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ANÁLISIS GRÁFICOS

Análisis gráficos

A pan y agua

 

A pan y agua, no hay régimen más estricto. El agua es la primera causa de guerra, y el agua, contaminada, genera mayor número de muertos que la guerra. Con un 71% de la superficie de la corteza terrestre cubierta de agua, más de la mitad de los 6.615 millones de habitantes padecen su escasez. Igual ocurre con la fuerza de trabajo. Mal gestionados, ambos recursos se traducen en desertización y paro. En España el agua para el consumo humano aún no escasea, pero el porcentaje de desertización es del 30% de la superficie y va creciendo como la tasa de paro que triplica la media mundial (20%). De la misma manera que existe tecnología que potabiliza el agua, deben existir políticas que faciliten la absorción del excedente de mano de obra.

Por el lado de la oferta, un 20% delata que la fuerza de trabajo abunda en España. Por el de la demanda, la caída del PIB y la aplicación de la tecnología y máquinas que remplazan la mano de obra, encoje las posibilidades de recolocación de estas personas. Con un déficit presupuestario del 11% y casi 30.000 millones de euros en prestaciones por desempleo el estado tiene que posibilitar el acceso a este derecho a los que no tienen trabajo. Reparto del trabajo acompañado de distribución equitativa de la renta solucionan el problema.

Sin contar con el propio efecto que tendrá la ampliación de la vida laboral, hay ya factores que hacen pensar en una merma de la esperanza de vida en las próximas décadas. Retrasar la edad de jubilación a los 67 años con toda una generación de jóvenes excluidos del mercado laboral conduce a que los que han cotizado desde edad temprana fallecerán sin alcanzar la edad legal para recibir la pensión. No facilitar el relevo conllevará que las nuevas generaciones incorporadas tardíamente si que tendrán que trabajar hasta edad avanzada para adquirir el derecho a una digna jubilación. 81 de los 620 millones de jóvenes económicamente activos en el mundo no encuentran trabajo. En España, la fiesta ya terminó y un 40% de los jóvenes está en riesgo social asociado a la inactividad prolongada y la fiesta total. ¿Una nueva 'generación perdida'?. La OIT recomienda invertir en educación y generar políticas de inserción laboral para los jóvenes. Los jóvenes son el motor del desarrollo económico. Desaprovechar este potencial supone un desperdicio económico. Las nuevas generaciones que se integran en el mercado laboral, tienen una filosofía vital distinta: trabajan para vivir, en lugar de vivir para trabajar. Los pocos que trabajan resultan aplicados y eficaces gracias a su experiencia con las tecnologías y su espíritu colaborativo. Su incorporación al actual sistema laboral podría propiciar nuevos modelos de organización social del trabajo que faciliten fórmulas más conciliadoras como el trabajo a tiempo parcial, flexible y adaptado a las preferencias y situación personal del trabajador. Los cambios que marcarán la tendencia están empezando a darse en forma de nuevas formas de trabajo más autónomo como bancos de horas para empleados, contratación de ex-empleados con más de 50 años, nuevas bolsas de empleo y proyectos de emprendimiento social. Sin embargo debido a la inflexibilidad del marco actual aumenta la economía informal.

La recesión está derivando cada vez más empleo a una economía sumergida que ya es del 23,3% del PIB según el Cuerpo Especial de Gestión de la Hacienda Pública. El grueso de esta actividad lo componen servicios que contribuyen a un mayor bienestar de las personas en su domicilio. Cuidado de niños y mayores, clases particulares, tareas domésticas, reparaciones del hogar, terapias médicas alternativas, jardinería, cuidado de mascotas, asistencia informática y una lista que gracias a Internet propicia nuevas formas de organización social informal, espontánea e irregular. Este fenómeno facilita la precarización, el empleo irregular y el fraude fiscal. En definitiva la descivilización. La no fiscalización de estos servicios los hace más asequibles. La regularización de esta bolsa de actividad requiere modificar la normativa laboral y fiscal, flexibilizando modelos de contratación, una muy blanda fiscalidad y mayor agilidad y proximidad local administrativa. Países como Francia han regulado este tipo de servicios propiciando aflorar empleo sumergido y mitigando el paro crónico (de larga duración) que sufre un 40% de los parados con especial incidencia en la mediana edad (> 45 años).

