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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

Analfabetismo digital

 

Considerando un ser humano digitalizado aquel que utiliza habitualmente un teléfono móvil para comunicarse, 3 de cada 4 habitantes del planeta lo serían. La proporción se invierte si se considera solo a los que han navegado alguna vez por Internet, 5.000 millones de seres humanos nunca lo han hecho. En Occidente el uso de dispositivos de telecomunicación se utiliza con fines banales. Casi un 50% de la población española se conecta a Internet en su mayoría para desarrollar actividades intrascendentes. En los países emergentes en asuntos de vida o muerte por lo que serán ellos los que determinen el futuro de la digitalización en el planeta.

La dificultad para delimitar el universo de población digitalizada está en la falta de definición de los requisitos necesarios para considerar a una persona alfabetizada digitalmente. La comunicación oral quedó complementada con la escrita. Si el proceso de aprendizaje y transmisión del conocimiento se ha realizado durante miles de años sobre el papel, no podemos cambiar en una generación esa habilidad transfiriéndola a los dispositivos informatizados digitales. Causa confusión y al error induce leer sobre pantallas, no tanto porque el marco de presentación comparta espacio con otros canales de información que tienden a distraernos, cuanto por el propio medio que a diferencia del papel, receptor de la luz, emite luz de forma parpadeante sobre nuestra retina,  provocando distracción al sistema neuronal e impidiendo la concentración necesaria en toda asimilación esperada de una provechosa lectura. La alta exposición a las pantallas de luz estaría generando un déficit de atención cada vez más extendido. Para salvar este hándicap, pero seguro que por otras razones, la industria ha sacado al mercado las pantallas de tinta electrónica que no emiten luz, evitando así la fatiga del nervio óptico y facilitando la concentración en la lectura, si bien la ergonomía es distinta y me confiesan sus usuarios que a la hora de leer una novela en su casa prefieren el libro por su menor peso y cómoda postura al manejarlo.

Resultará mucho más útil el empleo de la tecnología digital en la lectura de nosotros mismos en lugar de que seamos nosotros, salvo para información intrascendental, los que leamos de ella. Dispositivos que lean nuestras constantes vitales para mejorar el uso que de nuestra propia salud hacemos y, si podemos avanzar, la lectura de nuestras emociones y pensamientos para compartirlos. Habilitarían una nueva forma de organización social y por ende económica basada en la “telempatía” o capacidad para enviar y recibir emociones a través de los dispositivos digitales. Utilizamos los dispositivos digitales para exonerar nuestra memoria, orientación u operaciones matemático lógicas que en la medida que diluye nuestra identidad pueden debilitar el ego y potenciar la “simbiosociedad”.

Podemos leer y escribir sin tener que saber fabricar papel y lápiz, pero cuando utilizamos los sistemas informatizados para sacar toda su utilidad, tenemos que saber cómo usarla (usuarios), manejarla (administradores) o desarrollarla (tecnólogos). En España 1,52 millones de personas conforman el colectivo de trabajadores de las TIC. El dato es engañoso en cuanto al nivel de conocimiento. Los dispositivos informatizados son programados a través de lo que conocemos como lenguajes máquina o de bajo nivel que establecen las instrucciones a ejecutar. Se habla a estas máquinas en su lenguaje y para simplificar esta comunicación se han ido creando compiladores cada vez más próximos al lenguaje natural que facilitan su aprendizaje. A medida que nos alejamos del lenguaje máquina, menor conocimiento tenemos sobre su arquitectura y funcionamiento real. Cada vez más aquellos que hablan el lenguaje máquina son las propias máquinas o seres humanos que hablan lenguas diferentes  a la nuestra, chino, indú o ruso. Cuando alguien practica una disciplina deportiva de manera intuitiva, al faltar la técnica, desarrolla lesiones y no alcanza el mejor de los rendimientos. Este aprendizaje informal conlleva otros malos usos traducidos en abusos y vicios derivados. Además se ha extendido un principio pedagógico que lleva implícita la terrible idea de que no importa conocer las cosas sino saber dónde está. Corto-pego, pero sin un razonamiento. En el momento en que necesito una información o realizar algún tipo de cálculo y no disponga de cobertura o acceso a un dispositivo que me lo facilite seré incapaz de realizar una simple raíz cuadra. El resultado será una generación digitalizada de analfabetos funcionales. Si la pérdida de conexión a internet o la indisponibilidad de los servicios de red, al desconocerse su funcionamiento, enfurecen a los usuarios.

