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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

Plastigitalización mental

 

No sobreviven los más fuertes sino los que mejor se adaptan a las situaciones del entorno en el que toca vivir. La actual ultramodernidad nos lleva a movernos cada vez más en entornos artificiales con peculiaridades que precisan de adaptaciones diferentes a las desarrolladas hasta ahora para el entorno natural del que provenimos. Las leyes de la evolución de las especies se cumplen siempre que se den las condiciones apropiadas para el desarrollo de la vida.

Si la radiación cósmica ha sido la principal causa de mutación genética en el pasado, las radiaciones electromagnéticas y radioactivas estarían ahora dando lugar a la evolución de todos los habitantes del planeta. En un entorno plastigitalizado en el que se combinan tecnologías digitales y avances biónicos comandado cada vez más por la inteligencia computacional, la gran mayoría de la población mundial se encuentra fuera del nuevo contexto manipulado por el hombre. A la nueva era de la digitalización y el plástico se van exponiendo en una ola mundializada poblaciones receptoras de una importante transformación tecnológica en sus vidas, sobrecapacitándose exógenamente por suscripción voluntaria e inevitablemente sujetos a los cambios genéticos inducidos por el entorno que acompañan a los inoculados externamente por medio de nuevos dispositivos más o menos próximos a nuestro ser.

En paralelo a esta evolución del entorno vital en el que nos movemos empiezan a notarse cambios en nuestra anatomía y comportamiento. Físicamente cabe hablar de que  estamos adaptando nuestra anatomía a la función de uso de nuestro cuerpo. Un pulgar más hábil y fortalecido en los más jóvenes u otra serie de efectos menos beneficiosos o nada demostrados como la ausencia de pelo precoz o posibles alteraciones mentales. Como todos los factores catalizadores de la ultramodernidad hay que mirar a finales del siglo XIX para llegar a su origen. En 1869, G. Beards publicaba en el «Boston Medical Surgical Journal» un trabajo donde se acuñaba el término neurastenia aplicado a una clase de enfermedad funcional del sistema nervioso, con origen incierto en el nuevo estilo de vida que acababa de inaugurarse en los Estados Unidos, y que muy bien podría conocerse como una consecuencia inmediata de la civilización industrial moderna. Las primeras víctimas eran telefonistas que trabajaban en las antiguas centralitas estableciendo las comunicaciones con clavijas por las que recibían constantes descargas eléctricas. Presentaban un cuadro sintomatológico caracterizado por una injustificada debilidad acompañada de extravagantes comportamientos. Según el Instituto del Cáncer en la Universidad de Pittsburgh (EEUU), la radiación electromagnética inducida por el uso frecuente del teléfono celular puede ser nefasta para la salud pudiendo llegar a  provocar cáncer. Las radiofrecuencias calientan los tejidos del cuerpo y ojos y testículos tienen las mayores probabilidades de sobrecalentarse.

Mientras se navega por Internet, el funcionamiento cerebral presenta un aumento significativo de la actividad en el lóbulo frontal, por lo que podría ser una buena forma de ejercicio del cerebro. Pero el uso de las tecnologías digitales limita algunas de las capacidades cognitivas como la memoria, efecto parecido al provocado por la obesidad. ¿Cuántos números de teléfono o fechas significativas eres capaz de recordar? El individuo sin memoria pierde su identidad. La multicanalidad en la recepción de eventos e información recibida en los dispositivos digitales supone un estado de atención parcial continua, exponiendo el cerebro a una lluvia de estímulos sin tiempo de reflexionar y tomar decisiones correctas.
Este cambio en nuestra manera de pensar tiene profundas consecuencias biológicas en la estructura de nuestro cerebro. Las vías celulares en él cambian en respuesta a nuestro comportamiento y cuanto más tiempo pasemos en línea, más intensos serán los cambios cerebrales.

Pese a lo expuesto, no hay evidencia de que la tecnología digital esté cambiando la conformación del circuito cerebral pero sí la forma de relacionarse. Internet es un medio no un fin. Las tecnologías de la información, herramientas de trabajo y ocio digital están reconfigurando las habilidades de la mente y orientándolas al desarrollo de nuevas  habilidades sociales. Junto a la inmediatez y el libre acceso a la información. La comunicación por medios telemáticos digitales exime de las capacidades semiológicas producidas en la conversación presencial, donde una serie de factores de índole somática hacen que unos interlocutores se impongan a otros dejando a un lado el razonamiento para que imperen factores de preponderancia entre individuos que más que defender una certeza o verdad, se defienden a sí mismos como modo de prevalecer sobre el otro. Esta comunicación aséptica actual puede hacer que los individuos que la practican mantengan un trato de igual a igual. El uso de estas tecnologías permite compartir. Compartir es vincularse con el otro y establecer relaciones de cooperación. Al intercomunicarse con sus amistades y participar en las redes sociales, los telempáticos desarrollan habilidades para comunicarse en la era digital.

El mundo virtual filtra gran parte de nuestra realidad. La falsa exclusividad que parece dotarnos el medio digital en las redes sociales, popularizado y vulgarizado hasta el extremo de la irreflexión, conlleva el respeto a unas normas y asumir pautas de comportamiento colectivo frente al uso del medio digital como la respuesta inmediata a todo requerimiento de comunicación o participación. Este impulso irrefrenable, que incluso se manifiesta en la apnea que nos produce la entrada de un nuevo requerimiento o mensaje digital, tiene su origen en el miedo atávico a la exclusión por un lado y al afán de protagonismo traducido en querer estar presente y demostrarlo. Si alguien no contesta a un requerimiento digital se expone a ser ignorado en las siguientes comunicaciones y a la exclusión del grupo. La implicación en las redes sociales es algo más que un encuentro lúdico entre desconocidos, promueve el compromiso entre las personas que se ven obligadas a responsabilizarse de tareas asignadas por la comunidad de amigos por el efecto que el conocimiento global de las acciones por todos los implicados tiene de influencia entre los participantes. Está en juego la credibilidad pública de los participantes. La claridad que aportan a las relaciones humanas el uso de estas tecnologías que silencian los códigos semiológicos de comunicación y potencian la claridad de los mensajes intercambiados. Realmente las personas tienden a sentirse bien si son consideradas como buenas, el factor de exclusión hacia aquellos que van contra el bien común está presente incluso entre los delincuentes. Los lazos de afinidad consisten en tener un objetivo común que beneficia al conjunto.  El poder de influencia y ser influido empieza a diluir la individualidad debilitando el ego en pos de un fin común reflejado en la aceptación o rechazo en el grupo y la potenciación de la simbiosociedad, donde los lazos de gobierno y comportamiento no son marcados por entes de gobierno sino que surgen de manera espontánea de los propios conjuntos de personas que los promueven y se valen del contexto digital de la comunicación instantánea.

La telempatía, el compartir emociones a través de la red, define un nuevo contexto en el que el desarrollo de los seres humanos plastigitalizados se empiezan a mover marcando nuevas pautas en un territorio donde la identidad real se diluye y pasa a conformarse un avatar en la comunidad. La omnipresencia en la que se traduce la disponibilidad de la línea y el procesamiento computacional puestos en la mano que maneja el dispositivo de acceso. Y esto no hace más que haber empezado. Aún queda mucho camino.