¿Nuestro sistema de desempleo actual desincentiva la búsqueda de un nuevo empleo?. Sí, si las prestaciones son generosas en tiempo y cantidad. En nuestra sociedad hedoeconómica cuesta ocupar los puestos de trabajo más duros. La campaña de recogida de la fruta en Lérida es un claro ejemplo, se ha ofrecido empleo a 7.800 parados y solo 1.688 han aceptado la propuesta. Socialmente se dan fenómenos como el Funemployed, parados que se dedican a vivir alegremente la vida gracias a las prestaciones por desempleo que les permiten una renta mínima de subsistencia y todo el tiempo libre del mundo. Si se condiciona la percepción de la prestación por desempleo a la realización de un trabajo comunitario el cuento cambia y mucho.

Una similitud más entre renta y agua, son flujos que tienden al equilibrio. Una descompensación en su distribución lleva a desequilibrios sociales. En un mundo regentado por las grandes corporaciones con una creciente y acelerada concentración de poder y riqueza, el ajuste en la fuerza de trabajo puede ahogar el sistema. Tanto trabajadores, léase consumidores, como empresas, se necesitan mutuamente. El trabajo como medio de distribución de riqueza lubrifica el sistema. En el peor año de la crisis, 2009, las rentas salariales cayeron en España el triple que las empresariales. Miremos fuera, en China 225 millones de nuevos trabajadores migrados del campo a la ciudad ganan 200€ mes por casi 9 horas diarias 6 días a la semana.. ¿Puede un trabajador ganar lo mismo trabajando menos horas?. Aunque como vemos la tendencia es otra. La respuesta es si. Económicamente, las cuentas del estado cuadran.si se trasladan el coste de las prestaciones por paro a los creadores de empleo y se posibilita un marco de contratación ágil que compense dicha transferencia del estado a la sociedad con los ingresos adicionales en nuevas cotizaciones e impuestos y las menores prestaciones sociales por desempleo.

En un contexto de bloqueo del sistema económico actual, el estado puede tomar la delantera. ¿Por qué no dirigir los estímulos a las verdaderas necesidades de la nueva sociedad del siglo XXI? En plena depresión económica y con un deterioro medioambiental creciente, la sociedad civil no da con el norte. A la hora de identificar sumideros del paro España tiene la desventaja de tener una población en paro poco formada para competir en el entorno de la nueva economía pero cuenta con la ventaja de haber desarrollado algunas iniciativas exportables en los campos de la economía sostenible destacando en el mercado de la gestión y tratamiento del agua.

Pensemos en nuestro modelo productivo. España sale de su autarquía gracias al turismo en los años 60. Ahora acabamos de salir de una extravagancia constructora que nos coloca a la cabeza del mundo en viviendas deshabitadas. Si queremos mantener el valor real de esos activos facilitemos la ocupación de esas viviendas en un entorno propicio. Para ello necesitamos agua y condiciones de habitabilidad benignas. ¿Puede el agua del mar regar tierras yermas y hacerlas vergeles? Claro que si. La reforestación y ajardinamiento de la mayor extensión de suelo público posible emulando a Eleazar Bouffier, personaje creador de los bosques de Vergins podría ayudar a transformar el paisaje, regenerar la contaminada atmósfera y mejorar el régimen de lluvias. Es hora de que los estados vuelven al protagonismo económico y extienden su marco de actuación más allá de la regulación del marco jurídico-fiscal en el que se desenvuelve la economía, merece que el gasto público tenga un cometido de regeneración económica y transformación medioambiental que aproveche las mejoras en la productividad acumulada y el desarrollo de nuevas tecnologías para alcanzar el viejo mito de la península ibérica como paraíso y jardín de las Hespérides de una humanidad por fin emancipada. Reparto del trabajo entre toda la población activa y aumento del nivel de bienestar común han de marcar la agenda.