El derecho a ser alfabetizado requiere que además de enseñarte a leer y a escribir correctamente para poder comunicarte se te eduque en la convivencia propicia con los demás. Las autoridades de la ciudad austriaca de Graz prohíben el uso de los teléfonos “mobiles” en los transportes públicos. Aquí en Madrid, en lugar de limitar el uso o abuso, se expande la cobertura wifi en la Empresa Municipal de Transportes. El otro día observé la ultramoderna escena donde un niño en su carrito viajaba totalmente desasistido mientras una muy joven madre se dedicaba a escribir banalidades en la red social aprovechando la cobertura del autobús. Así que ahora a las voces y conversaciones desinhibidas de los pasajeros en el móvil habrá que añadir la alteración radioeléctrica inducida por la proliferación de pasajeros con dispositivos de acceso a la red. El autobús hace una jaula de fareheit altamente electrificada generando una neurastenia latente. Confíemos en que a lo sumo se atrevan con sus dispositivos móviles y de acceso de tamaño reducido porque si empiezan a frecuentar los autobuses como si fuesen ciber-cafés no faltará quien se monte allí su propio centro de procesos de datos. Ahora que hasta los autobuses públicos metropolitanos tienen cobertura wifi incorporada, cabe preguntarse si lo deseable sería crear espacios apantallados radioeléctricamente que nos dejen sin cobertura y por un momento a salvo de la obligada interacción. Cuando la telefonía era fija el hecho de que se recibiera una llamada no obligaba a descolgar el teléfono, uno se reservaba la decisión de descolgar. Ahora cuando suena el móvil parece inexcusable descolgar, y si la persona llamada no lo hace genera una inquietud sobre su estado o motivo por el que no acepta nuestra llamada.  La persona que llama no tiene porque saber si estamos escuchando o no la señal de aviso, pero presuponemos. Y la presunción siempre es fuente de error y malentendido.

El uso de los dispositivos de comunicación digital potencia las capacidades de comunicación a distancia y cada vez más nos leerá a nosotros mismos. Atrás quedaron las señales de humo pero no hablar a voces. Nos encontramos con relativa frecuencia en los espacios públicos a personas que hablan con la misma elocuencia, alegría o vehemencia, que si se encontrasen cara a cara con la persona al otro lado de la comunicación. Igual de nocivo que el uso simultáneo del teléfono celular conduciendo que prolonga el tiempo de reacción de un conductor tanto como si se tiene un contenido de alcohol en sangre del .08 por ciento. La alfabetización digital tiene que acompañarse de un educación propicia para la convivencia. En los espacios públicos hay personas que soportan como el otro habla en tono alto por su móvil. ¿No son conscientes de que están haciendo pública la intimidad de su conversación privada? ¿O sí? En cualquier caso no me interesa estar en su onda. Por favor bajen el tono, lean las instrucciones de uso de su “mobil” y perdonen a sus deudores.

En lugar de para distraernos y hacernos más dependientes, la tecnología digital va a resultar mucho más útil aplicada a la lectura y conocimiento de nosotros mismos que el uso, habitualmente banal, que nos hace si cabe menos persona y más consumidor aturdido de la intrascendencia fútil. Cómplice de lo bautizado como “obsolescencia programada”, en definitiva monstruo chopped.