Subdesarrollo, empresarialidad y sociedad civil
Si preguntáramos entre los españoles qué tipo de instituciones serían necesarias para sacar a un país de una situación de subdesarrollo, creo que pocos nombrarían a las empresas. Mi apuesta estaría por las ONG, los organismos públicos de desarrollo o incluso, los propios Gobiernos. Es posible que sea consecuencia de que vivimos en una sociedad donde prima la socialdemocracia, el Estado del Bienestar y estamos acostumbrados a que terceros decidan por nosotros sobre nuestras necesidades en vez de llevar la iniciativa y buscar por nuestra cuenta las mejores soluciones. Pero semejante pensamiento es comprensible.
Una idea muy extendida es que las empresas, en especial las multinacionales, tienen como único objetivo el conseguir el máximo beneficio posible, pero a través de métodos moralmente dudosos, cuando no se les acusa directamente de expoliar recursos, de generar situaciones laborales poco éticas o simplemente de neocolonialismo como ha ocurrido y ocurre con las empresas españolas en Latinoamérica. A ello ha contribuido una serie de mitos y realidades que se han mezclado generando un imaginario que se exhibe con frecuencia. Así, si queremos un ejemplo de empresa contaminante es fácil recordar a Exxon. Si lo queremos de corrupta y con poder político, la United Fruit Company. Si de manipuladoras de mercados hablamos, Enron para lo energéticos y Lehman Brothers para los financieros. O simplemente, de asesina, Union Carbide responsable del desastre de Bhopal.
Sin embargo, la actividad alternativa, las donaciones de las ONG y de las instituciones caritativas no son por sí mismas solución de nada, aunque puedan servir de manera puntual ante una situación concreta. En primer lugar y salvo que actúen como empresas, no crean riqueza, simplemente la reparten, toman capital y materiales de donantes en países desarrollados y con dificultades, salvando muchos obstáculos legales e ilegales, la trasladan hasta los afectados. No es extraño que parte de esta riqueza sirva para satisfacer las necesidades de una burocracia corrupta, que puede exigir el control total de las partidas, que en no pocas veces ha terminado en lugares de lo más pintoresco, como la comida que iba a amortiguar la hambruna en Corea del norte y que terminó en granjas de pollos de Japón una vez que el gobierno norcoreano se hizo cargo de ella. Tampoco debemos olvidar que si bien no tienen o no deberían tener ánimo de lucro, las instituciones caritativas tienen unos costes que salen también de estos recursos, incluyendo los de los trabajadores fijos y los implícitos en el voluntariado. Llevado al extremo, se puede crear clientelismo entre los ayudados, de forma que aunque la situación es manifiestamente mejorable, prefieren mantenerse en ella ante el riesgo de que cualquier cambio pueda suponer una marcha atrás.
Las instituciones caritativas tampoco atacan directamente las causas que han originado la situación de subdesarrollo. Tendemos a las soluciones fáciles, simplificando la ecuación que está llena de variables algunas de las cuales ni conocemos. Así, los países subdesarrollados suelen tener algunos de estos problemas: corrupción institucional, ausencia de instituciones civiles, violencia generalizada incluso guerras civiles, poca cohesión social, relaciones tensas entre minorías y mayorías, deficiencias culturales y educacionales, ciertas tradiciones incompatibles con el desarrollo tal como se ha producido en el Primer Mundo, escasas infraestructuras, fuga de capitales propios y pocas entradas de los foráneos, emigración, desplazamientos etc. Todos estos problemas se mezclan entre sí, generando situaciones muy singulares, de difícil diagnóstico y desde luego, de solución complicada.
Es difícil que una institución caritativa se dedique a perseguir o denunciar al corrupto, que se ponga al alcance de los guerrilleros o de los soldados, que construya infraestructuras y las mantenga o que haga frente a la violencia. Generalmente se centrará en alguna actividad en la que destaque por su eficiencia, desde la educación, pasando por la atención a los afectados por enfermedades, desplazamientos o heridas, a la realización de pequeñas infraestructuras que permitan a las comunidades locales mejorar en cierta medida sus condiciones de vida. Las actividades de las instituciones caritativas no son por sí mismas malas, pero tampoco son buenas. Sus acciones pueden tener consecuencias tanto positivas como negativas y deberían cesar cuando las segundas son evidentes, de la misma manera que una empresa cierra cuando no es eficiente y tiene pérdidas. Precisamente, al no formar parte de un mercado (no saber si su actividad es innecesaria o incluso negativa) y recibir fondos de manera indiscriminada, tienden a entorpecer otras iniciativas.
Así pues, ¿qué tipo de actividad sería necesaria para salir de una situación de subdesarrollo? Creo que es una pregunta que no tiene una solución simple y fácil de entender, incluso podríamos caer en la ingeniería social. Pero eso no quiere decir que no haya opciones, de hecho hay dos que pueden ayudar. En primer lugar, no entorpecer la empresarialidad. En segundo, dejar que la sociedad civil se desarrolle.
En ninguno de los dos casos se deben proponer metas colectivas, sino individuales. El sistema se gestionará a sí mismo, se autoorganizará, cada uno buscará optimizar sus recursos y su actividad beneficiará al resto. Un empresario es una persona o conjunto de personas que buscan asimetrías en la sociedad, necesidades en la gente y recursos no explotados y los conectan entre sí, consiguiendo además de su propio beneficio, el de sus clientes, el de sus trabajadores y el de los dueños de los recursos, que no sabían, no podían o no querían explotarlos. Se generan contactos y canales entre ellos de manera automática sin más necesidad que la mera voluntad de las personas, sin necesidad de un Estado director. Pero un empresario no es sólo una gran multinacional, es también un agricultor, un panadero, un transportista o incluso una orden religiosa que busque monjas para atender a los enfermos de una zona apartada.
Es cierto que en un país subdesarrollado es complicado que se desarrollen empresas por los problemas antes enumerados, pero no es menos cierto que en tanto se van generando, cada vez habrá más gente con perspectivas de futuro que no tengan que echar mano de las armas, de la violencia, del saqueo o de la corrupción para sobrevivir y que en un país más estable tiene más perspectivas de futuro y es más fácil que entren capitales o no se escapen los que existen, que haya gente con más cultura, que haya menos emigración o que se construyan más infraestructuras. No aseguro que el proceso sea fácil, ni siquiera que vaya a tener éxito a medio o largo plazo, pero es ese el camino.
A todo ello hay que añadir otro factor esencial para salir adelante, la constitución de una sociedad civil donde se desarrollen instituciones que permitan la convivencia, que limiten o terminen con la violencia, que protejan la propiedad privada, que eliminen la incertidumbre legislativa, una sociedad civil que evite que surjan las limitaciones que suele conllevar un estado hipertrofiado y controlador.





