacto del cambio climático en las poblaciones más vulnerables. Da la impresión de que no es así.
La realidad es que actualmente más de mil millones de personas pasan hambre y unas 24.000 mueren cada día por causas relacionadas con el hambre. No podemos permanecer indiferentes.





